Marianne Faithfull, anoche, en el Palau de la Música de Barcelona
Marianne Faithfull, anoche, en el Palau de la Música de Barcelona - efe

El paseíllo de la victoria de Marianne Faithfull

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Asegura Marianne Faithfull que ella no es una superviviente, sino una vencedora, algo que quedó claro anoche en cuanto apareció, renqueante y abollada, en el escenario del Palau de la Música y transformó lo que podría haber sido un un accidentado recorrido por 50 años de carrera en un apañado y por momentos imponente paseíllo de la victoria. Lejos quedan, es cierto, los días de esplendor vocal de la diva del swinging London, pero ahí estaba la británica, recuperándose de una inoportuna fractura de cadera -la misma que le ha forzado a suspender su actuación de esta noche en Madrid- y luchando contra los elementos para reivindicarse como algo más que un objeto de museo.

«Llevo ya cincuenta años en esto y, creedme, no hay nadie más sorprendida que yo», bromeó la británica mientras desenredaba la madeja de una carrera que la llevó de una frágil y quedrabiza «As Tears Go By» a la reciente «Give My Love To London», pieza escrita por Steve Earle con la que abrió el recital y que, por momentos, a punto estuvo de descarrilar en esa voz de gravilla ajada.

Nada grave: acompañada por una banda impecable en la que destacaban Rob Ellis a la batería y Ed Hancourt a los teclados, Faithfull empezó a entrar en calor con «Broken English» y «Witches Song» y convirtió sus achaques en motivo de chanza e improvisado hilo argumental de la actuación. Así, mientras reclamaba tazas de té, engullía paracetamoles, se ponía y quitaba las gafas para leer las letras en un atril y trataba de mantenerse en pie con la ayuda de un bastón, Faithfull también fue capaz de firmar momentos de gran intensidad, como esa arrebatada y turbia «Sister Morphine» que marcó uno de los momentos álgidos de la noche o la imponente «Ballad Of Lucy Jordan».

Sin necesidad de recrearse en exceso en el pasado, la británica picoteó de su leyenda, sí, pero también de aquellos trabajos más recientes en los que ha sabido rodearse de compositores de primera para que le diseñasen trajes a medida. Autores a los que Faithfull no paró de citar y mencionar en toda la noche y que, del Roger Waters de «Sparrows Will Sing» al Damon Albarn de la cálida y emotiva «Last Song», apuntalan hoy los cimientos de un mito que, por más que parezca que vaya a desmoronarse en cualquier momento, se mantiene aún erguido. Su voz, es cierto, quizá ya no dé para un desfile triunfal, pero le sobra y le basta para algún que otro victorioso paseíllo.