Las últimas sonatas de Schubert ante el fin de temporada en la Fundación Juan March

Critica del concierto de Elisabeth Leonskaja

MADRIDActualizado:

Concluye el curso musical de la Fundación Juan March convocando a un concierto extraordinario en el que la pianista Elisabeth Leonskaja interpreta las tres últimas sonatas de Franz Schubert. Es el colofón a una programación musical que llama la atención desde hace varios años. A veces por la originalidad de las propuestas, en ocasiones por la novedad, siempre por su voluntad reflexiva, puntualmente por la singularidad. Este concierto lo es por la concentración musical del programa y porque queda en manos de una intérprete que aún codeándose entre los grandes del piano mantiene una imagen publica comedida. Los mecanismos del mercado son tortuosos y no siempre dependen de uno mismo ni del mérito que se demuestre.

Había, por tanto, expectación (el silencio, la concentración del público fueron evidentes) más allá de los espectadores habituales en la sala, tan acostumbrados al horario y a la familiaridad que no dudan en marcharse cuando lo estiman oportuno. El espacio casi doméstico cumple así con sus obligaciones, por mucho que el piano de Leonskaja sea grandioso y se muestre dispuesto a luchar contra una acústica compleja e inmediata. La primera parte (sonatas 958 y 959) dejaron el regusto de la impotencia y también un punto de contrariedad al observar cómo Leonskaja afrontaba las obras con resolución y evidentes gazapos.

El descanso era necesario ante la monumental 960. Tomar aire, reflexionar para sopesar la interpretación desde otro punto de vista. El toque más amable, la ejecución un punto más «legato», la dinámica de mayor amplitud con pianísimos bien apoyados y fuertes rotundos, la sensatez del arco melódico: el sonido, en definitiva, y el gesto de la propia intérprete, ahora más cómodo y concentrado. Todo ello tomó forma de manera extraordinaria en el «Andante sostenuto» y aún en el «Scherzo» a través de una interpretación que vino a explicar la complejidad musical de la partitura y, ante todo, ese sentimiento inquietante, confuso, ambiguo, de una música que se respira poderosamente trascendente. Los tiempos lentos de estas obras son cruciales, se dice que por el íntimo ensimismamiento. Leonskaja también propone que por la congruencia de una arquitectura de una madurez formidablemente depurada.