Una escena de la «Trilogía del infinito»
Una escena de la «Trilogía del infinito» - Teatros del Canal

«Trilogía del infinito»: Angélica Liddell indaga en los misterios de lo sagrado

La singular dramaturga presenta su trabajo en la programación de los Teatros del Canal

Actualizado:

Angélica Liddell se zambulle furiosamente en los territorios, ritos y palabras de lo sagrado en su contundente «Trilogía del infinito» («Esta breve tragedia de la carne», «¿Qué haré yo con esta espada?» y «Génesis VI: 6-7»). La poeta Emily Dickinson es el ángel tutelar del primer título, aunque la autora y directora la volatiliza en una gran elipsis conceptual. «Solo el encubrimiento es revelación. Y por eso no existe Emily Dickinson en esta pieza [...]. Solo existe la búsqueda de mi propio sentido de lo sagrado, la búsqueda del estado primitivo, el caos de las visiones...», explica Liddell en la introducción a la obra (editorial La uÑa RoTa, 2016), reproducida en parte en el programa de mano de la función; una cita en la que arde el sentido de un montaje que es una extática (con equis, por favor) liturgia de la belleza atroz.

«¿Qué haré yo con esta espada?», titulada con un verso de Fernando Pessoa, engloba una obsesiva aproximación a la figura del japonés Issei Sagawa -que en 1981 asesinó, descuartizó y devoró en París a una estudiante holandesa- y a la matanza yihadista de noviembre de 2015 en la capital francesa. Un «enfrentamiento entre la poesía y la ley» irrigado por una alucinada fascinación por los asesinos múltiples.

En «Génesis VI: 6-7» trenza la dramaturga un retumbar veterotestamentario con el furor trágico de Medea para hablar del verbo y la carne unidos en el vaivén simbólico de la fecundación, y efectuar al tiempo una diatriba contra la descendencia asociada al concepto de sacrificio. Referencias a la religión judía y la noción de infinito de la cábala borbotean en una propuesta edificada con la tozudez de una proclama doctrinal.

Hay en esta «Trilogía» una compleja y cruda indagación en los misterios de lo sagrado de la que es imposible salir impune. No son entender o comprender los verbos más adecuados para aproximarse a ella, habría que hablar mejor de emocionar, conmover, deslumbrar y estremecer. Angélica Liddell se adensa y se eleva en momentos de gran vuelo estético emparentados con la poesía dramática de Romeo Castellucci y empapados de dolor, de la inquietante armonía de lo deforme, de genitalidad, generosidad caníbal y riesgo.

La sucesión de escenas conforman hipnóticos rituales de imágenes inquietantes: un monje de hábito blanco y la cabeza envuelta por un paño rojo tensa un arco y lanza flechas al cielo; la autora, desnuda de cintura para abajo, se sienta sobre un falo dorado acoplado a una silla; hay una procesión de apicultores, un diálogo entre Romeo y Julieta interpretados por jóvenes con síndrome de Down, penitentes con un brazo amputado, dos bailarinas gemelas, un niño coronado de espinas sujetando un kalashnikov… La apabullante constatación del talento escénico de una creadora en incansable búsqueda.