Una escena de «Electra»
Una escena de «Electra» - Jesús Robisco
CRÍTICA DE DANZA

«Electra»: el camino de la danza española

El Ballet Nacional de España presenta en la Zarzuela su nuevo espectáculo, con coreografía de Antonio Ruz

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Es indipensable comenzar este comentario señalando que la «Electra» del Ballet Nacional de España (BNE) es un espectáculo verdaderamente espléndido, y hay que destacar el excepcional trabajo que la compañía -especialmente el de los bailarines- ha realizado para ponerlo en pie. Así lo premió el público que asistió al estreno en el teatro de la Zarzuela, que estalló en una sentida ovación cuando cayó el telón final.

Pero creo que es igual de necesaria una reflexión acerca de los pasos que se dan en la danza española -un estilo muy a menudo establecido en la nostalgia y en su glorioso pasado- hacia su obligatoria e irrefrenable «contemporaneidad». Para esta «Electra» (un regreso a la mitología griega, que tan buen sabor ha dejado al Ballet Nacional en el pasado), Antonio Najarro, el director de la compañía, ha llamado a Antonio Ruz, un magnífico y probado coreógrafo... Pero de lenguaje contemporáneo, aunque haya trabajado y conozca el lenguaje de la danza española y el flamenco (ya hace dos décadas, el BNE probó una experiencia similar con Ramón Oller en «La Celestina»). ¿Es lo mejor para el desarrollo y la evolución de un lenguaje -el de la danza española- absolutamente frágil y en peligro de extinción? ¿No es algo similar a llenar el idioma español de anglicismos? ¿Es una contaminación positiva o dañina? ¿Debe el Ballet Nacional de España, punta de lanza de nuestra danza, seguir este camino?

Son preguntas que quedan en el aire y que no pretenden más que abrir una vía de reflexión sobre el presente y, sobre todo, el futuro del baile español. Al margen de ellas, hay que subrayar los muchos valores de la «Electra» que se presenta en el teatro de la Zarzuela. Sobre un guión de Alberto Conejero, Antonio Ruz ha realizado una coreografía potente, especialmente en los momentos corales, movidos con un gran sentido estético y dominio escénico. La historia se sigue bien (aunque habría sido de desear una mayor diferencia entre algunos personajes masculinos y algunas escenas para apoyar el relato), y el coreógrafo crea con habilidad y sensibilidad los climas dramáticos -a lo que contribuye extraordinariamente la música y la esquemática pero habilísima escenografía de Paco Azorín-.

Se ha dicho ya que el trabajo de los bailarines es excepcional. No es nada sencillo hablar otro idioma -por más que su acento español salga siempre a la superficie- y hacerlo con tanta calidad y compromiso. En Inmaculada Salomón (Electra), Eduardo Martínez (campesino) y Sergio Bernal (Orestes) personalizo el elogio a toda la compañía. Ha sido, por otra parte, todo un acierto confiar la figura del Corifeo a una cantaora como Sandra Carrasco, de voz dulcemente trágica y expresiva; y la batuta a un director comprometido y notable como Manuel Coves.