Una escena de «Refugio»
Una escena de «Refugio» - MarcosGPunto
CRÍTICA DE TEATRO

«Refugio»: la mirada del otro

Miguel del Arco ha escrito esta obra, que él mismo dirige en el teatro María Guerrero

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¿Es Europa la fortaleza acristalada, escaparate y claustro cerrado a la vez, y donde se practica un remedo cosmético de solidaridad, que presenta Miguel del Arco en «Refugio»? Como autor reflexiona sobre las realidades, tantas veces contradictorias, que pueden converger en el mismo espacio y en el mismo tiempo; ausculta además la naturaleza del lenguaje utilizado como coartada, camuflaje y trampa, pero también como ese refugio al que se alude en el título de esta tragedia empapada de contemporaneidad que enfrenta el drama de los refugiados que anegan de desesperación el Mediterráneo y la corrupción política que asfixia la vida pública.

«Refugio» (****)Texto y dirección: Miguel del Arco. Escenografía: Paco Azorín. Iluminación: Juan Gómez-Cornejo. Vestuario: Sandra Espinosa. Música: Arnau Vilà. Videocreación: Sandra Vicente. Intérpretes: Israel Elejalde, Raúl Prieto, Beatriz Argüello, María Morales, Macarena Sanz, Carmen Arévalo y Hugo de la Vega. Teatro María Guerrero. Madrid.

Un político ensaya las respuestas para una entrevista en la que se esgrimirán contra él las corruptelas que afectan a su partido. Experto en impermeabilizarse ante esos chaparrones, ha acogido en su casa, como gesto de cara a la galería, a un refugiado cuya mujer y su hijo han sido engullidos por el mar y que ni entiende ni quiere entender la lengua en la que se dirigen a él, pues ha renunciado a hablar. Un extraño ante el que cada uno de los miembros de la familia del político, ensimismados en sus fútiles problemas de andar por casa, utiliza como un espejo mudo para ensayar una suerte de comunicación no correspondida, lo que para ellos no deja de ser un alivio. Una situación que evoca la dibujada por Pasolini en «Teorema», aunque aquí la presencia del desconocido, la mirada del otro tan próximo y tan ajeno, no afecte a las conductas de esa esposa cantante de ópera que ha perdido la voz, de esa hija tan radical y pija en su aliño contestatario, del hijo que vive en la dimensión de los videojuegos y la suegra aposentada en el rencor, ni, por supuesto, la de ese servidor público al borde del abismo.

Como director, del Arco explicita esos no diálogos en los que nadie parece escuchar a nadie mediante una puesta en escena tensa, brillante, arriesgada, en la que combaten lo real y lo simbólico, igual que en la gran propuesta escenográfica de Azorín: un cubo transparente que se abre o se cierra, encendido por el sortilegio lumínico de Gómez-Cornejo y sobre cuyas paredes respiran las imágenes animadas de Sandra Vicente. Gran trabajo interpretativo del elenco con una formidable confrontación entre el refugiado autista que compone Raúl Prieto y el político verboso de Israel Elejalde, que no puede tapar todo con palabras.