Javier Collado y Lucía Quintana, en una escena de «Mujeres y criados» - javier naval
crítica de teatro

«Mujeres y criados»: ¡Es de Lope!

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Se decía en tiempos «¡Es de Lope!» para ponderar algo de gran calidad, tal era el grado de reconocimiento alcanzado por el dramaturgo madrileño. Y es, efectivamente, ¡de Lope! «Mujeres y criados», una comedia de enredo que se creía desaparecida y que Alejandro García Reidy, investigador español de la Universidad de Siracusa (EE. UU.), localizó e identificó, paciente y rigurosamente, en un manuscrito sin firma que se guarda en nuestra Biblioteca Nacional. Tan ingente es la producción del Fénix que este descubrimiento, otra gota en un océano creativo, aunque celebrado con entusiasmo no ha sido acogido, a mi juicio, como el gran acontecimiento que es, cuando cualquier bagatela incierta y sin demasiada relevancia que afecte al formidable Shakespeare obtiene inmensa repercusión mundial. No lo comento por hacer comparaciones, porque don William es el autor supremo, pero sí por hacer hincapié en lo que considero una valoración insuficiente.

El de Vega y Carpio compuso la obra recién hallada en torno a 1613, año arriba, año abajo, el mismo periodo en que están datadas piezas del fuste de «Fuenteovejuna», «La dama boba» y «El perro del hortelano»; es decir, pertenece a una época de gran plenitud creativa. «Mujeres y criados» es también una pieza notable, una agilísima comedia de capa y espada en la que las mujeres –como ocurre en bastantes títulos barrocos– toman los mandos de la acción para llevar a su molino el agua de los amoríos que a ellas les placen. Pretendidas por un conde y un ricachón, dos hermanas urden diversas triquiñuelas con el fin de lograr casarse con sendos caballeros que están al servicio del noble. Hay mucho humor, buenos versos, utilización de numerosos apartes que explicitan los monólogos interiores de los personajes, y una reivindicación de los valores personales por encima de las clases sociales.

Rodrigo Arribas y Laurence Boswell imprimen a la función un ritmo vivo y dotan de cierta atmósfera vodevilesca al plegar y desplegar de puertas y cortinas que dispone la ajustada escenografía móvil –una suerte de gran biombo múltiple de varios cuerpos que se abren y cierran a conveniencia– concebida por Carmen Abarca. Bien los intérpretes, con Lucía Quintana y Ana Villa estupendas como las decididas hermanas; muy graciosos el criado de estas, José Ramón Iglesias, y el acaudalado pretendiente bobo, Jesús Teyssiere, y seguro el severo padre que compone Jesús Fuente.

«Mujeres y criados» (***)