CRÍTICA DE TEATRO

«Cuento de invierno», de Shakespeare: el triunfo de la vida

El Centro Dramático Nacional presenta el montaje de Cheek-by-Jowl dirigido por Declan Donnellan

Una escena del montaje de Cheek-by-Jowl
Una escena del montaje de Cheek-by-Jowl - ABC
JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN Madrid - Actualizado: Guardado en: Cultura Teatros

Harold Bloom insiste en que Shakespeare no escribe en ningún género, por eso en sus tragedias siempre brilla alguna veta cómica y en sus comedias puede percibirse el eco amortiguado de un tañido trágico. Imbatible en cualquiera de ambos registros, don William los combinó en «Un cuento de invierno», su penúltima obra, representada por vez primera en 1611. Más sabio y clemente, el veterano autor abre esta pieza con una tragedia de celos y sangre, en la que Leontes, rey de Sicilia, es un Otelo cuyo corazón muerde el Yago que lleva en su interior, la prosigue dando un salto temporal de dieciséis años con una comedia de ambiente pastoril e identidades ocultas, y la concluye con una apuesta fantástica en la que una estatua cobra vida.

«Cuento de invierno» (****)Autor: William Shakespeare. Dirección: Declan Donnellan. Compañía: Cheek by Jowl. Escenografía: Nick Ormerod. Iluminación: Judith Greenwood. Intérpretes: Grace Andrews, Joseph Black, Tom Cawte, Ryan Donaldson, Chris Gordon, Guy Hughes, Orlando James, Sam McArdle, Eleanor McLoughlin, Peter Moreton, Natalie Radmall-Quirke, Joy Richardson, Abubakar Salim y Edward Sayer. Teatro María Guerrero. Madrid.

La trama, melodramática y terrible, pero abrochada finalmente con una balsámica victoria de la vida y el amor, procede de la novela «Pandosto o El triunfo del tiempo» (1588), de Robert Greene, en la que Shakespeare introdujo libremente nuevos elementos y escenarios, algunos con caprichosa ironía, como esa Bohemia con litoral marítimo. El resultado: una magistral ensalada de celos y muertes, de bailes y risas, de pasiones contrariadas y amores felices, de nobles y bobos de buen corazón y monarcas autoritarios, de egoísmo y generosidad, de vida y de magia… Un relato triste, en sintonía con las horas invernales, pero con final feliz, como exige todo cuento que se precie, y en el que revisa y reutiliza temas abordados con anterioridad: el poder ciego, los amantes enfrentados a los padres, la hija desaparecida que las olas del destino vuelven a colocar en su lugar, la armonía y el orden representados por el personaje de Hermione, la esposa calificada de adúltera por Leontes y cuya resurrección, calculadamente ambigua, puede acomodarse a lo sobrenatural o a la lógica de una argucia salvadora.

Declan Donnellan cocina como acostumbra un montaje vigoroso, energético, deslumbrante de imaginación, con sencillas y originales soluciones espaciales firmadas por Nick Ormerod, su escenógrafo de cabecera y con quien fundó en 1981 la compañía Cheek by Jowl: tres bancos y un prisma multifuncional de listas blancas de madera bastan para conformar los distintos lugares donde se desarrolla la acción, del ámbito severo de Sicilia a la luminosa Bohemia de fiesta pastoril. Una puesta en escena que alterna la furia y los remansos y cuya escena final está resuelta con el severo y emotivo equilibrio de un oratorio. Interpretaciones intensas y medidas hasta en los desbordamientos emocionales de un reparto muy entonado, donde, por citar a alguno de los estupendos actores, Orlando James es un Leontes explosivo, Natalie Radmall-Quirke impregna de serena majestad vulnerada a su Hermione y Eleanor McLoughlin es una Perdita, la hija recobrada, de belleza perrafaelita.

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