Jonas Kaufmann como Andrea Chénier en el Liceo
Jonas Kaufmann como Andrea Chénier en el Liceo - A. BOFILL
CRÍTICA DE ÓPERA

Kaufmann es Chénier

Sus compañeros de reparto, Carlos Álvarez y Sondra Radvanovsky, también excepcionales, compitieron con el tenor alemán en el «aplausómetro»

BarcelonaActualizado:

Aunque todas las miradas estaban puestas en el debut en la temporada operística del Liceo de Jonas Kaufmann en esta suntuosa producción de «Andrea Chénier» de David McVicar –estrenada en Londres por el propio tenor alemán en 2015–, la verdad es que su brillante interpretación fue la guinda de un espectáculo globalmente muy conseguido, porque sus compañeros de reparto también eran excepcionales y compitieron con él en el «aplausómetro»: el barítono malagueño Carlos Álvarez ostenta desde hace años la corona del mejor Carlo Gérard del mundo –inauguró con este papel la temporada de La Scala de Milán– y aquí lo volvió a demostrar con una interpretación arrebatadora, llena de sutilezas y aristas. El inmenso vozarrón de Sondra Radvanovsky dibujó en Barcelona la primera Maddalena de Coigny de su carrera con medios sobrados, fraseando con certeros pianísimos y construyendo un personaje muy convincente. A pesar de las ovaciones recibidas al final de sus arias, no hubo bises.

Kaufmann, por su parte, encandiló con ese timbre oscuro y a la vez luminoso que le caracteriza; conoce el personaje en profundidad y eso hizo que su interpretación –calculada nota por nota– estuviera siempre cargada de sentido; sus agudos fueron tan inmensos como su fraseo y su actuación escénica tan convincente como su musicalidad. No hay mejor Chénier en el mundo, eso también quedó claro.

El amplio cuadro de comprimarios incluyó a la mítica Anna Tomowa-Sintowa como Madelon, a una espectacular Condesa de Sandra Ferrandez, al fantástico Rocher de Fernando Radó, a la políticamente correcta «mulata» Bersi de Yulia Mennibaeva, al impecable Increíble de Paco Vas, al expresivo Mathieu de Manel Esteve, al eficaz Abate de Marc Sala o al sonoro carcelero de Christian Díaz.

El montaje de McVicar es un lujo estético, una detallista reconstrucción de un momento histórico apasionante reflejado en una propuesta plástica que estuvo apoyada con entusiasmo desde el podio por un sabio Pinchas Steinberg, que también controló sin problemas al afectivo Coro liceísta. Un gran y merecido triunfo para esa fábrica de ilusiones que es el Liceo, que dedicó este estreno a la memoria de la mecenas Carmen Mateu, presidenta del Festival de Peralada, recientemente fallecida.