Una escena de «Tiempo de silencio»
Una escena de «Tiempo de silencio» - Sergio Parra
CRÍTICA DE TEATRO

«Tiempo de silencio», un lugar habitado por fantasmas

El Teatro de La Abadía presenta una adaptación teatral de la obra de Luis Martín-Santos

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En el amplio espacio vacío limitado por medianeras anaranjadas donde transcurre esta soberbia adaptación escénica de «Tiempo de silencio» alguna vez hubo algo y hubo alguien, un edificio, unos seres humanos, unas historias. Sus voces nos llegan del pasado, de finales de los años 40, y se materializan en los cuerpos de unos actores convertidos en médiums que devanan los hilos de unos sucesos que componen un fresco trágico y desolado de aquella España de la posguerra.

La versión del escritor, director y pintor austriaco Eberhard Petschinka atrapa el latido esencial de la gran novela de Luis Martín-Santos y engarza con fluída naturalidad los monólogos interiores, las descripciones y otros elementos narrativos del original en un poderoso entramado dramático, con sus dosis de costumbrismo y esperpento, su carácter de atroz indagación en una realidad social y su perfecto perfilado de la psicología de unos personajes náufragos de sus pasiones y circunstancias.

La puesta en escena de Rafael Sánchez, suizo de expresión alemana y nieto de españoles, es engañosamente sencilla; el director llena de vida el texto, combina en un todo orgánico narración y diálogos, y mueve con afilado sentido escénico a los actores, utilizando con tanta mesura como eficacia el círculo giratorio que ocupa el centro del escenario. Los intérpretes son magníficos, con la eminente Lola Casamayor a la cabeza; todos se multiplican en varios papeles a excepción de Sergio Adillo, que encarna con brío al joven biólogo que ensaya en ratones un remedio contra el cáncer y se ve arrastrado al descenso a los infiernos que se narra en la novela.