«Les Indes Galantes» de Rameau, dirigida por Laura Scozzi - Opera Bordeaux - Guillaume Bonnard

La ópera se desnuda, de Rameau a Verdi

En la última década, a las relecturas modernas de los grandes títulos se ha sumado el gusto por despojar a los intérpretes del vestuario. ¿Exigencias del guión o un reclamo para atraer un nuevo público? Aquí seleccionamos algunos ejemplos

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En la última década, a las relecturas modernas de los grandes títulos se ha sumado el gusto por despojar a los intérpretes del vestuario. ¿Exigencias del guión o un reclamo para atraer un nuevo público? Aquí seleccionamos algunos ejemplos

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  1. Les Indes Galantes, (1735) de Jean-Philippe Rameau

    «Les Indes Galantes» de Rameau, dirigida por Laura Scozzi
    «Les Indes Galantes» de Rameau, dirigida por Laura Scozzi - Opera Bordeaux - Guillaume Bonnard

    Con motivo del 250 aniversario de la muerte de Jean-Philippe Rameau, Francia ha organizado numerosas actividades para celebrar a quien está considerado como uno de sus máximos exponentes musicales. Una de ellas es la reposición de su segunda ópera, y la que más éxito cosechó, «Les Indes Galantes».

    Compuesta en 1735, es una partitura que ha sido revisitada en varias ocasiones por uno de los paladines del compositor francés, Christophe Rousset, que junto a su grupo Les Talents Lyriques ya la llevó a escena hace un par de años, con un montaje algo discutido firmado por Laura Scozzi. La producción, estrenada en 2012 en Toulouse, se presenta estos días en la Ópera de Burdeos, acompañada en fechas sucesivos de un recital y un concierto del mismo compositor, a las órdenes también de Rousset (quien también ofrecerá un concierto en Sevilla con música de Rameau el próximo 22 de marzo).

    Discutida pues en esta ópera-ballet Scozzi coloca a los intérpretes bailando y correteando desnudos, mostrándose su amor, durante todo el prólogo. (La obra simboliza la época despreocupada, refinada, dedicada a los placeres y a la galantería de Luis XV y de su corte). También por la actualización que realiza la directora. El resto de la obra servía en el siglo XVIII como excusa para realizar un gran espectáculo, en el que se probaba todo tipo de maquinaria revolucionaria para aquella época, sustituida aquí por proyecciones, y un vestuario muy contemporáneo.

    Los escenarios éxoticos e idilícos de entonces -Turquía, Perú, Persia y Norteamérica-, se tranforman en rutas de tráfico de personas, tráfico de droga, o en escenario de opresión hacia la mujer...

    Resulta una paradoja que mientras desde el foso, Rousset aboga por la recuperación historicista de la partitura de Rameau, con una magnífica interpretación, sobre el escenario Scozzi realiza una lectura pseudopolítica contra los males que afloran en el siglo XXI, haciendo especial hincapié en el acto tercero, Les Fleurs, donde se denuncia el maltrato y el desprecio hacia la mujer en los países árabes de las formas más elocuentes. Es, sin embargo el sentido del humor, el que logra suavizar algunas de estas escenas, convirtiendo este viaje finalmente en un divertimento, en el que, lamentablemente, para algunos muchas veces la escena le resta el protagonismo a la música.

  2. Armida, (1777) de Gluck

    «Armida» de Gluck, dirigida por Calixto Bieito
    «Armida» de Gluck, dirigida por Calixto Bieito - ópera cómica de berlín

    Calixto Bieito reitera en el tema del desnudo. Considerado uno de los directores más polémicos, y al mismo tiempo más internacionales, siempre le ha gustado mostrar al ser humano desde perspectivas que removieran al espectador de sus butacas. Lo hizo, y sin quitarle la ropa a los cantantes, en «Un ballo in maschera» en el Liceo. Ahí le bastó bajarles los pantalones y mostrarles sentados en un retrete. Pero Bieito fue increscendo y así lo hemos comprobado tanto en España como fuera de nuestra fronteras. En la imagen superior se puede ver una relectura de «Armida», compuesta por Gluck, del que también se celebra ahora los 300 años de su nacimiento, en una producción que se pudo ver en 2009 en la Komische Oper de Berlín.

    La arrebatada historia de amor-odio entre la poderosa reina de Damasco, Armida, y el cruzado Rinaldo es reinterpretada por Bieito a modo de «poema sobre las fantasías de una mujer», plagada de efebos desnudos en escena, imágenes oníricas y ardor desbordado. «Quería explorar esas fantasías», explicó a Efe el director. El resultado como suele suceder dividió al público, que aplaudió la parte musical y abucheó la escénica.

