Una escena de «Ahora todo es noche»
Una escena de «Ahora todo es noche» - Teatro Español

La Zaranda: «Perder la fe sería estar muerto, y no hay nada peor que sentirse muerto estando vivo»

La compañía andaluza, que cumple 40 años, estrenó el jueves una obra en la que, con reyes y mendigos, se representan a sí mismos

MADRIDActualizado:

A los que no tienen voz, a los malditos, a los ignorados, a los despojados, incluso a los muertos. En 40 años de andadura, esta compañía obsesionada con su esencia, con su compromiso con el teatro y, con lo que ellos llaman, sin apenas rozar la presunción, creación, siempre ha dado vida a los que no existen.

La Zaranda (que se ha cambiado el apellido: «de Andalucía la baja» a «de ninguna parte») llegó ayer al Teatro Español con «Ahora todo es noche». Una obra en la que suben al escenario algunos cartones, cubos de basura y tres mendigos, esos a los que «vemos tan lejanos y apenas la cantidad de una mensualidad nos separa de ellos, los náufragos en la oscuridad de un mundo hostil». Estos mendigos fueron reyes: el rey Lear, Segismundo y Prometeo que lo tenían todo y no tenían nada. «¿Quién no ha mendigado algo alguna vez?».

Detrás de esos reyes y mendigos también salen a escena los tres actores que vieron nacer a la compañía: Francisco Sánchez, Gaspar Campuzano y Enrique Bustos. «Esa es la clave del trabajo. No debería descifrarlo, pero es así. Estamos también nosotros. Y hay un momento de juego entre lo que son los personajes y lo que somos nosotros», revela Francisco Sánchez, más conocido como Paco de la Zaranda, actor y director de la compañía. En ese juego con los personajes, ellos también mendigan: «La Zaranda mendiga sueños, pero si hay algo que mendigar en estos tiempos es fe porque sin esta no se puede vivir y a la hora de la creación es lo más importante».

Lejos de auto-homenajearse, con este trabajo, cuyos textos son de otro imprescindible en La Zaranda, Eusebio Calonge, la compañía quiso detenerse para observar. «De alguna manera, "Ahora todo es noche" es el principio y el final de La Zaranda. Queríamos parar y vernos en toda nuestra trayectoria, renunciar a la compañía, quitarla para poder crear, abrirla en canal y meternos por medio de ella». Esto explica que sea el trabajo con menos objetos sobre el escenario, con menos Wagner y Mozart y menos referencias a las pinturas de Goya, Velázquez o Ribera, constantes en el trabajo de los andaluces.

Aunque el nombre de la obra parezca desesperanzador y, por lo tanto, contrario a las tesis «zarandeanas», Sánchez asegura que no es un momento de oscuridad: «En mi pueblo, cuando llega el invierno la gente dice mucho: “Ahora todo es noche”. Pero luego viene la primavera. No sé cuándo pero se hará de día. Estamos llenos de esperanza y con más ganas de hacer teatro que nunca. De hecho, en enero estrenaremos un nuevo trabajo. Será una gran sorpresa».

En un mítico bar de la Plaza Santa Ana, mientras transcurre la entrevista, Bustos, Campuzano y Calonge preparan el montaje en el Teatro Español. «Están locos, todavía siguen haciendo teatro», ironiza Paco de la Zaranda, quien desvela que es obediente a una voz que hay dentro suyo y que le obliga a seguir: «Muchas veces no es agradable hacer teatro pero lo tienes que hacer. No lo hago porque me hace feliz, lo hago por obediencia». Por ello, no será él quien anuncie el final: «Al menos, estamos en la prórroga ja, ja, ja. Es un callejón sin salida: uno trabaja, llega hasta aquí y sigue. Yo jamás diré "hasta aquí llegué", eso es soberbia. Como hombre de fe que soy aquí estaré hasta que esta me acompañe en el último instante de mi vida. Perder la fe sería estar muerto. Y no hay nada peor que sentirse muerto estando vivo».

Cuarenta años de trabajo dan para mucho y Paco de la Zaranda asegura arrepentirse de «casi todo», menos del futuro. «Si tuviera que hacer un examen de conciencia teatral diría que el camino que hemos transitado hasta ahora nos ha llevado donde estamos. Si hubiéramos tenido éxito y dinero no estaríamos con "Ahora todo es noche"».

Sánchez confiesa arrepentimiento y también cansancio, pero nada es motivo de renuncia. «Uno no tiene más remedio que seguir. Estoy cansado pero con cada trabajo voy descubriendo cosas nuevas y el cansancio se quita. Si después de encerrarte en un proceso creativo sintiéndote morir pares un trabajo cuyo resultado te hace sentir vivo, lo tienes todo. Ya no es "Ahora todo es noche", sino "Ahora nos sentimos más vivos que nunca"».