Una escena de «Don Quixote», de Andrés Marín
Una escena de «Don Quixote», de Andrés Marín - ANDRÉS MARÍN
Crítica de flamenco

Don Quijote habla francés

La obra de Andrés Marín ha inaugurado la tercera Biennale d’Art Flamenco de París en el Teatro Chaillot

ParísActualizado:

Que los franceses apuesten por el flamenco y sean los únicos con artistas residentes en sus teatros, Israel Galván en el teatro de la Ville y Andrés Marín en el Chaillot, merece una buena reflexión y propósito de enmienda.

Mientras tanto, se producen acontecimientos como este «Don Quixote» que ha inaugurado la tercera Biennale d’Art Flamenco de París, una obra que se acerca a postulados estéticos más usuales y aceptados en la danza contemporánea, y podríamos decir en este caso, cercanos a creadores como Jan Fabre.

Dos grandes pantallas en el escenario junto a una pista de skate y una tienda de campaña, anuncian que lo que vamos a ver no es usual. De repente aparece Andrés Marín-don Quijote, pero no en un caballo, sino en un monociclo eléctrico con el que recorre a velocidad el escenario y en una pantalla se proyecta: «Yo no soy».

Los símbolos quijotescos de esta obra de 1615 se han transformado con la estupenda dramaturgia de Berger. Ahí está Sancho Panza, Abel Harana, metido ridículamente en un saco de dormir a la manera de burka, y por supuesto Dulcinea, Patricia Guerrero, que también camina sobre un monociclo de dos ruedas.

El caballero de la triste figura (Andrés Marín), lucha contra él mismo. Se graba dentro de una tienda proyectando el negativo; se coloca unas botas de fútbol para zapatear con el 10 pintado en la espalda; se corona con un casco brillante y luego baila con unos guantes de boxeo...; al final, desnudo sobre el suelo, lo pintan entero de negro y se coloca unas antorchas sobre la cabeza. Su cuerpo parece una armadura viviente, cuando sobre la desnudez negra, un gran ventilador le baña en cenizas.

La importancia del baile

Las escenas son intensísimas y en cada una de ellas el baile lo preside todo. Zapateados vertiginosos de Marín, con escorzos geométricos de brazos y manos; Abel Harana hace un magnífico papel, fuera de sus registros habituales, convirtiéndose en diferentes personajes, y Patricia Guerrero, de ágil zapateado, también se ofrece a Marín sin vacilaciones para transformarse sin descanso. En dos pantallas se van proyectando antiguos y subliminales anuncios de los años 50, y los bailaores bajan y suben peligrosamente por la pista de skate.

Rosario la Tremendita es fundamnetal en esta obra. Su cante lo inunda todo, y cuando sale con el bajo eléctrico, está inmensa. Junto con ella la música de la thiorba nos intenta retornar a la época testimonialmente y la percusión y el chelo nos devuelven al siglo XXI.

Es un espectáculo total, vertiginoso, con escenas que se suceden sin parar y con elementos visuales que sobrecogen. La dramaturgia y el baile han sido creados a la manera de Andrés Marín, en lo que hasta ahora es su espectáculo más rotundo. Sin duda la estética rupturista y contemporánea de esta danza flamenca ha conquistado Francia....Y falta España.