Una escena de «Bodas de sangre»
Una escena de «Bodas de sangre» - MarcosGPunto
CRÍTICA DE TEATRO

«Bodas de sangre»: una tragedia viva

El Centro Dramático Nacional presenta en el teatro María Guerrero la obra de Lorca, con dirección de Pablo Messiez

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Una trágica disputa amorosa en Níjar, engastada en una memoria de viejos rencores familiares y sacada de las páginas de un periódico antiguo, sirvió a Federico García Lorca como simiente de «Bodas de sangre», un texto cuyas raíces se hunden en el magma de la tragedia universal. El amor arrebatado y ciego que se desarrolla en la obra, culpable ante las normas sociales y signado por la fatídica fuerza de un destino que araña la memoria de las estirpes, tiene una vibración universal porque se sumerge en la honda corriente primordial en que se agitan con ancestral tozudez las pasiones, ese caudal inagotable que fluye desde más allá de la antigüedad griega y continúa irrigándonos hoy, porque es la materia viva del teatro.

Pablo Messiez ha entendido muy bien esa dimensión atemporal en una versión situada en un indeterminado ambiente rural de nuestros días, en la que va al tuétano esencial de la obra asumiendo admirablemente sus elementos simbólicos y estableciendo puentes con el teatro menos convencional del poeta granadino. Poda con discreción y añade con criterio: abre la representación con el comienzo de «Comedia sin título», una declaración neta de sus intenciones dramáticas marcada por el delgado desnudo de Claudia Faci, que, luciendo una larguísima melena blanca, es a la vez la Muerte y la Luna. La brillante y fluida puesta en escena incluye el recitado de «Cielo vivo», composición perteneciente a «Poeta en Nueva York» que el padre de la novia -curiosamente encarnado por la actriz Carmen León- ofrece en un banquete en el que la jarana se agita con la interpretación de «Y sin embargo te quiero» y «Soy lo prohibido» (versión del sin par Bambino) por parte de unos invitados vestidos con esa opulencia hortera común en tantas bodas, y se estremece con «El pequeño vals vienés», poema lorquiano que musicó Leonard Cohen y canta desgarradoramente la mujer de Leonardo (espléndida Guadalupe Álvarez Luchia).

Pocos elementos (unos troncos, mesas y sillas en el convite...) se disponen en la caja diseñada por Elisa Sanz con paredes cubiertas por lienzos blancos que se desploman en un bello efecto que da paso a la turbadora noche del bosque, donde los enamorados fugitivos -la recién desposada y Leonardo, su antiguo novio casado con otra mujer y que es el único personaje con nombre propio- huyen de sus persiguidores. Un espacio irreal de cuidada atmósfera poética mimado por la iluminación de Pilar Parra. Aplausos para todo el reparto, con una humanísima Gloria Muñoz como madre del novio, interpretado por un entonado Julián Ortega, su hijo en la llamada vida real; con Francesco Carril en un poderoso y matizado Leonardo, y Carlota Gaviño, quien, en el papel de la novia, encuentra en la escena final el tono sonámbulo de su personaje.