CRÍTICA DE TEATRO

«La velocidad del otoño»: quiero vivir

Lola Herrera y Juan José Artero interpretan la obra en el teatro Bellas Artes

Lola Herrera, en «La velocidad del otoño»
Lola Herrera, en «La velocidad del otoño» - Pentación
JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN - Actualizado: Guardado en: Cultura Teatros

De manera sucesiva, el Teatro Bellas Artes ha programado dos obras con la vejez como motor argumental. Si «El padre», del francés Florian Zeller, se zambullía en la terrible niebla progresiva del mal de Alzheimer con un dramatismo bien medido, «La velocidad del otoño», del escocés residente en Estados Unidos Eric Noble, sucesora de aquella en la cartelera, adopta un tono más ligero para romper una lanza por la dignidad de quienes envejecen a su ritmo y se sienten empujados por las prisas interesadas de unos hijos que les consideran incapaces de seguir haciéndose cargo de sus propias vidas.

«La velocidad del otoño» (***)Autor: Eric Coble. Versión: Bernabé Rico. Dirección y espacio escénico: Magüi Mira. Iluminación: José Manuel Guerra. Vestuario: Lola Herrera. Intérpretes: Lola Herrera y Juanjo Artero. Teatro Bellas Artes. Madrid.

Alejandra ha cumplido 81 años, es viuda, le gusta el arte y pinta. Crió tres hijos y envejecía sosegadamente, dedicada a sus cosas en la casa familiar, un edificio de valor histórico, cuando los dos mayores decidieron que lo más conveniente para ella era que dejara la vivienda y se mudara a una residencia geriátrica. Alguna ambición inmobiliaria puede haber influido en una decisión que la anciana se niega a secundar, atrincherándose en el piso con un arsenal de cócteles molotov y dispuesta incendiar el inmueble e inmolarse antes de abandonarlo.

Cristóbal, el hijo menor, logra penetrar por una ventana para convencer a su madre de que deponga su actitud. Lleva muchos años desconectado de la familia fuera de España y ha regresado tras ser reclamado por sus hermanos, que amenazan con llamar a la Policía para que solucione la peligrosa situación. Hay muchas cosas que unen a esa madre y ese hijo, a quien ella transmitió su pasión artística, su sensibilidad y cierto aire de rebeldía. Los viejos vínculos de complicidad se restablecen y la pasión por la libertad les convierte en aliados.

Esta suave parábola sobre la necesidad de luchar para seguir siendo uno mismo –que pudo verse hace un año en el Teatro Lara, dirigida por Venci Kostov e interpretada por Esperanza Elipe y Javier Martín– es un alegato sobre los valores de la ancianidad. Agradable, aunque previsible y algo plana, la comedia alterna humor y almíbares melodramáticos y se sostiene por las interpretaciones de Lola Herrera, que compone con autoridad y encanto una Alejandra inteligente y resuelta, y Juanjo Artero, cuyo Cris irradia entusiasta verosimilitud. En esa línea se mueve la limpia dirección de Magüi Mira, que firma también un espacio escénico con algún detalle mal resuelto, como el acceso por la ventana y la conversión de esta en amplia puerta al final de la función.

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