La escritora británica Zadie Smith
La escritora británica Zadie Smith - DOMINIQUE NABOKOV

Zadie Smith: «La historia de la esclavitud que se enseña en Estados Unidos no es cierta»

La publicación en España de la quinta novela de la autora británica, «Tiempos de swing», es uno de los acontecimientos literarios del año

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No es fácil hablar con Zadie Smith (Londres, 1975). Es una de las «rock star» del universo literario internacional. Y, quizás por eso, es muy celosa de su vida privada, que lleva con total discreción en el ambiente bohemio e intelectual de la Universidad de Nueva York. Allí, la escritora británica «heredó» el despacho de E. L. Doctorow y da clases en las que disfruta hablando de Kafka. A eso se dedica cuando no escribe. Aunque la escritura, para ella, es una forma de vida. Lo es desde que publicó su primera novela, «Dientes blancos», con 25 años. Desde entonces, cada nuevo libro suyo, que espacia con inteligencia, es esperado como se ansían los discos de Beyoncé. También el último, «Tiempos de swing» (Salamandra), principal motivo de esta charla con ABC.

En el libro, la búsqueda de la identidad se plantea de forma local, pero también histórica. No rehúye la historia de la esclavitud.

No. El impacto histórico de los acontecimientos es enorme, va más allá de la concepción individual. Los hijos de una diáspora se preguntan: ¿por qué mi familia acabó en la cárcel, por qué nuestros padres acabaron aquí, por qué mi familia está rota? Y no tienen respuestas, aparte de las pequeñas sugerencias misteriosas que son nuestras vidas.

Me encanta cómo la narradora define su relación con su madre. Usted tiene dos hijos, Keith y Harvey, de 7 y 4 años. ¿Entienden ellos que usted es madre a tiempo completo, pero también escritora a tiempo completo?

Sí. Mis hijos tienen una idea clara de quién soy y por eso es tan espantoso, porque lo ven todo, la función y lo que hay entre bastidores, porque están todo el tiempo conmigo. Las lecciones que recibimos de nuestros padres tienen que ver con el horror de darse cuenta de cómo eres en público y cómo eres en privado.

En ese sentido, ¿cómo entiende la maternidad? Porque yo no creo que consista en construir un mundo ideal para los hijos.

Yo no hago eso. Nunca cometí ese error, que es muy habitual hoy en día. Cometo errores y probablemente me autocorrijo demasiado en el otro sentido, porque considero que el dolor es útil de muchas maneras en los hijos. Eso no significa que vayas por ahí causando dolor a tus hijos. ¡Qué tipo de teoría de logoterapia! Pero soy muy celosa de mi intimidad. Ahora me preocupa más que la mayoría de las cosas.

La novela narra, de alguna forma, la búsqueda de identidad por parte de su protagonista. ¿Es escribir una forma de intentar construir una identidad?

Es algo que está en la naturaleza del novelista. No hablo de los poetas, de los dramaturgos o de cualquier otro tipo de escritores; ellos son personas con gran sentido de la identidad. Pero la mayoría de los novelistas no aspiran a eso. Yo no aspiro a eso. Los novelistas encuentran solución al problema de no ser nadie. No les da una identidad, pero es una manera de jugar sin peligro. Escribir es algo maravilloso porque, en cierta manera, tienes el problema y la solución en tu mano.

¿Es esa la condición del novelista, no ser nadie?

Es lo que siempre he pensado. Te puede hacer muy miserable o puede que lo veas como una bendición. Hay muchos temas en la ficción. El tema de la transformación está en todas partes.

Y, cuando deja de escribir, ¿cómo se enfrenta a esa terrible verdad, al hecho de que, en realidad, no es nadie?

Cuando era joven, no era novelista. Era una profesional que escribía cosas por dinero. Pensaba que cuando vendiese un ejemplar estaría encantada. Pero, con el paso del tiempo, es evidente que no soy feliz cuando no escribo. Es una especie de compulsión. No puedo vivir sin escribir. Cuando te haces mayor, en todas las profesiones, aprendes la clase de persona que eres. Escribir es mi manera de estar bien y mi manera de estar feliz. Siempre estoy leyendo, pero también tengo a mis hijos, con quienes tengo una relación real. Y eso es lo que quieren los novelistas. Por eso en sus novelas intentan explicar cómo sería una relación auténtica.

