Un firme Alberto Aguilar se gana una merecida oreja en San Isidro
Alberto Aguilar aguarda torero la muertel del toro - paloma aguilar

Un firme Alberto Aguilar se gana una merecida oreja en San Isidro

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Tarde de domingo, muy buena entrada, a pesar del cartel modesto. La flojedad de los toros da al traste con casi todo, en un festejo soporífero hasta el quinto toro, el único que se mantiene, y Alberto Aguilar, muy firme, le corta una merecida oreja. A Sebastián Ritter le toca un sobrero muy complicado: suena el tercer aviso cuando el toro, por fin, dobla. Pedro El Capea pasa sin lucimiento. Una tarde más, los toros flaquean. Se lidian dos sobreros y podíamos haber visto alguno más. La corrida de Montealto tiene demasiada poca fuerza: con estos toros, no cabe emoción alguna; en Las Ventas, además, no se aprecia lo que puedan hacer los diestros.

Comenzamos con mal fario: el primer toro, que embiste con nobleza, se parte el pitón contra el burladero. Se corre el turno: El Capea mata dos toros de Julio de la Puerta. El primero es manejable pero flojea. Pedro conoce la técnica de torear (de casta le viene...), le da distancia, se muestra correcto pero no logra conectar con el público. No acierta en la suerte suprema. El cuarto echa las manos por delante, rebrincado; no puede con su alma (si los toros tienen alma); flaquea constantemente. Me apuntan: «Se llama Rezador: por eso se arrodilla». El trasteo no tiene interés y tampoco mata bien. No ha habido sorpresas: el diestro posee buen oficio pero le falta expresión, estética, plasticidad...

Episodio dramático

Alberto Aguilar es el torero que actuó más veces en Las Ventas, la pasada temporada, y con éxito, cortó dos orejas. Ha sufrido un grave percance en América, lleva ahora un aparato ortopédico. En el segundo, vivimos un episodio dramático, en varas: derriba al regatillo al picador, se encela con el caballo, no hay forma de sacarlo de allí, a pesar de los valentísimos monosabios. Como ha transmitido emoción, brinda Alberto Aguilar al público, comienza bien pero el toro enseguida se apaga por completo: solo queda matarlo y lo hace de un buen espadazo.

Tiene la fortuna de que el quinto, aunque flaquea un poco, se mantiene en pie y se mueve. Logra Alberto una faena lucida, uniendo valor e inteligencia. Como el toro repite, tienen majeza los naturales y los remates, rodilla en tierra. Faena intensa, que remata volcándose al matar, aunque el toro es tan alto como él: merecida oreja.

Estatua de piedra

Sustituye al herido Paco Ureña el colombiano Sebastián Ritter. En sus anteriores comparecencias demostró ya su valor estoico. Vuelve a hacerlo esta tarde, en condiciones poco propicias, por su escaso bagaje profesional. Sale descoordinado el tercero, se devuelve y corre el turno. El toro es muy flojo, cae varias veces, se apaga. No le valoran ni que se meta entre los pitones, con su habitual arrimón. Es lógico: no se puede torear a una estatua de piedra. Se justifica con una buena estocada.

El último es un sobrero del Ventorrillo (le había correspondido a David Mora, la tarde que fue herido). El toro es serio, con muchos pitones. Ya de salida le arranca el capote, con la cara por las nubes; hace hilo en banderillas; llega a la muleta con feo estilo y evidente peligro. El joven Ritter no se amilana pero no logra domeñarlo: los espectadores pasamos momentos de auténtico miedo. Ya herido, el toro sigue embistiendo con peligro. Se suceden los descabellos, con el diestro ya descentrado y sin suficiente ayuda de su cuadrilla. Se libra de la vergüenza de que retiren el toro a los corrales porque la res dobla, justo cuando suena el tercer aviso. Lo mejor: ha salido ileso.

Triunfo de Aguilar, riesgo grande de Ritter: demasiado poco para una tarde plúmbea, por la lamentable flojedad de los toros.