Daniel Barenboim
Daniel Barenboim - ABC

Barenboim, el «último gran genio de la música clásica», cumple 75 años

La mejor forma que se le ha ocurrido de celebrar este aniversario redondo es dirigir un buen concierto, un evento benéfico que tendrá lugar esta noche en la Filarmónica de Berlín

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Hoy cumple 75 años y en su agenda no hay todavía fecha para la jubilación. De hecho, la mejor forma que se le ha ocurrido de celebrar este aniversario redondo es dirigir un buen concierto, un evento benéfico que tendrá lugar esta noche en la Filarmónica de Berlín dirigido por Zubin Mehta, un buen amigo, y en el que Barenboim tocará el piano, con obras de Richard Strauss, Johannes Boris Borowski y Ludwig van Beethoven. Tiene todo 2018 ya programado con trabajos en diversos continentes y la Staatskapelle de Berlín, que dirige desde hace 25 años, lo ha nombrado director vitalicio. «Probablemente no sabían que iba a aguantar tanto», comenta divertido.

Se niega a hacer balance, porque con el paso de los años ha entendido que la vida es un fluir difícilmente mensurable. Si hay algo que lamenta es no haber podido vivir la paz en Oriente Medio. Barenboim, que además del argentino tiene pasaporte español, también tiene otro israelí y otro más palestino. «Le duele mucho que Israel vaya por la senda que tomó», reconoce Elena Bashkirova, su esposa, «a veces le insultan en la calle en Israel por su trabajo por la paz». Elena deja entrever que, aunque Barenboim haya obtenido reconocimiento por su obra musical y sea considerado el músico más influyente del mundo, en la intimidad se refiere como a su gran obra a la Academia Barenboim-Said, que abrió en Berlín este año para su West-Eastern Divan Orchestra. La agrupación, cofundada con el intelectual palestino-estadounidense Edward Said (1935-2003), está integrada por jóvenes talentos musicales palestinos e israelíes y es ya todo un símbolo mundial de conciliación. Baremboim ha logrado infundir en esta orquesta un principio que formuló en 2005: «La música quizá no traiga la paz, pero traerá comprensión, paciencia y curiosidad por la historia del otro».

Otra de sus grandes preocupaciones es la educación musical. Apenas sale el tema, se desborda. Hijo de dos profesores de piano y concertista desde los 7 años, le resulta incomprensible que generaciones enteras estén creciendo en Europa alejadas de la música clásica. La recaudación del concierto que se ha «auto regalado» en este cumpleaños, como en ocasiones anteriores, irá a parar a las escuelas musicales para niños que fundó en 2005. «Sin la música, la humanidad pierde gran parte de su capacidad cultural y de su capacidad de entendimiento del otro», lamenta en una entrevista, «de niño, yo no conocía prácticamente a nadie que no tocara el piano, en mi concepción infantil todo el mundo tocaba el piano». «Se dice siempre que para tocar una sonata de Beethoven se necesita una determinada madurez. En mi caso fue al revés. Toqué, por ejemplo, desde bastante pronto, las sonatas y con ello aprendí a vivir a partir de la música», reflexiona.

La prueba de que aquel niño pianista es hoy seguramente la mayor autoridad musical del momento es que cualquier otro director por el que él se interesa emprende de inmediato un ascenso fulgurante de reconocimiento internacional, como es el caso del venezolano Gustavo Dudamel o el más reciente del valenciano Gustavo Gimeno. «Para él la excelencia musical es algo que se da por hecho, cuando se interesa por alguien, además de ese imprescindible requisito, es por los intereses sociales y humanos de esa persona. Para Barenboim la música es una expresión y busca lo que hay detrás de ella, el foco de la expresión, el ser humano excelente», confiesa un músico de la Filarmónica de Berlín que lleva una década trabajando bajo su batuta.

Y pudiendo trabajar en cualquier ciudad del mundo, en cualquier orquesta, Barenboim decidió casarse con Berlín y con la Staatskapelle apenas cayó el Muro. De Berlín y de la Staatskapelle ha recibido otro gran regalo en este cumpleaños, la reapertura de la sede de la Staatsoper en Unter den Linden tras siete años de obras. En el concierto de inauguración el pasado mes de octubre, la mayor ovación fue para Barenboim, un talento capaz de atraer tanto a público clásico como a jóvenes, «alemanes y del resto del mundo, por encima de diferencias idiomáticas o religión, unidos como amantes de la música», en palabras del presidente alemán Frank-Walter Steinmeier.

Barenboim asumió la dirección musical de la Staatsoper en 1992 y es ya una personalidad plenamente identificada con la capital alemana, capaz de incidir en cualquier debate cultural o político, nacional o global, de forma que, el día que finalmente se jubile, por muy tarde que este llegue, el director dejará un vacío, una especie de orfandad en Berlín, que tardará en ser subsanado.

«Siempre escucho que hago demasiado. Sin embargo, hago lo que me gusta», comenta sobre su intensa vida profesional y sobre sus planes de futuro. «Me gustaría tener poder sobre mi condición física. No me interesa vivir mucho tiempo sin calidad de vida, pero hasta donde yo pueda, seguiré haciendo», confiesa el director, al que la crítica berlinesa ha calificado como «el último genio de la música clásica».