Carmen Machi, en «La autora de Las Meninas»
Carmen Machi, en «La autora de Las Meninas» - David Ruano
CRÍTICA DE TEATRO

«La autora de Las Meninas»: el valor del arte

Carmen Machi interpreta en el teatro Valle-Inclán esta obra escrita y dirigida por Ernesto Caballero

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Como fábula distópica define Ernesto Caballero esta sátira que fustiga el hoy sobre el horizonte de un mañana donde el patrimonio artístico español debe ponerse en almoneda para pagar la inmensa Deuda Pública, y que es también la historia de una tentación fáustica, una indagación sobre la vanidad y el movedizo concepto de la autoría artística, un guiño a la teoría benjaminiana de la pérdida del aura exclusiva de las obras de arte en el pulso entre el original y sus ilimitadas reproducciones, y un divertido repaso a la historia de la pintura desde el Barroco hasta nuestros días.

La acción se sitúa en la década de los años 30 de este siglo, un futuro próximo en el que, tras el desmoronamiento de la Unión Europea y el fracaso de los partidos denominados tradicionales, gobierna en España Puebloenpié, una fuerza política de nuevo cuño, que, ante la acuciante necesidad nacional de fondos, decide vender «Las meninas». Para disimular el vacío que la venta de la obra maestra de Velázquez dejaría en el Museo del Prado, la nueva directora de esa institución encarga una réplica exacta a sor Ángela, meticulosa copista que se considera a sí misma una modesta artesana sin veleidades de autora.

Con el fin de llevar a cabo esa tarea de forma discreta, la monja trabaja en horario nocturno. En esas madrugadas de silencio y labor, un misterioso vigilante que se presenta como estudiante de Arte que hace prácticas en la pinacoteca logra introducir en el ánimo de la religiosa la tentación de la autoría, de sentirse reconocida como artista con voz propia. Y a partir de ahí, las cosas se precipitan por derroteros insospechados y delirantes, artísticos y hasta políticos, como va contando la misma sor Ángela, pues la obra es una sucesión de «flashbacks» o analepsis, por decirlo al clásico modo.

Caballero moja su pluma, o sus pinceles, en el tintero de la ironía crítica para redondear una jocosa fábula disparatada -o tal vez no tanto- en cuyo fondo late su inquietud por la ausencia de contenidos culturales en los debates políticos y por esa pretendida democratización que difumina jerarquías y «equipara en el mismo canon una pegadiza canción del verano con el “Réquiem” de Mozart». Vertebra su despejada puesta en escena sobre los monólogos retrospectivos de la poseída sor Ángela (una desbordante Carmen Machi, plena de expresividad y entusiasmo).

Junto a ella, Francisco Reyes compone de manera muy original un vigilante que trabaja con la lengua tentadora del calderoniano mágico prodigioso y Mireia Aixalà dibuja con garbo una directora forjada en los moldes de la «nueva política». La eficaz escenografía de Paco Azorín, que recrea estilizadamente una sala de museo, juega con un tríptico de paneles blancos, pantallas sobre las que el trabajo videográfico de Pedro Chamizo multiplica «Las meninas» y derrama imágenes del último siglo artístico.