Fotografía del teniente coronel George Armstrong Custer,
Fotografía del teniente coronel George Armstrong Custer,

'La tierra llora': la obra que desmitifica las sangrientas guerras entre Toro Sentado, Custer y compañía

El autor del libro narra el conflicto que se desarrolló entre el progreso y el viejo mundo a través del testimonio de los soldados alcoholizados, los guerreros impasibles, los colonos intolerantes o las incomprendidas tribus aliadas con el hombre blanco

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Oso Flaco se levantó titubeante del suelo cuando el presidente Lincoln preguntó a la embajada de once jefes cheyennes si alguno tenía algo que decir. El 26 de marzo de 1863, el presidente invitó a la Casa Blanca al consejo del pueblo cheyenne encargado de velar por la paz en las Grandes Llanuras. No es que pretendiera escuchar sus quejas. El Gran Padre creía que un paseo por Washington y luego Nueva York, donde fueron expuestos en un museo como si fueran estatuas, convencería a los indios de lo inútil que era luchar contra el poderoso hombre blanco.

Rodeado de una nube de burócratas, Oso Flaco pidió, balbuceante al principio, que los soldados blancos se abstuvieran de realizar actos violentos contra el territorio indio de Kansas. Como explica Peter Cozzens en «La tierra llora» (Desperta Ferro), Lincoln respondió señalando con tono paternal en un globo terráqueo las numerosas naciones blancas que había en el mundo y, al final, la pequeña franja que eran las Grandes Llanuras incluso dentro de Norteamérica.

Luego, con gesto grave, el presidente aseguró a los pieles rojas que su raza podía llegar a ser «tan numerosa y próspera como la blanca, si cedían sus tierras y se dedicaban al cultivo». Sobre los pieles blancas que violaban los tratados y a veces se comportaban mal, Lincoln se justificó en que «un padre no siempre logra que sus muchachos se porten bien».

«No hay hombre blanco que no odie a los indios y no ha habido nunca un verdadero indio que no odiara a los blancos»

De vuelta a casa, Oso Flaco no pudo llevar consigo ninguna promesa seria de que acabarían las incursiones blancas. Volvió con las manos vacías, a excepción de una medalla de la paz de cobre bañado en bronce y de unos documentos en los que Lincoln renovaba su amistad con el pueblo cheyenne. Cuando un año después, el 15 de mayo de 1864, cuatro columnas de soldados a caballo se presentaron en las tierras de la tribu de Oso Flaco, el jefe indio se adelantó a sus hombres para hablar con el Ejército. Con la medalla de Lincoln visible sobre su pecho y los documentos de paz en la mano, Oso Flaco se dirigió a un sargento, que le saludó con fuego. Su cadáver fue destrozado a balazos.

Contra la leyenda negra

Desperta Ferro edita en castellano «La tierra llora», un libro que presenta la actuación de los estadounidenses en su lucha contra los nativos desde un punto de vista estrictamente histórico. Su autor, Peter Cozzens, ofrece un relato documentado de lo que fueron las Guerras Indias sin demonizar a los soldados, pero sin santificar tampoco a los indios. Este experto en temas militares se desmarca así de la leyenda negra que, a partir de 1970, mostró a los indios como las víctimas de un exterminio orquestado por el Gobierno de EE.UU. Una visión incompleta que caló en la opinión pública gracias a libros como «Enterrad mi corazón en Wounded Knee», de Dee Brown.

Fotografía de Toro Sentado
Fotografía de Toro Sentado

El autor «La tierra llora» narra el conflicto que se desarrolló entre el progreso y el viejo mundo a través del testimonio de los soldados alcoholizados, los guerreros impasibles, los colonos intolerantes o las incomprendidas tribus aliadas con el hombre blanco. Un esfuerzo de análisis para comprender las motivaciones que latían detrás del conflicto y liquidar las falsedades que ha extendido el romanticismo de los setenta y el cine patriótico americano.

Entre ellos, el mito de la unión nativa contra el Gobierno. Durante todo el conflicto reinó una gran división entre tribus, hasta el punto de que la verdadera obsesión de los grandes caudillos como Caballo Loco, Nube Roja o Gerónimo era masacrar a otros nativos antes que combatir a los blancos. El verano anterior a que el jefe Toro Sentado (una mala traducción de «Toro Búfalo se sienta») masacrara al 7.º Regimiento de Caballería de Custer en la batalla de Little Bighorn (1876), los lakotas había estado persiguiendo a sus enemigos shoshones. Sus largas cabelleras eran trofeos muy apreciados, frente al escaso pelo de los blancos, considerados soldados pésimos.

Solo el odio entre ambos mundos era compartido. «No hay hombre blanco que no odie a los indios y no ha habido nunca un verdadero indio que no odiara a los blancos», aseguraba el propio Toro Sentado.