Cultura - Libros

La última carta de Dickens

Un escrito firmado por el británico prueba cómo la estancia de Christian Andersen en su casa truncó su amistad

Retrato de Charles Dickens (1868-1870)
Retrato de Charles Dickens (1868-1870) - ABC

Todo lo poético que entrañaba una amistad sustentada en la mutua admiración por la gracia literaria quedó sepultado por la mundanidad que habita en los encontronazos que surgen al compartir un techo.

No se ha profundizado en cuál fue el motivo que reventó la relación que unía a dos referentes de la literatura decimonónica como Charles Dickens y Hans Christian Andersen. Sí en que fue una estancia del segundo en casa del primero la que hizo volar la fraternidad por los aires. Tras dejar constancia de ello sus correspondientes biógrafos, se hace pública ahora una carta que firma el escritor inglés, y que se acaba de vender por algo más de cinco mil euros en la casa de subastas Lacy Scott & Knight of Suffolk, en la que describe algunas de las costumbres más molestas del que por cinco semanas fue su invitado.

Aquí radica el primero de los hechos que hizo que el morro de Dickens comenzase a torcerse. En la invitación que le brindó a su colega, el autor de «Oliver Twist» le convidaba a pasar un par de semanas del verano de 1857 en su casa de Kent. Andersen, emocionado ante tal ofrecimiento, respondió a la misiva asegurando que no le causaría ninguna molestia durante su estancia. Tales debieron ser éstas, o al menos la percepción desde la que el literato victoriano las midió, que en la carta subastada el pasado fin de semana, y cuyo destinatario era el entonces primer ministro Lord John Russell, escribió: «Hablaba francés como “Peter the Wild Boy” (el niño salvaje alemán) e inglés como el “Deaf and Dumb School” (una escuela para sordomudos) (...) No podía pronunciar el nombre de su propio libro “The Improvisatore” en italiano; y su traductor parece dar a entender que no sabe hablar danés».

El origen de la relación se remonta a junio de 1847, cuando coincidieron en una velada en casa de la condesa de Blessington. Se desconoce con qué intención acudieron a la cita, pero lo cierto es que terminaron la noche vertiéndose alabanzas el uno al otro, como si la manera de dar por cerrada aquella conversación e ir a por otra copa fuese convencer a su interlocutor de que la admiración que le profesaba era mucho mayor que la que recibía. Parece acertado apostar por la victoria del danés: en su diario escribió que las lágrimas iban llenando sus ojos a medida que hablaban. El autor de «La sirenita» le dijo a Dickens que era «el escritor más grande de su época», y éste le respondió visitándolo al mes siguiente en la casa con un paquete que contenía doce de sus libros. Quizá para no pecar de arrogancia, firmó la portada de «Las campanas»confesándose «amigo y admirador» suyo.

«Un huesudo aburrido»

Una década de intercambio epistolar después, Andersen arribaría a la casa de su correspondiente de cabecera. Sus primeros lamentos fueron el excesivo frío de la casa de Gad Hill Place y la ausencia de un voluntario que podase sus barbas, como dicta la tradición danesa.

Katey, la hija de Dickens, probó que no era un capricho de su padre el reprobar el comportamiento de su invitado al calificar al danés como «un huesudo aburrido». Con los niveles de tolerancia al mínimo al estar a punto de divorciarse, Dickens escribió, a modo de epitafio en el espejo de la habitación para invitados: «Hans Andersen durmió en esta habitación durante cinco semanas, que a esta familia le parecieron años».

Lo depresivo de Andersen se sublimó tras recibir una sarta de malas críticas por uno de sus libros. Y debió tocar techo después de percatarse de las indirectas con las que su admirado Dickens le sugirió que se fuese de su casa. Más directo fue al no volver a contestar el correo de Andersen.

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