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Joaquín Sabina: «Tengo la sensación de dejar mi testamento en cada disco»

Recién salido de una operación de estómago, el cantautor de Úbeda presenta un lujoso libro con sus dibujos titulado «Garagatos»

Joaquín Sabina
Joaquín Sabina - ISABEL PERMUY
PABLO MARTÍNEZ PITA Madrid - Actualizado: Guardado en: Cultura Música

Para Joaquín Sabina una entrevista es como un juego. Sabe lo que tiene que decir y cómo hacerlo con gracia –él mismo se ríe con frecuencia–. En esta ocasión el motivo es presentar un libro con sus dibujos titulado «Garagatos». Pero es bastante más que un simple catálogo: cuesta la friolera de 2.100 euros, contiene dos libros y un desplegable de más de tres metros y viene embutido en un cofre de madera que reproduce la puerta de su habitación.

Pertenece a una lujosísima colección de la editoral Artika dedicada a grandes maestros, y se entiende que le abrume tanto el peso físico de la obra –necesita ayuda para cogerla debido a su reciente operación de estómago– como su importancia, así que él mismo se califica entre bromas de «impostor» antes de que lo hagan otros.

—¿Qué pinta Sabina en una colección así?

—Eso me pregunto yo (ríe). Es una especie de extravagancia que me propusieron. Fui muy reticente, pero luego pensé que era algo que uno no habría soñado en la vida que le propondrían, y me dejé convencer. Es una colección exquisita, donde están desde Van Gogh a Sorolla. Creo que los únicos vivos somos Barceló, Plensa y yo. Y yo el más disparatado, porque no soy un pintor ni mucho menos,

—¿Cómo definiría un garagato?

—Es un garabato doméstico, un animal de compañía.

—¿Qué técnica utiliza?

—Rotuladores de colores. Lo que pasa es que en Nueva York mi chica encontró unos rotuladores que son también acuarelas, y a esos me apunté. Pero al principio eran lápices de colores, trozos de periódicos pegados, collages, cualquier cosa que tuviera a mano. Luego me he ido sofisticando. Han sido casi cuatro o cinco años, y al final es como una droga, te vas interesando por los colores, vas viendo más más arte, y aprendes un poquito, por torpe que seas.

—¿Qué parecido tiene con componer canciones?

—Tal vez en las temáticas, pero en lo demás nada. Pintar es una cosa maravillosa porque está el papel en blanco y unos colores, y puedes mezclarlos como quieras. Y además no tienes que enfrentarte al público, no tienes al tendido del siete diciéndote «arrímate más, cabrón». Yo, que tengo un poco de pánico escénico, de miedo al público, eso de estar solo en la habitación de hotel con mis rotuladores y mi cuaderno es una cosa maravillosa.

—¿Da más miedo enfrentarse al folio en blanco para escribir una canción?

—Sí, porque las palabras significan cosas, y la pintura a veces basta con los colores y una mínima forma. Y como he cultivado la canción durante tantísimos años, me exijo demasiado, y eso me frena muchas veces. En la pintura, como soy un impostor y me meto en un sitio donde nadie me ha invitado, gamberreo y disfruto más.

—¿De ese miedo escénico viene lo de disfrazarse en el escenario?

—Sí, para que ni yo mismo confunda al idiota que sale con el bombín con el tipo normal que está en su casa y pasea por la calle.

—Ahora debe de resultar más difícil esa separación de roles.

—Voy a pedir a muchos artistas que firmemos una carta a los periódicos pidiendo la pena de muerte para el que inventó los selfies (ríe). Nos ha cambiado la vida de una manera atroz. Ni siquiera tiene que ser alguien que ha escuchado tus canciones y las aprecie, sino que basta que alguien crea que eres un famoso, y te tratan como a Espinete (ríe). En los conciertos también molesta, casi hay un 50 por ciento que en lugar de mirarte te hacen el vídeo.

—Tanto en la pintura como en las canciones tiene muy presente a la mujer...

—Sobre todo el culo de la mujer (ríe). Es esa atracción tremenda por la belleza que tiene uno. Es que me interesan mucho las mujeres. Son tan misteriosas e incomprensibles... y eso de no entenderlas provoca mucho, y en las canciones, que suelen ser muy contradictorias, me gusta explorar ese misterio.

