Concha Velasco y Hugo Aritmenditz, durante la función
Concha Velasco y Hugo Aritmenditz, durante la función - FABIÁN SIMÓN
crítica de teatro

«Olivia y Eugenio»: lección de amor

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Concha Velasco se ha regalado un estupendo personaje a su medida. Tras superar felizmente peliagudos problemas de salud, ha vuelto a los escenarios para protagonizar una comedia de trasfondo duro que aborda de manera cordial la relación de una madre con un hijo con síndrome de Down. Una obra en la que el autor peruano Herbert Morote, de quien hace unos años pudo verse en el mismo escenario «El guía del Hermitage», trata el asunto con naturalidad y una delicadeza que no oculta los problemas de dependencia de los entrañables seres humanos afectados por esa circunstancia ni la necesaria cuota de sacrificio y abnegación de quienes los cuidan.

Sin desvelar más de lo necesario de la trama, puede contarse que Concha Velasco encarna a Olivia, una viuda de posición económica desahogada propietaria de una galería de arte, que convive con Eugenio, su hijo con síndrome de Down. Cuando se enfrenta a una situación difícil y quizás sin vuelta a atrás, decide dar un paso definitivo. Mientras ella y el joven se engalanan para una cena, tal vez la última, que celebrarán en la intimidad de su hogar, ella va ajustando cuentas con la vida, habla de su matrimonio infeliz, de la luminosa relación con Eugenio y de otras cuestiones, en un casi soliloquio que acota los perfiles vitales de esta mujer madura a punto de rendirse y a quien la terquedad alegre de Eugenio y sus ganas de vivir obligan a replantearse todo.

Una lección de amor y ternura que se asoma al abismo y hace reflexionar sobre las fronteras de la diferencia y el concepto de normalidad, y deja abierta la puerta de la esperanza. José Carlos Plaza sirve la pieza en sensible clave realista, en una puesta en escena transparente y precisa. Concha Velasco, maravillosamente vestida por Lorenzo Caprile, está formidable, segura y animosa; su dominio de los matices consigue hacer que por entre la calidez maternal y la actitud resuelta de su personaje asomen las hebras de la amargura. Dos jóvenes actores con el mencionado trastorno genético –Rodrigo Raimondi y Hugo Aritmendiz– se alternan para encarnar a Eugenio; en la función de un día de entre semana que yo vi, con el teatro abarrotado por un público que al final ovacionó larga y calurosamente a la actriz y su partenaire, este papel lo interpretó Raimondi, siempre ajustado y expresivo en sus partes del diálogo y sus movimientos, con especial lucimiento en el baile que se marcan madre e hijo.

«Olivia y Eugenio»