Toros

Fandiño, Néstor y el mar de los hombres libres

Hasta en la hora de su muerte, el torero sembró vida: esa noche nacía un niño en el hospital de Mont de Marsan

Iván Fandiño y Néstor García, en el patio de cuadrillas de Las Ventas
Iván Fandiño y Néstor García, en el patio de cuadrillas de Las Ventas - Ignacio Gil

«Ha muerto uno de los nuestros». Ha muerto un torero, el hombre que vivió como murió: libre. La frase entrecomillada se repetía entre la legión de matadores que han acudido a Amurrio para dar su último adiós a Iván Fandiño, el último héroe caído en las astas de un toro.

La tristeza asomaba en el rostro de los ganaderos Álvaro Polo, Antonio Muñoz y José Luis Pereda -refugios del guerrero-, los toreros Aníbal Ruiz -su veedor y amigo- Enrique Ponce, Pepín Liria, José Tomás, Serafín Marín, Curro Díaz, Javier Conde, Luis Miguel Encabo, El Juli, Manzanares, Pérez Mota, Alberto Revesado, David Luguillano, Morenito de Aranda, José Ignacio Ramos, Mariano Jiménez, El Fandi... En David Fandila se agudizaba ese profundo pesar y apenas había espacio para la palabra en la despedida a mucho más que un compañero, un amigo con el que compartió sueños, confidencias y miedos. «Parece increíble, pero es real. Qué duro...» La dureza de un arte que arrebató a la cuadrilla, quebrada por dentro y por fuera, a su maestro: picadores, banderilleros, el mozo de espadas, el chófer... Lágrimas de Sanlúcar, Burgos, la Alcarria... El mapa de España de pétalos y luto.

Conmovía el rostro doliente de Néstor García, el apoderado, el hermano, la otra mitad del «León de Orduña». «Una parte de mí se ha muerto», decía con la voz entrecortada el hombre con el que forjó su historia, una trayectoria de independencia y lealtad, de batallas de pureza y sangre de verdad, de umbraliano mortal y rosa, pero también inmortal y canela, como el último vestido, a imagen y semejanza de aquel con el que conquistó la Puerta Grande de Las Ventas y la Puerta Grande de ese Más Allá que siempre cruzan los valientes a destiempo, antes de que por chiqueros salga el último toro. Con los renglones rectos y tercidos que nacen de la autenticicad, ni hubo ni habrá una historia semejante en el toreo.

El apoderado y la cuadrilla, rotos de dolor, se funden en un abrazo
El apoderado y la cuadrilla, rotos de dolor, se funden en un abrazo- Efe

Tampoco había consuelo posible para su viuda, Cayetana. Un «dejadme, dejadme sola...» retumbaba como un eco desgarrador por el marido perdido pero no del amor que vive en los ojos de su hija Mara, «con el mismo carácter y genio de Iván», decía Paco, el padre del torero, a la vera de su mujer, Txaro, y su hija Itziar, rota de dolor. Con una procesión de estaciones por dentro, sorprendía la admirable entereza de los padres, su cero rencor al toro, alejados de las cámaras y reconfortando a los que hoy volverán a plantarse en la arena frente a su destino. ¡Qué ejemplo! Los íntimos de Iván y esa legión de fandiñistas que lo seguía abrazaban ese saber estar de la familia, la de sangre y la taurina: Josemi, Maribel, Íñigo, Javier, Alejandra, Aurora, Mirem, Sergio... Tantos y tantos amigos. «Ya nada será igual...» O El Truji y su devoción por ese tándem entre el torero y el mentor, al que espera hoy. Y si no puede ser hoy, mañana.

Fandiño, que sabía lo que el destino podía depararle, bromeaba a veces con su entierro, como si en la leyenda de un grande estuviese escrito ese título de filme, «nacido para morir», ese morir que encierra el misterio de la libertad. Una historia digna de película, de un libro por escribir. Con los renglones rectos y tercidos que nacen del rostro de la autenticidad, mojado desde el sábado por agua salada, ni hubo ni habrá una historia semejante en el toreo como la Fandiño y Néstor, Nahum e Iván.. «... Ni corazón tan de veras./ Como un río de leones,/ su maravillosa fuerza», ese lorquiano romance que susurraba Orduña entre la lluvia y los truenos de la tormenta desatada tras el entierro de un torero que hasta en su «hasta luego» colgó el cartel de «No hay billetes», como en tantas tardes, con una ovación estremecedora. «No quiero irme nunca. Me quedaré en el recuerdo, en la mente, en el alma... Donde nunca muero», escribió el propio torero. Sus palabras atronaban como los rayos enfurecidos del cielo vasco, como si allá hubiese comenzado ya su particular lucha, el silbido de las balas, con esa banda sonora del Oeste que escuchaba de fondo antes de torear. La muerte siempre tiene un precio. La figura vizcaína, orgullo de los suyos y de la Fiesta, lo sabía y su paseíllo en la tierra no podía tener más heroico y épico «the end».

Iván Fandiño no murió un 17 de junio de 2017. El 17J se agigantó su legado y nació lo que siempre persiguió: la gloria. Y no hay gloria mayor que el mar -«nuestras vidas son los ríos...»- de los hombres libres.

Posdata: la noche que Fandiño se fundía con la libertad eterna, en el hospital de Mont de Marsan, a la misma hora y al otro lado del ciprés sombrío, rugía el llanto de un recién nacido. Hasta en el final -que siempre es un principio-, Iván sembró vida. Gracias, torero; gracias, naransija.

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