CRÍTICA DE TEATRO

«Inconsolable», de Javier Gomá: disección de la pérdida

Fernando Cayo interpreta el monólogo, primera incursión teatral del filósofo, bajo la dirección de Ernesto Caballero

Fernando Cayo, durante el monólogo
Fernando Cayo, durante el monólogo - marcosGpunto
JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN - Actualizado: Guardado en: Cultura Teatros

La dolorosa experiencia de la pérdida de su padre y, por añadidura, de una parte de su propia historia, empujó al filósofo Javier Gomá a escribir un ensayo dramático para diseccionar lo que sentía, tratando de evitar la caída en lo que denomina «literatura maleducada», es decir, la que deja que el borbotón de la sentimentalidad se apropie del discurso, lo haga incidir excesivamente en lo subjetivo y apartarse de lo universal para instalarse en la autocomplaciente sima de lo personal. «Inconsolable» vendría a ser, a la postre, la constatación del fracaso de llevar adelante tales propósitos, pues esa veta de lo personal nos humaniza y es probablemente la que hace universales nuestros sentimientos; por eso hoy nos siguen emocionando los clásicos y nos desgarran el corazón historias como las del desventurado Edipo.

«Inconsolable» (****)Autor: Javier Gomá. Dirección: Ernesto Caballero. Escenografía: Paco Azorín. Iluminación: Ion Anibal. Vestuario: Juan Sebastián Domínguez. Música y espacio sonoro: Luis Miguel Cobo. Intérprete: Fernando Cayo. Teatro María Guerrero. Madrid.
Gomá, por boca de Fernando Cayo, el actor que transforma en palabra viva su discurso, explicita su intención de contar lo que le ocurrió con un estilo civilizado y ameno, guiado por las luces de la inteligencia y con discretas gotas de humor. Arranca la obra con el actor agradeciendo al público que esté dispuesto a escuchar el relato de la convulsión sufrida por la desaparición del ser querido, un desahogo con vocación de trascendencia. Progresivamente, cuando la normalidad anterior al fallecimiento parece haberse instalado en el ánimo del protagonista, se produce una fractura insospechada y el caudal de los sentimientos más íntimos se convierte en torrente que todo lo inunda, de tal manera que el mencionado fracaso de las intenciones enunciadas es al tiempo bálsamo sanador y enriquece, esponja y hace más contundente el alcance de ese estilo ya incivilizado. Justifica el autor el sentido de una vida en la ejemplaridad, uno de los temas que vertebran su pensamiento y que también contiene, al cabo, un cierto afán de posteridad. Estupenda y elegantemente escrito, el texto del filósofo está emparentado con otras formidables manifestaciones en torno al duelo, como las manriqueñas «Coplas a la muerte de su padre» y «El año del pensamiento mágico», de Joan Didion.

El montaje de Ernesto Caballero, cuidadoso, expresivo, brillante, concretado en detalles de orfebre, otorga musculatura escénica a la propuesta en perfecta complicidad con la notable escenografía de Paco Azorín -una rampa de madera clara sobre la que se ha fijado un ejemplar de la preciosa silla Barcelona, de Mies van der Rohe y Lilly Reich-, la música sensitiva de Luis Miguel Cobo y la iluminación de Ion Anibal, propiciadora de un juego de luces y sombras capaz de materializar la estatura mítica del recuerdo del padre, redondean un espectáculo coronado por la interpretación superlativa de Cayo, que hace natural la elocuencia, transita magistralmente de la distancia a la proximidad y transmite cada uno de los múltiples matices de este gran texto.

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