Damián del Castillo y Alejandro del Cerro, en la célebre escena del Brindis
Damián del Castillo y Alejandro del Cerro, en la célebre escena del Brindis - Javier del Real

«Marina», una ópera que es «algo más que una postal»

El teatro de La Zarzuela cierra la temporada con uno de los títulos más representados en el coliseo a lo largo de su historia

MadridActualizado:

Don Pantuflo, el padre de Zipi y Zape, entonaba de vez en cuando el «¡Costas las de Levante, playas las de Lloret!», con las que el personaje de Jorge saluda su llegada a tierra tras una larga travesía. Es prueba de la popularidad de «Marina», una ópera con alma de zarzuela, que vuelve al teatro de La Zarzuela, donde es la obra más representada en su historia junto a «El barberillo de Lavapiés» y «La Gran Vía».

«La partitura de “Marina” -escribió en 1927 Augusto Martínez Olmedilla en la revista «Blanco y Negro»- es al género lírico español algo así como “Don Juan Tenorio” al dramático. Una y otra tienen aspecto de himno nacional, encarnan como una representación de la raza. No hay español que no recite de memoria los versos de Zorrilla ni tararee la partitura de Arrieta. Para que la semejanza ideológica de ambas producciones sea mayor, las dos fracasaron en su estreno y se vieron después encumbradas por azares de la suerte».

«Marina» es una ópera con música de Emilio Arrieta y libreto de Francisco Camprodón y Miguel Ramos Carrión (que adaptó, resumiendo la historia, el que había escrito el primero para la zarzuela). La producción que presenta el teatro de La Zarzuela se estrenó en 2013, con dirección de escena de Ignacio García, escenografía de Juan Sanz y Miguel Ángel Coso, vestuario de Pepe Corzo e iluminación de Paco Ariza. En esta ocasión, el podio lo ocupa Ramón Tebar, que debuta en el foso de la Zarzuela; Tebar es el director artístico de la Ópera de Naples, en Florida, y allí han podido trabajar con él varios de los cantantes que participan en «Marina», gracias a un convenio con la Zarzuela. El doble reparto trata de aunar juventud y experiencia, según aseguró en la presentación de la obra Daniel Bianco, el director del coliseo. «Son grandes talentos que tienen ya una trayectoria; el teatro tiene la obligación y el placer de abrirles una puerta a la que están llamando con mucha fuerza», dijo. Olena Sioia y Leonor Bonilla se alternan como Marina; Alejandro del Cerro y Eduardo Aladrén como Jorge; y Damián del Castillo y Germán Olivera como Roque; Ivo Stanchev encarna a Pascual, y el reparto se completa con David Oller, Graciela Moncloa y Antonio González. Intervienen la Orquesta de la Comunidad de Madrid y el Coro Titular del Teatro de la Zarzuela.

De «Marina» se ha elogiado siempre la música, de tintes donizettianos, y se ha aborrecido siempre el libreto, calificado a menudo de cursi e infantil, y hasta de «estúpido». Pero Ignacio García lo defiende. «“Marina” es algo más que esa postal de mar y de traje de comunión que estamos acostumbrados a ver. Es un verdadero drama popular que va más allá del costumbrismo; entronca con la cultura popular -especialmente en sus metáforas marinera- e incluso anticipa el verismo industrial que llegaría más tarde a la ópera. No creo que el de “Marina” sea un mal libreto. Yo creo sin embargo que es un buen libreto de zarzuela precisamente porque responde a la poesía y la cultura populares».

Hay también en la obra, dice García, una lucha de clases incipiente y unas diferencias sociales que se reflejan en el libreto si se sabe mirar. Y hay una palabra, que a algunos les puede parecer cursi, que sobrevuela por toda la obra: esperanza».

«Marina» es una obra situada en la playa de Lloret. Allí Marina espera a que Jorge, con quien se ha criado y del que está enamorado, vuelva del mar. Pascual, dueño del astillero, le pide matrimonio a Marina, y a ésta se le ocurre decirle que sí para saber si Jorge siente lo mismo que ella. Pero cuando el marino regresa, con la intención de casarse con Marina, y se encuentra con el anuncio que ésta le hace, su reacción no es la que la joven había supuesto. Los sufrimientos de ella se mezclan con los de él, hasta que finalmente salen a la luz los verdaderos sentimientos de ambos jóvenes y la ópera puede tener su final feliz.

Más allá del libreto, es la partitura de Emilio Arrieta la que ha convertido a esta ópera en uno de los «hits» de nuestra zarzuela. La ya citada entrada de Jorge («Costas las de Levante»), el brindis («A beber, a beber») y varios coros, dúos y concertantes («En las alas del deseo», «Feliz morada», «¡Ánimo todos, fuera pereza!») han trascendido el escenario. «Es una partitura muy sobada -explica Ramón Tebar- y con el tiempo se han acumulado muchas tradiciones a la hora de interpretarla. Nosotros contamos con dos repartos fabulosos, que además están dispuestos a respetar al compositor. Creo que tenemos una “Marina” fresca, a la que le hemos querido quitar el polvo; hemos dejado alguna de esas tradiciones y hemos mantenido alguna otra».

Lo difícil es escoger, añade el director, qué tradiciones no escritas mantener. «Era frecuente que en el siglo XIX los compositores dejaran la interpretación de determinados adornos a los propios cantantes; por tanto, esperaban dichas variaciones. Lo que sí ha de ser mucho más escrupuloso es el respeto, por ejemplo, a los tempi escritos por el compositor».

Quien dice tradiciones dice, en la mayoría de los casos, vicios. «Hay que distinguir entre ambas cosas. Y es cierto que en “Marina” se encuentran muchos vicios. Yo creo que algo tiene que ver con el carácter español y nuestra relación con la zarzuela. En las obras de Verdi no se encuentran tantos vicios adquiridos; a nadie se le ocurriría. El respeto es mucho mayor. Buena parte del trabajo con la orquesta ha sido borrar ese tipo de vicios que estaban anotados en la partitura».

Uno de los mayores reproches que se le hicieron en 2013 a la producción de Ignacio García era su excesivo tenebrismo. Reconoce el director que en esta reposición hay «un poco más de luz que entonces». Y se justifica en que hace cuatro años tenía la obsesión de borrar esa imagen de postal naïf y por ello incidió en oscurecer la escena. «Pero ya he superado esa obsesión y, manteniendo el mismo ambiente, hemos aumentado la luz».