Manson, durante una entrevista en 1989
Manson, durante una entrevista en 1989 - Reuters
Música

La carrera discográfica entre rejas de Charles Manson

El líder de la secta asesina en realidad quería vengarse del productor discográfico que rechazó su primer disco, apreciado por muchos críticos y artistas

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Además de las paranoias raciales y de su gusto por las esvásticas, Charles Manson y Adolf Hitler quizá tuvieran algo más en común: la venganza como respuesta a la frustración artística. Hay quien piensa que si el dictador austríaco hubiera sido aceptado en la Academia de Bellas Artes de Viena, se hubiese evitado la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto. La hipótesis es de lo más aventurada, pero sí es cierto que aquel rechazo, presuntamente orquestado por un profesor judío según el futuro Führer, desempeñó un importante papel psicológico en su antisemitismo. Igual que Hitler no era un mal pintor, Manson más o menos se defendía como compositor. Pero ambos se creían brillantes y reaccionaron muy mal cuando alguien les dijo lo contrario.

Cuando el líder de «La Familia» ordenó el asesinato de todo aquel que se encontrara en el número 10050 de Cielo Drive, en Beverly Hills, pensaba en una persona en concreto: el productor discográfico Terry Melcher. Es a él a quien quería matar, y no a la mujer de Roman Polanski, Sharon Tate, y las cuatro personas que la acompañaban esa fatídica noche. El cineasta había alquilado recientemente la mansión, así que Melcher ni siquiera estaba allí cuando se produjo la masacre.

Manson había conocido al afamado productor a través de su amigo Dennis Wilson de los Beach Boys, y dio por hecho que gracias a esa amistad conseguiría cumplir su sueño de convertirse en una estrella. Melcher había moldeado el Sonido California en sus trabajos con algunos de sus ídolos, como The Byrds o The Mamas & The Papas, y le entregó sus canciones convencido de que le encantarían y de que aceptaría ser el productor de su primer disco. Pero Melcher las rechazó con algo de menosprecio, desencadenando el psicótico plan de asesinato de Manson.

Las primeras grabaciones de aquellas canciones se realizaron en el estudio casero de Brian Wilson (que aún las conserva sin que jamás hayan visto la luz), pero las que pasaron a formar parte del disco se registraron en los estudios Gold Star de Los Angeles, en agosto de 1968. El álbum, titulado «Lie: The Love and Terror Cult», ofrece un repertorio folk algo irregular pero con varios momentos de gran lucidez compositiva, reconocida por multitud de grupos que han hecho versiones de sus temas como Lemonheads, Guns'n'Roses, Redd Kross, Devendra Banhart, The Brian Jonestown Massacre, Rob Zombie y por supuesto Marilyn Manson. Sin olvidarnos de los propios Beach Boys, que se basaron en el icono mansoniano «Cease to exist» para su canción «Never Learn Not to Love».

El disco se lanzó cuando Manson ya estaba entre rejas, a través de un sello creado ad hoc por un viejo compañero de celda que conoció años atrás, cuando cumplía una condena anterior por romper varias leyes federales. Ese otro preso era Phil Kaufman, productor de discos de los Rolling Stones, Emmylou Harris, Joe Cocker o Frank Zappa, también conocido por un historial algo delirante y no sólo por haber acabado tras lo barrotes por tenencia de marihuana. Años después, sería él quien robaría el cadáver de Gram Parsons de su sepultura para quemarlo en Joshua Tree.

Kaufman creyó que un disco tan cargado de morbo sería un gran negocio, pero se encontró con todas las puertas cerradas y apenas consiguió distribuirlo, mucho menos venderlo. Curiosamente, en España la casa MoviePlay logró publicarlo a pesar de que la censura lo tildó de «altamente inmoral, escéptico y demoledor». Lo editó, eso sí, cambiando el título al menos agresivo «12 Canciones. Compuestas y cantadas por Charles Manson».

Charles Manson en 1971, durante el juicio por los asesinatos de Beverly Hills
Charles Manson en 1971, durante el juicio por los asesinatos de Beverly Hills-AFP

A pesar de ver terminada su carrera musical antes de empezarla, Manson nunca se rindió. En la calle tenía seguidores que interpretaban y grababan sus canciones bajo el nombre de The Family Jam, y él siguió componiendo canciones y grabando maquetas en la cárcel con una grabadora, tratando de hacérselas llegar a varios productores para darles formas profesional, o al menos a algún chalado que se prestase a distribuirlas. En los setenta sus intentos fueron infructuosos, pero durante los ochenta consiguió que muchas de sus bizarras cassettes llegaran a la calle. La primera fue «White Rasta» (reeditada con el título «Live at San Quentin» diez años más tarde), a la que pudo haber seguido «Completion», una colección de canciones que envió a varias compañías discográficas, entre ellas la especializada en punk-hardcore SST. Por entonces, en sus oficinas trabajaba (y vivía) el cantante de Black Flag Heny Rollins, que al recibir el material se sintió atraído por el personaje y cayó bajo la seducción de sus oscuras pero tiernas composiciones. Aceptó ser su productor y de hecho terminó el trabajo, pero cuando el disco ya estaba listo para ser publicado, una serie de amenazas de muerte enviadas a SST terminaron cancelando su lanzamiento. La leyenda dice que Rollins imprimió cinco ejemplares a escondidas, de los que entregó tres a un coleccionista, conservando los otros dos.

Esta nueva decepción no restó energía creativa a Manson, que siguió enviando al exterior más grabaciones carcelarias como «Son of Man» (1992), «Commemoration» (1994, para celebrar su cumpleaños número 60), «Manson Speaks» (1995, con poemas y citas bíblicas recitados, además de delirantes reflexiones sobre los sucesos políticos y sociales de la época) o «Way of the wolf» (1998, con discursos y sonidos ambientales de su celda).

En 2005 volvería con «One Mind», uno de sus títulos más «ambiciosos», y en el que se pueden escuchar sus últimas composiciones musicales ya que «ATWA (Air, Trees, Water, Animals an All the Way)» (2010) y «The Lost Vacaville Tapes», (2015, editado en vinilo) contenían viejas grabaciones inéditas realizadas en los ochenta.

Manson en San Quintín, Hitler en Berghof, los dos siguieron aferrados toda su vida a la pasión que, según algunos, de haber sido reconocida pudo haberlos apartado del camino de la muerte. Se olvidan de que los dos estaban locos de atar.