Una escena de «Trabajos de amor perdidos»
Una escena de «Trabajos de amor perdidos» - Iñaki Zaldúa
CRÍTICA DE TEATRO

«Trabajos de amor perdidos»: las trampas del amor

La Fundación Siglo de Oro y el Shakespeare Globe Theatre se unen para poner en pie la obra del dramaturgo británico

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Un torrente de brío juvenil inunda esta comedia que un Shakespeare casi principiante debió de escribir en torno a 1595 o puede que algo antes. Quizá no sea su obra más perfecta, pero como asegura mi reverenciado y recurrente Harold Bloom, «es un festival de lenguaje, un exuberante despliegue de fuegos artificiales». La estupenda versión que firma José Padilla impulsa en esa dirección el tirón de barbas a la adusta solemnidad que don William planteó como un juego de cuádruples parejas aliñado con una liberal mixtura de clases sociales, como hizo luego en otras dos apuestas deliciosas, «El sueño de una noche de verano» y «Como gustéis».

«Trabajos de amor perdidos» (****)Autor: William Shakespeare. Adaptación: José Padilla. Dirección: Tim Hoare y Rodrigo Arribas. Escenografía y vestuario: Andrew D. Edwards. Iluminación: Alberto Yagüe. Intérpretes: Javier Collado, Montse Díez, Jesús Fuente, Alicia Garau, Jorge Gurpegui, Julio Hidalgo, José Ramón Iglesias, Alejandra Mayo, Sergio Moral, Raquel Nogueira, José Luis Patiño, Lucía Quintana y Pablo Vázquez. Teatro Cofidis Alcázar. Madrid

El argumento narra cómo el propósito del Rey Fernando de Navarra y sus tres caballeros más cercanos de permanecer durante tres años entregados al estudio y alejados de fiestas y compañías femeninas se va al traste con la llegada a territorio navarro de la Princesa de Francia y sus tres damas de compañía, que despliegan su cautivadora red de seducción y desdenes para atrapar a los incautos estudiosos, bastante propensos, por otra parte, a dejarse cazar, aunque intenten disimularlo.

La puesta en escena de Tim Hoare y Rodrigo Arribas, muy dinámica, propicia esa concepción juguetona de toma y daca de picardías, atolondramientos e incertidumbre explicitada en un espectáculo muy divertido, lleno de sugerencias, como las que contiene el bosque de postes de madera planteado por Andrew D. Edwards, que puede evocar tanto un bosque propiamente dicho como los salones palaciegos. Los intérpretes completan un trabajo colectivo muy afinado, desbordante de comicidad y puntería, del caballero Berowne de Javier Collado al rústico Costra de Pablo Vázquez, pasando por el embajador francés Boyet, que compone con autoridad José Luis Patiño, la coqueta Rosalina de Lucía Quintana, el seguro Armado de Jesús Fuente o la Rosalina de Montse Díez, por citar a unos cuantos del amplio reparto, merecedor todo él de aplauso.