Vista de la Piscina Molitor antes de ser tranformada en un complejo de lujo
Vista de la Piscina Molitor antes de ser tranformada en un complejo de lujo

Locos por las piscinas

Actualizado:

Se nada a solas, por imperativo. La piscina tiene mucho de cabina, de consultorio psiquiátrico. Como las cortezas de cerdo o los becarios, es un gesto clásico del verano. Estos días, este verano, invitan a forzar la vista atrás para aplaudir (o añorar) dos célebres piscinas. Se cumplen cinco décadas de la publicación de aquel relato de John Cheever, «El nadador», y además en julio regresó la parisina piscina Molitor, clausurada desde 1989 y hasta hace nada silvestre santuario urbano. Una piscina, razona Alev Lytle Croutier en su «Taking the Waters: Spirit, Art, Sensuality», es un lugar de vida pero también, y sobre todo, de muerte. O de soledad, porque «no hay un vacío mayor que el de la piscina», apuntaba Marlowe en un pasaje de «El largo adiós». Ese envase estanco de falsas profundidades, lugares donde no hay pie y pies sin lugar. La piscina es estar sólo. Lo dijo Vicente Valero: los nadadores no tienen amigos.

Concebida de una forma profana, la piscina –como todo– nace en Grecia: Narciso no se miraba en una piscina de nenúfares pero casi. Y como siempre, en otro histórico acierto de marketing y por segunda vez, la piscina renace en Roma. Irse de natatio o natatoria fue un pretexto frecuente durante el imperio, en particular bajo la laureada tutela de Caracalla, que era –confirman los cronistas que le sobrevivieron– un tipo insufrible al que le gustaba nadar. Su afición explica la completa red de protopiscinas y bibliotecas que, entre el 212 y 216 después de Cristo, impulsó aquel emperador nacido cerca de la actual Lyon. Lo interesante del uso romano es que bañarse era un asunto lúdico: se trataba de retozar, matar el tiempo. Salvar las horas.

Y después del galo no hay mucha piscina si exceptuamos algún chapuzón en el primer Japón –había que sumergirse antes de entrar en el templo– o el hammam árabe, mutación sofisticada de las termas que en los años buenos de Al-Andalus registró su spin off en forma de prostíbulo. Así las cosas, la piscina –como la higiene durante la Edad Media, cuya alergia a la ducha sólo consentía la pila bautismal– se hundió en el olvido hasta el Renacimiento. En aquellas, 1581, Montaigne peregrinaba por Italia en busca de un manantial que filtrase la cantera de su riñón y, según registran sus diarios, probó las aguas termales de Abano, en la provincia de Padua. Fue algo más tarde, ya en Gran Bretaña, cuando una veinteañera con más prejuicios que orgullo se mudaría junto a su familia a la estación balnearia de Bath. Allí Jane Austen, que detestó la ciudad, situaría alguna novela.

Historia de dos piscinas

Y el siglo XX fue tiempo de piscinas. En 1929 se inaugura la muy parisiense piscina Molitor, un Maracaná del traje de baño que, de costura art decó y desprovista de techo, se convirtió en una parada básica de la vanguardia. De Molitor brotó el primer bikini en 1946 y dicen que también, bajo el anfiteatro de sus cabinas, germinó el topless como promesa y concepto. Allí, en la década de los cincuenta, nadó el ingeniero y «jazzman» y poeta y periodista Boris Vian, que arrastraba una aorta deficiente y –algo más etéreos– otros males cardíacos, carne de página impresa en un Saint Germain que entonces podía llamarse Saint Beauvoir o Saint Sartre. Cometa literario, Vian fue amante de las piscinas, la trompeta y las jolie filles. Y se fue en un sala de cine, infarto de miocardio. Está todo, la espuma con sus días, en el tebeo de Cailleaux y Bourhis que Impedimenta publicó el año pasado.

Mientras tanto, al otro lado del atlántico –¿cuenta como piscina?–, el nadador más famoso a este costado del marcapáginas cruzaba piscinas privadas, mueble-bares, en el neoyorquino condado de Westchester, un suburbio residencial con vistas. John Cheever, cuyo relato publicaría el New Yorkeren el verano de 1964, no fue el primero pero sí el mejor. El autor de Massachussetts había logrado condensar los fantasmas de la psicología norteamericana entre los muros alicatados de una piscina. Agua clorada, anestesiada. En 1968 Burt Lancaster protagonizaría la película que vino después. Y nadie se había mirado a sí mismo de esa manera desde Narciso.

Nadar en USA, a solas

En abril de 2012, un cheeveriano Geoff Nicholson apuntaba en un artículo para la «Los Angeles Review of Books» que, desde cierto punto, en lo alto de la colina y si uno alarga la vista, Hollywood presenta el marciano aspecto de una piscina infinita. Y Hollywood presenta el marciano aspecto de una piscina infinitalo cierto es que un vistazo panorámico a la ficción estadounidense –la mirada crea el horizonte– tal vez despierte una impresión similar. Sin mencionarlos, Nicholson sugería un arco mítico que arrancaba en la barbuda estampa de un Walt Whitman sin traje de baño y proseguía sobre la fúnebre colchoneta del cadáver de Gatsby –sin rumbo sobre una piscina– para cristalizar en la portada del «Nevermind» de Nirvana,o el desabrido albornoz de un Tony Soprano sumergido hasta la cintura en su pileta particular, buscando patos invisibles.

Y luego de Cheever había piscinas. En otra versión del cloro como reverso aguado de la genética norteamericana, durante su primer viaje a California en 1963 y después de graduarse en el Royal College of Art, el pintor David Hockney descubrió que todo hijo de vecino presumía de piscina. Su serie de piscinas acrílicas, nadadores –claro– solitarios, consistía básicamente en tipos solos aplastados por una luz sintética. Los Angeles, el valhalla de las piscinas, acogió al pintor de forma definitiva en los años setenta. De allí provienen los «splash», la alfombra de cloro con y sin nadadores.

En esa California se ahogaba William Holden tras la apertura de «El crepúsculo de los dioses»; o rugía «La mujer pantera» en un corredor de otra piscina mientras Dustin Hoffman boqueaba en escafandra, recién salido de la graduación. O Esther Williams, nadadora y después actriz en un serial de musicales –la MGM, década de los cincuenta–, para profundizar en los sentidos del «kitsch» y militar por el título de «Sirena de América». Y en la alucinada «Menos que cero» de Easton Ellis, el colocado protagonista, hijo de la MTV y la droga portátil, comprobaba a veces, con una mezcla de temor y aburrimiento, si nadie flotaba muerto en la piscina. Y tantas, tantas piscinas.

Y aunque, como la Molitor y las piscinas de Ozon y antes Deray, pasase en Francia: «Pull Marine», o el aterrizaje ochentas de aquel tema que Gainsbourg regaló a Isabelle Adjani, conjugaba una piscina privada y una chica que, en cambio, nunca desnudaba su cuerpo al sol. Porque no lo había. Estaba sola, muy sola. Y nadie reparó en ella. Al fondo de una piscina infinita. «Noyée au fond de la piscine / Personne en te voyait / Sous mon petit pull marin».