Raúl Prieto, Samy Khalil y Julieta Serrano, en una escena de «Dentro de la tierra»
Raúl Prieto, Samy Khalil y Julieta Serrano, en una escena de «Dentro de la tierra» - MarcosGPunto
CRÍTICA DE TEATRO

«Dentro de la tierra»: raíces profundas

El Centro Dramático Nacional acoge el estreno de la primera obra del dramaturgo Paco Bezerra

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Las raíces de las tomateras que se cultivan en el misterioso invernadero donde transcurre la acción de «Dentro de la tierra» se hunden de manera profunda en el corazón de los conflictos que ahoga y concentra la carpa de plástico que ha diseñado Monica Boromello como un templo luminoso y protervo al tiempo. La obra, por la que Paco Bezerra (Almería, 1978) obtuvo en 2007 el premio Calderón de la Barca y dos años después el Nacional de Literatura Dramática, se estrena ahora en España, cuando el autor ha consolidado merecidamente su presencia en nuestro panorama dramático.

Este «thriller» telúrico, ecologista y con alguna referencia autobiográfica explora las huellas del «Rey Lear» shakespeariano: un propietario agrícola (Chete Lera), enfermo y autoritario, quiere dividir la tierra entre sus tres hijos, aunque solo uno, José Antonio (Raúl Prieto), el mediano, parece compartir con él su ideario implacable y la firme determinación de consagrarse a la tierra para conseguir una especie única de tomates que les hará ricos. Ángel (Jorge Calvo), el mayor, con alguna mácula psíquica, padece una dolencia alérgica que le provoca un picor inaguantable, lo que le obliga a llevar un traje protector. Indalecio (Samy Khalil), el menor y protagonista de la pieza, se defiende de la realidad hostil con el cultivo secreto de la escritura en un universo personal en el que se refugia. Farida (Mina El Hammani), la joven marroquí unida sentimentalmente a él; Mercedes (Pepa Rus), amiga del muchacho, y La Quinta (Julieta Serrano), una irónica curandera, completan la paleta de personajes.

La inmigración ilegal y la explotación laboral, la avaricia por encima de la vida de los seres humanos, una relación familiar corrompida, el enigma de los cultivos, las creencias supersticiosas y un amor cercenado se mezclan en un argumento tan vigoroso como a veces desequilibrado, que combina realidad, sueño e imaginación y está cargado de elementos simbólicos arañados por lo religioso y potenciados por la soberbia iluminación de Gómez-Cornejo y la propuesta escenográfica: una higuera suspendida que muestra sus raíces, la mesa que es ara y altar, el invernadero-iglesia…

Luis Luque, cómplice habitual de Bezerra, plantea una puesta en escena que alterna el pellizco del misterio, la acidez de la denuncia social y lo grandilocuente. El reparto realiza un trabajo eficaz pero desigual, en el que brilla la sabiduría de Julieta Serrano.