crítica de ópera

Noche de comedia en el Real

alberto gonz√°lez lapuente - Actualizado: Guardado en: Cultura M√ļsica

Un simpático espectador preguntaba anoche si había algún detalle que hiciera sospechar que en el foso del Teatro Real estaba Riccardo Muti. Una sonrisa fue la primera respuesta. Al fin y al cabo, la consulta parecía tener mala intención, que luego no era tal: sólo era necesario fijarse en el gesto de curiosidad del interrogador para entender que tras las palabras estaba la buena fe del curioso.

Vinieron, por tanto, los argumentos. Se notaba que Muti estaba en el foso en la calidez de muchos fraseos, en la seguridad del encaje entre el escenario y la orquesta, en la continuidad del criterio, en el convencimiento de que es posible sacar adelante «Don Pasquale» sin caer en el efecto. En los muchos momentos en los que la orquesta fue el mejor cantante. En la elegante apostura de la versión musical, en definitiva.

Para qué seguir. Tantas razones tenían que ser suficientes… y, sin embargo el buen amigo seguía esperando alguna otra más clara. Algo sospechaba. Quizá que trascurridos los dos primeros actos la presencia de Muti había sido fundamental para evitar que hiciera aguas lo que en otras circunstancias habría naufragado. El mismo arranque lo presagió: Alessandro Luongo cantando «Bella siccome un angelo» tan terrenal que todo era calar mientras dejaba hueco el registro grave; Eleonora Buratto haciendo la cavatina de Norina con tanta llaneza que obligaba a conformarse con las notas bien colocadas.

Más aún, porque Nicola Alaimo, apretado vocalmente, había aparecido en escena demostrando que el disfraz de Don Pasquale no era tal sino la revelación inequívoca de la falta de veterana madurez que cualquiera espera del protagonista. Y todo ello sin extenderse a la destemplada y fea salida del tenor Dmitry Korchak convirtiendo en uno el apianar y destimbrar la voz, el perfil aniñado del notario cantado por Davide Luciano y, ¡colmo de los colmos!, la naturalista y provinciana propuesta escénica de Andrea De Rosa, que transcurrida la primera parte de la representación había hecho que el Real descendiera al Averno en el ranking de la modernez. Los ejemplos son muchos pero basta recordar la sonrisa cristalizada que provoca la insulsa entrada de Norina y Malatesta en casa de Pasquale o el concertante que pone fin al segundo acto y donde sólo brilla con luz propia el figurante.

Un Muti complacient

Lo que sí es fácil entender es que a un maestro como Muti le guste el riesgo. Le tenía afición cuando, desde antiguo, hacía «Don Pasquale» con nervio y tensión: en definitiva, emocionante, a la par que entretenido en su variedad de situaciones. Hoy sus maneras son más complacientes, y sus resultados algo tibios, dejando la obra en una confortable propuesta. El riesgo, que le sigue interesando, se basa en sacar beneficio de la chistera de donde otros sólo obtendrían insatisfacciones. Gracias a ello la Orquesta Giovanile Luigi Cherubini es una entidad respetable. Con sus carencias pero con una regularidad suficiente y un trabajo de fondo bien perfilado.

También alcanza altura en la representación que se estrenó anoche un reparto que tiene la virtud general de sonar con volumen y que, se va calentando, que suelta amarras, para mayor gloria de Buratto, exacta en la línea y hasta sutil en la frase «Va a letto, bel nonno», y de Luongo que perfila el suceder del personaje con buena planta. Ambos sobresalen entre los demás, que lelgan bien engrasados al tercer acto.

Es el momento definitivo: desde la brillante entrada del Coro Titular del Teatro Real, «I diamanti, presto, presto», que le falta un remate de precisión pero que proporciona el punto de mayor intensidad expresiva de toda la representación. Sucede ahí y en el dúo final entre Norina y Ernesto, que Muti apoya con detalles orquestales en «pianissimo» antes inexistentes. Para entonces el convencional salón decimonónico rodeado de intérpretes y figurantes que ven la representación y esperan turno, se convierte en un sobrio jardín apenas apuntado por una reja. Sin especial encanto, para qué engañarse, pero con suficiente voluntad de apoyar algo que quiere dar fin de manera melancólica. Lo intenta, y casi lo logra. Queda en eso, pese al aval de Muti y su acaudalada grandeza.

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