Virginia Woolf, fotografiada en Monk House en agosto de 1913
Virginia Woolf, fotografiada en Monk House en agosto de 1913 - ABC
ADELANTO EDITORIAL

Virginia Woolf: las palabras como herramienta de vida

Los cuatro volúmenes que aún nos esperan, igualmente editados por Anne Olivier Bell, esposa de su sobrino, Quentin Bell, también serán publicados en España por la editorial Tres Hermanas

MadridActualizado:

Las palabras eran la herramienta de vida de Virginia Woolf. A ellas se aferraba con la fuerza de un talento desorbitado, como temiendo que la vida se le escapara si no se asía a ellas, si a través de ellas no lograba vivir. Y este diario es la prueba irrefutable de que quiso vivir. Pero no pudo. No estamos ante ejercicios literarios o experimentos con la ficción. Es la vida, en sí misma. La que se desarrolló a lo largo de cuatro años, con intervalos de ausencias provocadas por la frágil salud mental de su autora. Y de ahí su valor, incalculable.

Estamos ante una obra maestra. Los cuatro volúmenes que aún nos esperan, igualmente editados por Anne Olivier Bell, esposa de su sobrino, Quentin Bell, y que Tres Hermanas publicará también en España, darán buena cuenta de ello. Obra maestra por su calidad literaria, sí. Pero también porque es la primera vez que se nos ofrece una versión fidedigna e inequívoca de Virginia Woolf. No tamizada por la quietud de sus personajes, anclados a la estética de la página. Ni vista a través de las voces de otros; unos ajenos a su realidad, otros indiferentes a su sufrimiento, la mayoría meros espectadores de su propia vida. Aquí es la escritora quien habla. Y lo hace usando palabras tan precisas que su elección parece fruto de un extraño milagro. El milagro de la literatura, hecha carne.

Sus disparos son certeros, pese a escribir deprisa y de forma casi metódica. Su precisión es hermosa. Sus descripciones resultan poéticas. Y no sobra nada. Absolutamente nada. Ni charlas, ni pensamientos, ni encuentros, ni cenas, ni fiestas, ni críticas –incluso a quienes se decían amigos–, ni viajes, ni lecturas… No falta nada. Porque la nada es la muerte. Y esa tardaría años en llegar. Son palabras que parecen escritas conforme van siendo leídas. Ella es su propio estilo. Necesita que las palabras den sentido a todo, y que todo se convierta en palabras. Y, para ello, el diario resulta tremendamente útil. A través de él descubrimos que la única fuente de Virginia Woolf fue ella misma y que detrás de la escritura está el vacío absoluto.

Cuando escribió la primera entrada de este volumen, el viernes 1 de enero de 1915, tenía 33 años. Cuando escribió la última, el domingo 28 de diciembre de 1919, contaba con 37. Aquel día terminó así: «Pensamos que ahora nos merecemos tener buena suerte. Aún así, me atrevo a decir que somos la pareja más feliz de Inglaterra». Se refiere a ella y a Leonard. Por eso estremece recordar aquella última carta que le escribió, y que él encontró después de hallar su cadáver, sumergido en el río. En esa carta, como en este diario, Virginia Woolf es ella misma. Muestra esa «cara propia» que le costó años construir, y que vemos moldearse en cada entrada, sin reparos, con aciertos y equivocaciones. Hasta el último día de su vida.