Hablando de realidad, hace un año, Reino Unido votó a favor de abandonar Europa. Creo que entonces estaba leyendo a Montaigne.

Sí. Me gusta leer a Montaigne. Es un genio. Es un espíritu muy cotidiano. Hubiese sido un gran europeo moderno

¿Qué pensaba en ese momento y qué piensa ahora sobre el Brexit?

No pienso de forma diferente. Estoy un poco más triste. Es un daño autoinfligido. Es doloroso verlo. Pero hay muchas cosas que me parecen más dolorosas que el Brexit desde hace mucho tiempo. Que Rupert Murdoch controle los periódicos británicos es igual de doloroso. Es realmente la consecuencia de eso. He visto cómo ese hombre tomaba el control de mi país, y me entristece mucho porque todavía no hemos podido echarle.

Usted no tiene Facebook, ni Twitter.

Así es. ¿Usted sí?

Sí, pero porque considero que las redes sociales son herramientas de mi trabajo.

Sí, es su trabajo. Lo entiendo. Creo que la clave de la pregunta es si soy rara. Pero, sinceramente, los raros son ustedes (reímos). Hace dos o tres años me podía mover por el mundo sin sentirme especialmente extraña o rara. Pero en los dos o tres últimos años... ¡es que estáis fuera de control! (reímos). He decidido no participar en ello y proteger a mi familia. Vamos a vivir en una paz humana y normal, que no era extraña hace tres años. Admiro a la gente que quiere entrar en polémicas e intenta salvar el mundo. Pero no puedes salvar a los adictos, te gritan. Sé lo que es ser una adicta. He sido adicta a muchas cosas en mi vida. No tiene sentido.

Mejor cambiamos de tema (reímos). Me gusta que en los Estados Unidos de Trump haya intelectuales negros que se atrevan a elevar su voz, como lo hace Ta-nehisi Coates. Hace apenas un año llegó a España «Entre el mundo y yo» (Seix Barral), fabuloso.

La tesis que defiende Ta-nehisi es importante porque insiste en la continuidad, no en la ruptura repentina con la llegada de Trump, sino en la continuidad en la vida estadounidense, en estructurar la desigualdad, el racismo y el legado de la esclavitud. Es un problema de hace mucho tiempo en Estados Unidos, no surgió en enero. El tipo de historia estadounidense que se enseña a los niños no basta para que entiendan el país en el que viven. No basta decir que hubo una lucha entre el Sur y el Norte, que el Norte ganó y que eran los buenos. Nada de eso es cierto. Así entiende la gente la historia de la guerra civil, de la esclavitud, de los derechos civiles, de los linchamientos. Pero no espero que mejore mucho.

Es buena amiga de Lena Dunham, creadora de «Girls». Al principio de la serie, Hannah, su personaje, dice: «Puede que sea la voz de mi generación».

Esa no es toda la cita. La cita entera es mucho más divertida (ríe): «O por lo menos una voz. De una generación».

Eso es. La pregunta es: ¿cree que las mujeres, como generación, necesitamos tener una voz, sobre todo ahora?

Lena es la expresión de su generación, no de la mía. Pocas veces estamos de acuerdo en temas de feminismo, porque soy una feminista de la vieja escuela. Soy de una generación diferente, con ideas diferentes. Pero respeto sus ideas. No veo por qué las feministas más mayores deben estar de acuerdo con los planteamientos contemporáneos, cuando no es lo que piensan. Las mujeres más mayores saben cosas que las más jóvenes no conocen. Yo ahora estoy donde estaba mi madre cuando me decía esas cosas, y ahora lo entiendo. No tiene sentido decírselo a las más jóvenes porque pondrán los ojos en blanco, pero tarde o temprano llegarán ahí. Es un progreso natural.

¿Y qué piensa del ideal femenino de belleza que propugnan los medios?

Siempre pienso en una cita de Virgina Woolf: «Con todo el tiempo que he pasado mirándome en espejos, podría haber aprendido más». Mirarse en el espejo no es malo, si tu objetivo es ser Kim Kardashian. Pero no es mi caso. Para mí, sería una pérdida de tiempo.