Israel Elejalde y Bárbara Lennie, en un momento de la obra
Israel Elejalde y Bárbara Lennie, en un momento de la obra - JOSEP AZNAR
CRÍTICA DE TEATRO

«La clausura del amor»: la destrucción o el amor

El festival de Otoño a Primavera presenta la obra escrita y dirigida por Pascal Rambert

MadridActualizado:

Más que el diálogo de una pareja en crisis, «La clausura del amor» ofrece dos monólogos enfrentados, dos feroces y larguísimas diatribas consecutivas sin respiro en las que, como escribió Vicente Aleixandre en el libro del que he tomado prestado el título, «tigres del tamaño del odio» se infligen profundas dentelladas. Un hombre y una mujer que se llaman igual que los actores que los interpretan real encaran el final de su historia de amor. El escenario es una sala de ensayos, un cuadrilátero cegadoramente blanco iluminado por una dura luz quirúrgica, un espacio que aúna el doble carácter de lo que vamos a presenciar: un combate sin tregua y una disección.

«La clausura del amor» (***)Autor y director: Pascal Rambert. Traducción y versión: Coto Adánez. Escenografía: Eduardo Moreno. Vestuario: Sandra Espinosa. Iluminación: Pau Fullana. Intérpretes: Bárbara Lennie e Israel Elejalde. Teatros del Canal. XXXIII Festival de Otoño a Primavera. Madrid.

Israel sale a escena con el trueno puesto, Bárbara lo sigue. Cada uno se coloca en una esquina, en diagonal. Durante casi una hora él habla y de tanto en tanto recorre el tramo que les separa para gritar de cerca las razones por las que se siente atrapado en una relación muerta –«nuestro amor es un cadáver y tu llevas su piel»– y ella lo escucha abatida, sin moverse, solo dejando caer al cabo del rato el bolso que sostiene en la mano izquierda como si contuviera algo muerto. El discurso del marido es un vuelo de narcisismo retórico y victimista, un buñuelo incendiado en el que se recrea con imágenes del tipo «tu llanto es un desahogo filosófico» y quieres «asesinar mis elementos de lenguaje», para llevar a cabo un trabajo de demolición sin posibilidad de retorno. Elejalde, acostumbrado a papeles intensos, no se apea del tren de la intensidad en toda la función, aunque matiza en las pausas la angustia que lo devora y entre la maraña de sus imprecaciones se adivina el pavor y el complejo que le produce la inteligencia y el amor sin condiciones de ella.

Un coro infantil introduce una cesura balsámica antes de que Bárbara, luminosa, trémula y terrible, desmonte punto por punto la logorrea de su pareja «que ha vuelto pestilente el aire». Si Israel propone una construcción verbal en la que instala su insatisfacción, ella en su turno de réplica habla con los pies en la tierra, desde las entrañas, a borbotones de pura vida. Un turbión encendido de poesía, un torrente de desgarrada ternura que habla sin tapujos del sexo y las razones de un amor que Israel ha hecho pedazos sin concesiones. Imposible no ponerse de su parte. El público del estreno aplaudió justamente a los intérpretes de estas escenas de la vida conyugal que tal vez serían más redondas si se podaran algunos meandros discursivos que resultan tediosos por repetitivos.