Cultura - Música

Festival Castell de Peralada: lo francés en lo ruso

La Orquesta Nacional del Capitolio de Toulouse ofreció un repertorio con obras de Debussy, Chaikovsky y Musorgsky

La Orquesta Nacional del Capitolio de Toulouse en Peralada
La Orquesta Nacional del Capitolio de Toulouse en Peralada - FCP
PABLO MELÉNDEZ-HADDAD - Actualizado: Guardado en: Cultura Música

La baja por enfermedad en último momento de la soprano Iréne Theorin restó brillo al debut en el Festival Castell de Peralada (Girona) de la Orchestre National du Théâtre du Capitole de Toulouse (Francia), ya que, además de la frustración provocada por la ausencia de la cantante sueca, se trata de un conjunto experto en acompañar voces y con el programa proyectado originalmente este aspecto se habría hecho evidente. La ausencia no se reemplazó con otra solista, sino con una «suite» del ballet «Cascanueces», otra de las artes escénicas en la que esta orquesta es experta.

Esa línea ya la había marcado la primera pieza del programa, esa maravilla que Claude Debussy escribiera para Nijinski que es el «Prélude à l'après-midi d'un faune», que se ofreció interpretado con poderío, maestría y poesía. Continuando el ámbito dancístico, las diferentes variaciones que incluye el popular «Cascanueces» dan de sobra para animar una noche de verano, y eso es lo que consiguió el titular del conjunto, Tugan Sokhiev, con sus propias selecciones del famoso ballet, todas muy contrastadas y exigentes, tanto que a veces se resintió la acción de conjunto en las danzas más ágiles. La pulcritud y la belleza del sonido de las fantásticas cuerdas de la orquesta francesa quedaron claras ya en el delicioso Debussy.

En la segunda parte, conquistó al público la versión sinfónica del ciclo pianístico de Musorgsky «Cuadros de una exposición» que en 1922 firmara Ravel y que ha contribuido a la popularidad de esta pieza emblemática. Esta orquestación une de la mejor manera el discurso que se había querido subrayar con este programa que, a pesar de que no pudieran escucharse las «Cuatro últimas canciones» de Strauss (asignatura pendiente del Festival), acabó siendo especialmente coherente al fusionar dos culturas históricamente con mucho en común. El francés era la lengua de la corte rusa y el impacto del ballet en la cultura presoviética fue decisiva. La versión, con los cuadros de Viktor Hartmann muy presentes en la tímbrica, fueron descritos con rigor y virtuosismo por una orquesta maleable, muy bien articulada por Sokhiev, quien cargó tintas para subrayar la teatralidad y el lirismo del trabajo que realizara Ravel con esta joya del repertorio ruso.

Toda la actualidad en portada

comentarios