CRÍTICA DE TEATRO

«He nacido para verte sonreír»: ¿Dónde estás ahora?

El teatro de La Abadía acoge la obra de Santiago Loza, bajo la dirección de Pablo Messiez

Nacho Sánchez, en una imagen de la función
Nacho Sánchez, en una imagen de la función - Sergio Parra
JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN - Actualizado: Guardado en: Cultura Teatros

Eel cineasta y dramaturgo argentino Santiago Loza (Córdoba, 1971), uno de los nombres destacados y mejor valorados del actual panorama escénico de su país, se presenta teatralmente en España con «He nacido para verte sonreír», monólogo sobre la extrañeza impotente ante el misterio que cada persona encierra. Una madre habla y habla a un hijo que permanece ausente mientras aguardan a que el esposo, y padre, les recoja para internar en una institución para enfermos mentales al joven, que desde hace años vive en la clausura de un mutismo ensimismado.

«He nacido para verte sonreír» (***)Autor: Santiago Loza. Dirección: Pablo Messiez. Escenografía y vestuario: Elisa Sanz. Iluminación: Paloma Parra. Sonido: Nicolás Rodríguez. Intérpretes: Isabel Ordaz y Nacho Sánchez. Teatro de la Abadía. Madrid.
Una situación única, circular, con Miriam, la madre, uncida a la doble noria de los recuerdos y el relato de su maniático universo diario, centrada en la tarea de rescatar un ápice de atención que le devuelva, aunque sea en la fugacidad de un último abrazo, al hijo extraviado, ese ser al que siente al tiempo próximo y extraño, sin saber si la escucha o si, cuando parece que sus ojos se dirigen hacia ella, la está realmente mirando o sigue perdido en algún punto de su ignoto universo particular. ¿Dónde estás ahora?, le pregunta con el corazón anegado de amarga incertidumbre.

Loza plantea un texto denso, verboso, acumulativo, premioso a veces, que excluye detalles clínicos o explicaciones y está regido por la coherencia zigzagueante de la protagonista, que desgrana datos y sensaciones mientras avanza a ciegas por un laberinto sembrado de referencias cotidianas para no perderse en esa despedida de un hijo que ya hace tiempo que se fue, tal vez asfixiado por esa amantísima madre voraz. Pablo Messiez dibuja una puesta en escena hiperrealista sobre la que gravita la amenaza de lo desconocido, el misterio cerrado de quiénes somos. Algo que explicita limpiamente la escenografía de Elisa Sanz: una pulcra cocina en ángulo cercada por puntiagudas ramas de arbustos intimidatorios, e iluminada cruda o tenuemente por Pilar Parra, que modula el espesor de las atmósferas.

Isabel Ordaz se sumerge en el personaje de Miriam hasta hacerlo suyo, dotándolo de una lógica neurótica, encendida de amor maternal y angustiosa ternura, asume y enriquece el perfil de mujer alucinada que tiene miedo y en la que se adivina un sentimiento de culpa. Nacho Sánchez, silencioso, esquinado, inquietante, encarna con espeluznante entrega a ese náufrago de la cordura.

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