Cultura - Teatros

La violencia de género late en la «Carmen» de la Compañía Nacional de Danza

Johann Inger firma la coreografía, que usa los arreglos de Rodion Schedrin para la partitura de Bizet, además de música de Marc Álvarez

Emilia Gisladöttir y Daan Vervoort - jesús vallinas

Desde que, en 1846, el coreógrafo francés Marius Petipa llevara a escena al personaje creado por Prosper Merimée, en un ballet titulado «Carmen y su torero», el mito de la cigarrera sevillana ha sido una constante en el mundo de la danza; le han puesto su sello creadores como Ruth Page, Roland Petit, Alberto Alonso, Antonio Gades, John Cranko o Mats Ek. La Compañía Nacional de Danza (que ya tuvo en repertorio la versión que el cubano Alberto Alonso creó para Maya Plisetskaya y el Bolshoi de Moscú) ha vuelto sus ojos hacia uno de los grandes mitos españoles, aunque de acento francés, y ha encargado su recuperación Johann Inger; el coreógrafo sueco fue uno de los primeros con que contó José Carlos Martínez cuando se hizo cargo de la CND, y con ella presentó «Walking mad».

Aunque vive en Sevilla desde hace un tiempo, Johann Inger recibió el encargo con sorpresa y cierto temor. «Me ha ayudado el hecho de vivir aquí -reconoce-, pero aun sigo siendo un turista. Y todos los españoles tienen una idea de Carmen en la cabeza». Por ello , el coreógrafo sueco se ha rodeado de un equipo casi enteramente español: la escenografía de Curt Allen Vilmer, la música adicional de Marc Álvarez, la dramaturgia de Gregor Acuña, el vestuario de David Delfín. Solo el iluminador Tom Visser, con el que Inger ha trabajado a menudo en el Nederlands Dans Theater, viene de fuera.

«¿Por qué otra “Carmen”? -se preguntó Johann Inger- ¿Qué puedo aportar?» La respuesta la encontró en una lacra tan contemporánea como eterna: la violencia de género. «Carmen es un icono del feminismo, y yo me preguntaba por qué sigue considerándose una amenaza, por qué los hombres siguen ejerciendo la violencia sobre la mujer para intentar dominarla». El coreógrafo decidió aproximarse a este asunto a través de una mirada pura y no contaminada, y ha creado un personaje, un niño, que sustituye al personaje de Micaela (que no tenía relevancia en la novela de Merimée, aunque sí en la ópera de Bizet). «Hay en este personaje -dice Inger- un cierto misterio: podría ser un niño cualquiera, podría ser el Don José de niño, podría ser la joven Micaela, o el hijo nonato de Carmen y José. Incluso podríamos ser nosotros, con nuestra primitiva bondad herida por una experiencia con la violencia que, aunque breve, hubiera influido negativamente en nuestras vidas y en nuestra capacidad de relacionarnos con los demás para siempre».

Johann Inger ha tomado como base de su coreografía la adaptación de la partitura de Bizet que el compositor ruso Rodion Schedrin creó en 1967 para la coreografía de Álonso. «La música para mí es muy inspiradora -dice el coreógrafo-; pero el trabajo de Schedrin solo dura cuarenta y cinco minutos». El espectáculo se completa con la música adicional del barcelonés Marc Álvarez, que no ha querido «completar» la pieza de Schedrin, sino «describir esa otra parte, mucho menos visible, de la mente de los personajes que reflejaba la dramaturgia».

Nueve prismas movibles componen la escenografía de una «Carmen» que, según José Carlos Martínez, «no se sitúa en Sevilla, sino en un lugar abstracto, aunque hay elementos reconocibles y un sutil toque de los años sesenta españoles». «Carmen» quiere ser un espectáculo, dice su coreógrafo, «para todo el público; he querido crear un viaje y una “Carmen” generosa, rica, poética y entretenida. No es una producción “supermoderna” y rompedora».

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