—¿Está escribiendo nuevos versos?

—En los mismos cuadernos en los que hago los dibujos apuntos versos, o estribillos o alguna idea, y luego, cuando me considero lo suficientemente preparado para meterme en un disco empiezo a buscar, a ojear, y algunos llegan a canciones y otros no.

—¿Qué problema ha tenido de estómago?

—Me he operado de una cosa que se llama diverticulitis, que estuvo a punto de provocar perforación de estómago, pero me lo pillaron bastante a tiempo.

—De repente se están muriendo muchos músicos que rondan los setenta años.

—Es una época muy dramática, no solo por los músicos, sino también por los amigos, como el poeta Ángel González, García Márquez, que en los últimos años éramos muy amigos... Estamos en una edad que empezamos a caer, y casi siempre caen los mejores, los imbéciles son longevos (ríe). Y sí, nos estamos quedando huérfanos por muchos lados. Siguen Dylan y Leonard Cohen. Y Jagger.

—También cayó Javier Krahe

—Fue un palo muy duro, porque era mi amigo y mi confidente, y aunque en los últimos años lo veía menos, también fue mi maestro. Aprendí muchísimo de él. Cuando acabo una canción, lo primero que pienso es qué le va a perecer a Krahe. Para mí representaba una línea muy alta de rigor. Y sí, lo de Krahe fue muy duro.

—Por ejemplo, ¿qué le enseñó?

—Me enseñó el rigor, a no dar un adjetivo por bueno si había otro mejor. También el rigor en la rima, en la forma clásica de la canción, tipo Brassens. Y luego a no tener precio, a no estar en venta, a decir que no. Por ejemplo, en aquella época ya nos ofrecieron para algún anuncio un dinero que para nosotros era muchísimo, y dijimos que no. A partir de ahí he dicho que no siempre, y últimamente con mucho dolor de mi corazón, porque me daban una pasta... (ríe).

—Dentro de muchos años, esperemos, ¿le gustaría dejar un disco de despedida, como David Bowie?

—Todos mis discos son de despedida. Porque yo nunca pensé que iba a hacer un disco más, ni que iba a llegar a los 66 años ni nada parecido. Así que con todos tengo esa sensación de este será mi testamento.

—¿Cómo le pinta la cosa a Pedro Sánchez?

—Vaya, estaba muy contento con las entrevistas de esta mañana porque todavía no me habían preguntado por esto (ríe), pero me pillas en un momento en que me parece vomitivo el bajísimo nivel de los líderes políticos. Los que hablaban del bien común están peleando por sillones, por ministerios, por líneas rojas... Me parece indecente. No nos merecemos estos políticos que tenemos. Vale para Pedro Sánchez y vale para todos.

—Lo de la corrupción, ¿no es como de película de Berlanga?

—Es tremendo, sí. «La Escopeta Nacional». Es bastante vomitivo, no sé cómo saldremos de esta. Al menos, en temas de corrupción sí creo que va a haber una catarsis. Parece mentira, pero los únicos que están haciendo algo son algunos jueces y ¡la Guardia Civil! Si a mí me dicen que iba a hablar bien de algunos jueces y de la Guardia Civil hace algunos años... Pero bueno, a lo mejor eso sirve de vacuna y los que vengan detrás no meten la mano en la caja con tanta facilidad.

—¿No fue a ver a José Tomás el pasado domingo a México?

—Iba a ir, y además se lo había prometido a él, pero coincidió con el postoperatorio, y los médicos no aconsejaban hacer un viaje tan largo en avión.

—¿Cómo ve esta época para la Fiesta de los toros? ¿Puede llegar a tambalearse?

—Parece un poco inevitable tal y como va lo políticamente correcto, pero también creo que hay muchísima ignorancia entre los antitaurinos y muchísimo desprecio a una cosa que ha sobrevivido siglos y que puede ser abosolutamente bellísima y una metáfora de la vida y de la muerte como no hay otra en ningún escenario del mundo.

—Usted también se ha arrimado mucho a los toros de la vida.

—Alguna cornada me han dado. De hecho tengo una así –señala su estómago y abre sus dedos pulgar e índice– que parece una cesárea (vuelve a reír).

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