Luis Bermejo e Israel Elejalde, en una escena de «Los mariachis»
Luis Bermejo e Israel Elejalde, en una escena de «Los mariachis» - Teatros del Canal
CRÍTICA DE TEATRO

«Los mariachis», «road movie» mesetaria

Los teatros del Canal estrenan la obra escrita y dirigida por Pablo Remón

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El personaje que encarna Israel Elejalde en «Los mariachis» camina por un desierto. Parece un sosias de Harry Dean Stanton escapado del imaginario fronterizo de «Paris, Texas» (Wim Wenders, 1984) para instalarse en un desolado horizonte mesetario. Se cubre la cabeza con una gorra de Pluto y su traje polvoriento y su corbata torcida dan fe de que conoció tiempos mejores. Pablo Remón coloca sobre el tablero del escenario la primera pieza de una tragicomedia de aroma cinematográfico que utiliza la intención crítica y la pincelada costumbrista para ofrecer un tan divertido como devastador fresco social de una España oscura que sobrelleva la corrupción política y la despoblación rural, por citar dos de los asuntos que crepitan en este texto, estupendamente estructurado y soberanamente dialogado, que demuestra el excelente oído azconiano del autor para perfilar personajes del natural.

Las piezas ocupan su sitio en el mapa del desencanto y nos enteramos de que el caminante es Germán, un político enmierdado que, huyendo de la quema, regresa a pie a su pueblo para sacar al patrón del lugar, San Pascual Bailón, en procesión, en una suerte de acto de expiación y reencuentro con su pasado. Los hombres que van apareciendo en diversas escenas -uno (Luis Bermejo), obsesionado por mantener la tradición de los cabezudos, aunque ya no haya niños que la vayan a disfrutar; otro (Emilio Tomé), recién abandonado por su esposa, gestiona una ruinosa granja de avestruces, y el tercero (Francisco Reyes) es un tipo sentencioso y socarrón experto en música tecno que vive conscientemente al margen y a su bola- son sus primos, además de encarnar algún otro personaje incidental en los «flashback» que aportan información sobre los sucesos que han llevado al político a su situación. De cada uno se sabe lo justo para ajustar una situación, una perspectiva, la brisa de una historia. Aunque en algún momento se desee mayor desarrollo dramático, más metralla explicativa sería en mi opinión prescindible, porque «Los mariachis» -así se llama la peña del pueblo a la que pertenecen los personajes y en el argot financiero los testaferros de operaciones opacas- es esencialmente el recorrido hacia la consumación de un hombre en crisis.

Remón sabe sacar partido como director a sus criaturas estancadas que interpretan cuatro actores formidables. La escenografía de Monica Boromello recrea la pequeña cocina y centro de la casa familiar de Germán -muebles pasados de moda, fotos antiguas, cortina de flecos de plástico- como una isla en el centro del escenario, un lugar donde el peso de cualquier desolación personal se disuelve en una realidad desolada.