CRÍTICA DE TEATRO

«La puerta de al lado», de Fabrice Roger-Lacan: condenados a entenderse

Silvia Marsó y Pablo Chiapella protagonizan esta comedia romántica que dirige Sergio Peris Mencheta

Silvia Marsó y Pablo Chiapella, en una escena de «La puerta de al lado»
Silvia Marsó y Pablo Chiapella, en una escena de «La puerta de al lado» - Ricardo Solís
JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN Madrid - Actualizado: Guardado en: Cultura Teatros

Las comedias románticas suelen tener un infalible final feliz, la gracia del asunto consiste en cómo llegan a él los protagonistas, el modo en que los hilos de sus destinos acaban formando una madeja. Los de «La puerta de al lado» son tan distintos que sabemos de inmediato que están condenados a quererse. Desde su enconado primer encuentro queda claro que ambos sufren el íntimo estremecimiento del flechazo, pero discrepan en todo. El reto del autor es disponer con habilidad las fichas para atrapar la atención del público hasta que, abracadabra, la partida quede en tablas, o sea, en besos.

«La puerta de al lado» (***)Autor: Fabrice Roger-Lacan. Dirección y adaptación: Sergio Peris-Mencheta. Iluminación: Juan Gómez Cornejo. Escenografía y vestuario: Elisa Sanz. Intérpretes: Silvia Marsó y Pablo Chiapella. Teatro Marquina. Madrid

Comediógrafo de éxito, Fabrice Roger-Lacan es nieto del famoso psiquiatra y psicoanalista que conjugó las teorías de Freud y el estructuralismo, y alguna alusión humorística lacaniana se permite en esta obra estrenada en París en 2014, además de asignar a la protagonista la profesión de severa psicoterapeuta. Ella es un punto pedante, cuadriculada y refractaria a la empatía, y él, hedonista y despreocupado, lleva el márketing de una empresa de yogures. Viven puerta con puerta y las fricciones son constantes, pero su insistencia en alargar esos desencuentros revela una química secreta de combustión lenta.

El autor ha concebido una pieza muy inteligente, estupendamente dialogada, que Sergio Peris-Mencheta ha adaptado y dirigido con extrema sutileza y notable puntería cómica. Sirve, como él mismo ha declarado, «una comedia de salón deconstruida», enseñando sus cartas para llevarnos al huerto con habilidad de tahúr; entrevera pespuntes metateatrales, juega con los apartes y logra momentos muy divertidos (atención a la escena del horno). La escenografía de Elisa Sanz va en esa dirección de síntesis deconstructora: dos apartamentos gemelos separados por una pared invisible, con el descansillo mostrado a través de paneles transparentes. La música en directo de Litus conduce el desarrollo dramático de la acción en complicidad con la iluminación de Juan Gómez Cornejo, que tamiza ambientes y atmósferas. A la vez que sugieren su atracción velada, Silvia Marsó y Pablo Chiapella bordan el rechazo defensivo de sus personajes; ella hace adorable a la psicológa perfeccionista, y él añade matices complejos a su perfil de tipo corriente.

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