  3. «Tannhäuser», (1845) de Richard Wagner

    «Tannhauser», en el Teatro Real
    «Tannhauser», en el Teatro Real - javier del real

    Ian Judge fue el encargado de subir la temperatura en el Teatro Real en 2009 con su versión de «Tannhäusser» de Richard Wagner. Calificado de provocador y sexualmente explícito -algunos fueron más lejos y lo llamaron pornográfico-, el montaje se inicia con una bacanal en un cabaret en el que se deja poco para la imaginación. Dirigido musicalmente por López Cobos, fue más el escándalo preliminar que lo que después sucedió con el público que no mostró un rechazo especial.

    Judge trasladó la historia del siglo XII al XIX y situó la acción en un elegante salón en el que combatirán la carne y el espíritu. «El principal reto ha sido dejar que Wagner flote por encima de lo erótico, lo exótico o lo dramático, que lo que se ve en el escenario 'refresque' lo que se está escuchando, que enganche por el pescuezo al espectador y no le deje distraerse ni un momento», advirtió el propio Judge antes del estreno.

  4. «Un ballo in maschera», (1859) de Verdi

    Algunos de los intérpretes senior que participaron en este montaje
    Algunos de los intérpretes senior que participaron en este montaje - dpa

    Alemania parece gustar de este tipo de ejercicios, como es el de escanlizar al público operístico a través de sus puestas en escena. El Teatro de Erfurt persentó en 2008 una producción sobre «Un ballo in maschera» de Verdi, que levantó suspicacias no solo porque participaran en ella 35 voluntarios de la tercera edad que en un momento de la producción aparecían vestidos únicamente con una máscara de Mickey Mouse -«es una escena muy bella, poética», seguró el director del teatro Guy Montavon-; sino porque además, el director de escena situó la acción en los atentados del 11-S. «El concepto es una crítica sobre América, una América en la que vive mucha gente rica y mucha gente pobre, sobre la guerra y los excesos de la sociedad estadounidense de nuestros días», explicó Montavon a Afp. Las entradas para las cuatro representaciones, casi no hace falta decirlo, se agotaron.

  5. Wozzeck, (1925) de Alban Berg

    «Wozzeck» de Berg, en el montaje de Calixto Bieito
    «Wozzeck» de Berg, en el montaje de Calixto Bieito - javier del real

    Calixto Bieito, en su debut en 2007 en el Teatro Real (al que no ha vuelto, pero al que Matabosch tiene previsto rescatar), no dejó a nadie indiferente con esta coproducción con el Liceo. La dureza de la historia de «Wozzeck» de Alban Berg, daba un amplio margen al director de escena para incorporar al escenario lo que se había convertido en su leit motiv, sangre, vísceras, violencia y desnudos. Actualizó la acción, incluyendo guiños a dramas -algunos recientes y bastante cercanos-, como el chapapote y Chernobyl.

    «Me imaginé una sociedad postpetróleo y postgases, una sociedad víctima de la contaminación total», afirmó antes del estreneo el artista catalán, quien admitía que la única licencia que se ha tomado era la de cambiar a los soldados de la obra original por obreros, con una estética que le sugirió la película 'Metrópolis', de Fritz Lang. «Todo está en la música, esta ópera ya se pregunta ¿qué es el hombre?».

    El último acto de esta gran tragedia presentaba al coro desnudo andado desde la penumbra del fondo del escenario hacia adelante, hasta el comienzo del escenario, creando una imagen realmente impactante, que no escandalizó a un público algo mareado con tanta víscera.

  6. Tristán e Isolda (1859), de Richard Wagner

    Un momento de «Tristán e Isolda», en el Teatro Real
    Un momento de «Tristán e Isolda», en el Teatro Real - javier del real

    Todavía tenemos reciente en la memoria el montaje de «Tristán e Isolda», realizado por Peter Sellars, con proyecciones de Bill Viola. Estrenada la producción en la Ópera de París en 2005, se ha podido ver en el Teatro Real el pasado mes de enero. En ella, se representa a los protagonistas en dos niveles, el real, con los cantantes en un escenario minimalista, coronado por dos pantallas donde se proyectan los alter-ego.

    «Me gusta 'Tristán e Isolda' porque es un mito. Es una historia fuera del tiempo, fuera de la conciencia, que no surge de la cabeza sino que sale del sentimiento, del corazón», explicó en Madrid Bill Viola. Y, sobre todo, «no es una tragedia. Es una experiencia vital que te envuelve, que está fuera de tu control. Es la entrega incondicional, que está más allá de la vida». A lo que añadió que se trata de «una ilustración del paisaje interior del ahora. Es una obra que se produce en tiempo real. Todo se mueve en continuo en la misma dirección, pero no hacia un desenlace».

    En sus imágenes, que se proyectan a lo largo de cuatro horas, los protagonistas también se despojan de la ropa, en una acción ralentizada que le otorga al momento un halo de poesía y de misticismo sobrecogedor.