Víctor Barrio, en el momento de la cornada sufrida en Teruel
Víctor Barrio, en el momento de la cornada sufrida en Teruel - J.F. Bascón/Diario de Teruel

Muere Víctor Barrio por una cornada en Teruel

Un toro de Los Maños lo cogió de manera espantosa y el torero segoviano de 29 años falleció en la enfermería de la plaza

TERUELActualizado:

Apenas pasaban unos minutos de las ocho de la tarde y la muerte apareció como un rayo maldito. Una cornada seca, un derrote asesino en el suelo, y el hombre vestido de oro y seda alcanzaba la gloria en la arena. Víctor Barrio llegó en la mañana del sábado a Teruel con toda su carga de ilusiones intacta. Era la tercera corrida de la temporada. Valdemorillo, en febrero, Madrid en San Isidro, y esta. Y en Teruel el destino le guardaba enfrentarse a «Lorenzo», de 529 kilos, de la ganadería aragonesa de Los Maños. A las doce del mediodía, en el sorteo, un bolita de papel unió sus vidas.

Víctor estaba cuajando una buena faena al tercero de la tarde. Cuando toreaba por el pitón izquierdo llegó el percance. Un derrote a la ingle y ya en el suelo otro seco que hizo presa en el costado derecho. El torero quedó inerte, boca abajo, y cuando las cuadrillas intentaban incorporarlo para llevarlo a la enfermería, su cabeza descolgada conmocionó la plaza. Era la muerte. El traslado hasta las manos de los médicos no hizo más que que los malos augurios llenaran el coso turolense, desde el callejón hasta la última fila del tendido.

El pitón había entrado por el tórax derecho. La cornada era profunda y atravesó el pecho. En la enfermería intentaron toda las operaciones de reanimación cardiovasculares y una traqueotomía, sin resultados positivos. El parte médico firmado por la jefa de la enfermería, doctora Ana Utrillas, certificaba la muerte de Víctor Barrio a las ocho y veinticinco de la tarde. La doctora explicó que la cornada había perforado el pulmón y la aorta torácica, y que ya entró en la enfermería en parada cardiorrespiratoria.

Apenas una hora después de la mortal cornada el forense y el juez de guardia procedían al levantamiento del cadáver. El cuerpo sin vida de Víctor Barrio fue introducido en un coche mortuorio en espera de la autopsia que se le realizara en la mañana de hoy.

Tras el cuerpo, una procesión rota de sollozos y gritos de desesperación. Los familiares y amigos, los toreros de su cuadrilla... En la calle cientos de personas rompieron en una ovación a los gritos de «¡torero, torero!», cuando las primeras sombras de la noche daban a la escena un tétrico ambiente.

«No mires, mejor vete», le gritaron a Morenito de Aranda cuando intentaba llevar en volandas a su compañero agonizante. Los banderilleros se dieron cuenta enseguida de la dimensión de la herida. Un «boquete» por el que salía la sangre a borbotones, por el que se escapaba la vida de un torero. Llevaba los ojos idos, y los de plata no quisieron que el matador, que tenía por delante el compromiso de matar dos toros, quedara impactado por la brutal imagen.

La plaza quedó en silencio. Nada bueno se esperaba. Con todo, Curro Díaz apechó con el cuarto, de Ana Romero, y hasta le cortó una oreja. Pero la fiesta, que inundaba Teruel, ya se había borrado del semblante de los aficionados. Cuando el alguacilillo esperaba para entregar el trofeo, de la enfermería llegó lo peor. Manos a la cabeza, ojos llorosos, y la noticia corrió como un reguero de pólvora. Los matadores refugiados en su silencio, todos rotos, hundidos, incrédulos. Lágrimas contenidas, otras caían como gotas de rabia. El maestro Ortega Cano, apoderado de Morenito, caminaba hacia la enfermería como un zombi. Curro Díaz y Morenito rompían a llorar sin atreverse a entrar en donde los médicos habían luchado por la vida de su compañero ya muerto. Desde dentro se oían voces desgarradoras, gritos de dolor... Algunos identificaban a la mujer del torero. Su padre, que ocupaba una localidad del tendido, saltó al callejón en cuanto se produjo la cogida. La sala contigua al quirófano en donde yacía Victor Barrio era un velatorio. Allí se decidieron a entrar los toreros. Un llanto sin tregua hasta que el recinto médico quedó vacío. Una hora de terrible dolor que pareció no tener fin.

La tragedia se temió desde el primer momento. Hasta se contactó con el doctor Carlos Val Carreres, uno de los cirujanos taurinos de mayor renombre, por si se precisaba su presencia. No hubo opción, la parada cardiorrespiratoria no pudo ser superada. Nadie quería hablar, nadie podía hacerlo. Solo Curro Díaz, con la cara desencajada, pensaba en voz alta: «Dejamos nuestra juventud por el toro, por un sueño. Lo del dinero es una mentira, no se torea por dinero, el toro es algo más, una necesidad», balbuceaba como para desterrar la imagen de un compañero muerto.

Mientras el empresario del coso turolense, Alberto García -también apoderado de Víctor Barrio- anunciaba la suspensión del festejo programado para la noche del sábado, el ganadero de Los Maños, José Luis Marcuello, no paraba de lamentarse de la mala suerte: «Un toro noble que pueda causar una tragedia de esta magnitud. Si hubiera sido un barrabás...» Y daba instrucciones para deshacerse de los pitones de «Lorenzo», para que «nadie pueda hacer demagogia con ellos».