Blanca Portillo, en un momento del montaje
Blanca Portillo, en un momento del montaje - CDN
CRÍTICA DE TEATRO

«El testamento de María»: Otro Evangelio

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El narrador y periodista irlandés Colm Tóibín (Enniscorthy, 1955) se enfrenta a la versión tradicional que los Evangelios nos transmiten de la Virgen María para ofrecernos la imagen de una mujer sencilla de carne y hueso, temerosa y práctica, desprovista del aura de la santidad y que discrepa de cómo los discípulos de su hijo amasan, reconvierten y divinizan la visión de unos hechos de los que ella misma fue testigo. La María que se encuentra refugiada en Éfeso, entre protegida y secuestrada por unos guardianes que están escribiendo la historia de Jesús incluso a contrapelo de lo que ella les cuenta, vive atormentada por su huida del Calvario, presa del miedo, antes del descendimiento, y se sorprende de que en el relato evangélico «oficial» en marcha se detalle que esperó hasta el final, y que recogió a Cristo en su brazos y ungió su cuerpo martirizado.

Tóibín construye un relato fascinante desde el punto de vista dramático –no soy quién para ponerle reparos teológicos, eso es harina de otro costal– que propone otra visión, rebajada de énfasis religioso, de las bodas de Caná, con un Jesús ensoberbecido como un futbolista millonario; la resurrección de Lázaro, una escena impresionante en la que el vuelto a la vida es un ser que atemoriza; la Pasión… María es una madre que no comprende el sacrificio de Jesús, aclamado por sus seguidores como hijo de Dios, pero en el que ella entrevé ese niñito al que añora. Una mujer que, en un giro magistral, encuentra consuelo en el culto secreto a Artemisa, la diosa de todo lo que crece y uno de los eslabones de esa adoración a la diosa blanca que la mitología comparada ha escrutado en diferentes religiones paganas a lo largo de la historia, y en la que hay quien incluye a la misma María.

El montaje bascula en torno a otra diosa Blanca, la Portillo, aclamada por el público tras el estreno de anoche en Madrid. La formidable actriz realiza una interpretación eminente, aunque comienza su difícil monólogo un tanto enfática, casi en el tono declamatorio que se asocia a las grandes trágicas del pasado y lejano a la espontaneidad que puede suponerse en una mujer afanada en las labores domésticas. Luego crece, sin apenas transiciones, hasta convertirse en puro fulgor de lágrima, sangre, miedo y estupor, con vibración de clásica heroína griega. A partir de la plástica traducción de Enrique Juncosa, que incluye no obstante algún «es por eso que», molesto para la sintaxis castellana, Agustí Villaronga ha concentrado con eficacia la novela corta de Tóibín en unas cuantas escenas que monta cinematográficamente hilvanando una serie de flashback, un buen recurso que quizás afecte a la evolución del personaje, continuamente en movimiento, entregado a tareas domésticas, a su aseo personal o acomodándose el bellísimo vestuario de Mercè Paloma, evocador de atuendos de ambas orillas del Mediterráneo. Estupenda también la escenografía de Frederic Amat, sugeridora, tan poética como concreta y llena de reductos secretos: el pozo, la mesa de las bodas, el escondite de la figurilla de Artemisa…

El testamento de María ****