Nina y Roger Berruezo, en una escena de la obra
Nina y Roger Berruezo, en una escena de la obra - ABC
CRÍTICA DE TEATRO MUSICAL

«Casi normales», un musical sin concesiones

Se estrena en Madrid esta obra de Brian Yorkey y Tom Kitt, protagonizada por Nina

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Existe una idea generalizada (y errónea) en nuestro país que asocia el teatro musical al gran espectáculo, a producciones faraónicas y, por lo general, a la diversión y los argumentos facilones o irrelevantes (aunque piezas como «Los miserables» o «El fantasma de la ópera» han echado por tierra esta última afirmación); se habla frecuentemente incluso de «musical», eliminando la palabra «teatro», como si la una no tuviera que ver con la otra. Quienes tengan esta idea no vayan a ver «Casi normales», la función que acaba de desembarcar en la cartelera madrileña después de haberse presentado anteriormente en Canarias, Bilbao y Barcelona.

«Casi normales» («Next to normal») es una función que se estrenó en Nueva York hace ocho años y obtuvo allí tres premios Tony (los Oscar de Broadway), entre ellos el de mejor partitura. Es cierto que puede considerarse una rara avis dentro de la tendencia del teatro musical, más orientado a lo que podríamos llamar blockbusters, pero también que sigue un camino en el que no está solo.

«Casi normales» es un gran ejemplo de teatro musical; es teatro porque cuenta una historia llena de humanidad, profunda, con personajes reconocibles y terrenales, que desnudan sus almas en escena; y es musical porque las emociones se expresan a través de las canciones, un magnífico amplificador de aquellas. Y aquí está la piedra filosofal del género: en la capacidad conmovedora de la música, más que en las producciones elefantiásicas (bienvenidas sean cuando contribuyen a la creación de sensaciones).

Cuenta «Casi normales» la historia de una familia corriente; un hecho traumático ha generado en uno de sus miembros, la madre, un trastorno bipolar, que complica la existencia y las relaciones de la mujer con su marido y con su hija. La lucha de esta mujer -y de toda la familia- por alcanzar la «normalidad» marca el desarrollo narrativo del infrecuente musical.

Sobre este libro de Brian Yorkey, Tom Kitt ha compuesto una partitura sin concesiones, que huye de las melodías fáciles para escribir una música que quiere ser una prolongación natural del pensamiento y las emociones de los personajes. El resultado es una música que encuadernada a la historia, exigente tanto para los intérpretes como para los espectadores, tensa y contemporánea, aunque con un final -«Algo de luz»- que se rinde ya a la convención, con un «happy end» agridulce. La música tiene ecos evidentemente deudores de Sondheim e incluye algún ingenioso guiño a grandes musicales clásicos como «Sonrisas y lágrimas».

Una estructura de andamios con paneles corridos -que produce cierta sensación de fragilidad- enmarca la función, sostenida fundamentalmente sobre la labor de los intérpretes. Nina es la gran protagonista. Es el de Diana un papel diametralmente opuesto al de Donna en «Mamma Mia!», que encarnó durante más de una década; vocalmente contenida, buscando (y hallando) la expresividad más que la brillantez de su voz, emociona no solo con ella -no hay que descubrir ahora a la gran cantante que es- sino con un rostro siempre implorante y, en cierto modo, enigmático. Guido Balzaretti otorga una energía contagiosa a su fantasmal personaje, y Jana Gómez expresa perfectamente el carácter suplicante e inseguro del suyo. Magníficos también Nando González (el esposo), Roger Berruezo (el psicoanalista) y Fabio Arrante (el novio), muy bien dirigidos por Luis Romero.