Javier Perianes, Andrés Orozco Estrada y los músicos de la Filarmónica de Viena saludan tras el concierto
Javier Perianes, Andrés Orozco Estrada y los músicos de la Filarmónica de Viena saludan tras el concierto
CRÍTICA DE MÚSICA CLÁSICA

La Orquesta Filarmónica de Viena, de las partes al todo

La formación abrió el ciclo de Ibermúsica con dos conciertos dirigidos por Jonathan Nott y Andrés Orozco Estrada, y con Javier Perianes como solista

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De vez en cuando surge la pregunta ¿qué es la música?. Podrían darse muchas respuestas desde puntos de vista distintos pero, por ahora y en este preciso momento, la más sugerente y pedagógica quizá sea aquella que la explica como una forma de negociación. El caso es evidente. El domingo, el pianista Javier Perianes debutó junto a la Orquesta Filarmónica de Viena interpretando el cuarto concierto de Beethoven. El escenario lo dominaba una orquesta robusta, bregada en un repertorio ante el que no tiene duda, capaz de envolver a cualquiera en su recio sonido, incluso a un director particularmente vivo como Andrés Orozco Estrada.

Ciclo Ibermúsica (****)Obras de Beethoven, Strauss, Brahms, Kodály y Rachmaninov. Intérpretes: Javier Perianes (piano), Orquesta Filarmónica de Viena. Directores: Jonathab Nott y Andrés Orozco Estrada. Lugar: Auditorio Nacional, Madrid. Fecha: 24 y 26 de junio

Que Perianes resistiese la tentación de dejarse llevar fue muy loable. Demuestra que tras la aparente falta de nervio rítmico, de pegada, tras la meticulosa y modesta sonoridad de su piano se esconde la voluntad de conducir la obra a un terreno más íntimo. Podría decirse, aunque suene paradójico, que quiso acercarla a un terreno más vienés si es que se piensa en las posibilidades acústicas de aquel piano Broadwood que el propio Beethoven manejó y no en las del más monstruoso Steinway que ahora se usa. La versión que Perianes quiso hacer era dulce frente a la de vieneses, armada y decidida. Lo interesante fue observar cómo estos acabaron acercándose al pianista en el segundo movimiento, compartiendo silencios e inquietudes, y como en el tercero se alcanzó el acuerdo a través de pianísimos grandiosos. Dos criterios y una voluntad. Es lo que importa.

Fue una hazaña poder conseguirlo al lado de una orquesta como la Filarmónica de Viena. El primer día, el director Jonathan Nott, sustituyendo a Daniele Gatti, lo tuvo difícil con la primera sinfonía de Brahms, después de lograr configurar la straussiana «Muerte y transfiguración» mediante algunas amalgamas sonoras imposibles de reproducir en cualquier otro entorno. Y en el segundo, Orozco Estrada encontró el acuerdo con las «Danzas Sinfónicas» de Rachmaninov a través de una versión seria, pulcra, de interesante continuidad en el segundo movimiento, recato en el tercero y más penetrante en el primero.

Con estos dos conciertos, Ibermúsica ha inaugurado su temporada 2016-2017. Ambos protagonizados por la Orquesta Filarmónica de Viena, en cualquier momento una referencia inexcusable. Hubo una buena entrada en los dos, pero con huecos significativos a tenor del prestigio y la fama de los vieneses. Es verdad que esta es una circunstancia que se repite, pero no deja de llamar la atención que, de nuevo, en una ciudad de más de tres millones de habitantes cueste llenar un auditorio de poco más de 2.000 localidades. Se ve que la excelencia ayuda, pero no necesariamente vende. Y es una pena porque nunca como ahora ha sido más necesario escuchar para aprender a negociar.