Una escena de «Mendoza»
Una escena de «Mendoza» - Festival de Otoño a Primavera
CRÍTICA DE TEATRO

«Mendoza»: Macbeth en Comala

La compañía mexicana Los Colochos presenta en el Festival de Otoño a Primavera una atractiva versión de la obra shakespeariana

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Espectáculos como «Mendoza» reavivan la fe sobre la universalidad taumatúrgica del teatro, cuya capacidad para enlazar y alimentar imaginarios es una de las razones que avala la supervivencia de ese antiguo arte tan quebradizo como inquebrantable. De las brumas medievales escocesas dibujadas por Shakespeare a los agitados escenarios de la revolución mexicana, este «Mendoza» propuesto por la compañía Los Colochos es un «Macbeth» que encuentra en ese paisaje bélico caliente y tumultuoso un microcosmos idóneo para reeditar sus estrépitos de ambición y sangre. Un viaje de Escocia a Comala, pues se suele aludir al universo de Juan Rulfo para fijar las coordenadas vitales de este montaje, poblado también por los ecos de algunas de las denominadas novelas revolucionarias, como «Los de abajo» de Mariano Azuela y «El águila y la serpiente» de Martín Luis Guzmán.

La adaptación de Antonio Zúñiga y Juan Carrillo inunda el argumento shakespeariano de ambientes, personajes y modalidades lingüísticas mexicanísimos para abrochar al hilo de la tragedia el pulso de ese periodo convulso de guerrilleros machos, auspicios de gloria, tributos de muerte y supersticiones rampantes. Una bruja profetiza que el coronel Mendoza, que acaba de salir victorioso de un enfrentamiento con los federales, será general de división y gobernador, y el aroma del poder excita al guerrero, estimulado además por la avidez de su esposa Rosario, la lady Macbeth prieta de la función. La trama sigue su curso animada por ese brillante ejercicio de sincretismo teatral con moraleja feroz y sarcástica: hoy todo sigue tan bien como ayer, según viene a decir el corrido que cierra la representación, concluida la cual público y actores brindan con botellas de cerveza. Aunque la acción se sitúa en 1910, hay un algo, tal vez los modos y el vestuario, que remite al mundo de los narcotraficantes de hoy, cuya estructura jerárquica y luchas intestinas son perfectamente «macbethianas» y también respaldan el carácter crítico de la propuesta.

La representación transcurre en un pequeño cuadrilátero limitado por las localidades donde se sienta el respetable y se apostan algunos intérpretes mezclados entre los espectadores, con quienes interactúan constantemente. La dirección de Juan Carrillo opta por una austeridad escenográfica –sólo seis desvencijadas sillas metálicas y una mesa, sobre las que también se percute, bastan para crear espacios diversos– que potencia los recursos creativos y pone el acento en el gran trabajo de los entregados actores (seis hombres y tres mujeres), encabezados por Marco Vidal y Mónica del Carmen, como el matrimonio Macbeth/Mendoza, y todos notables en las claves expresivas y antropológicas del proyecto.