Tercera

En recuerdo de Vicente Aleixandre

Aquella manera que tenía el poeta de decir las cosas envueltas en una rica imaginería, su vocabulario selecto, las voces rítmicas y sonoras no guardaban similitud alguna con los hábitos lingüísticos míos

En recuerdo de Vicente Aleixandre

Estuve a punto de conocer a Vicente Aleixandre en 1978 a la manera como tantos otros jóvenes escritores españoles lo habían conocido con anterioridad, presentándome en su domicilio de Velintonia 3. Tras numerosas peripecias, a dedo, logré llegar a Madrid desde San Sebastián. Llevaba conmigo la dirección de tres poetas afincados en la ciudad. La de Aleixandre era una de ellas.

El primero, Francisco Brines, no estaba en casa. Lo pregonaba su buzón en el portal, atestado de correo y prospectos. Se lo conté a él recientemente, durante la pasada Feria del Libro de Valladolid, donde coincidimos. Pude de este modo despejar una duda. Ahora sé que aquel viaje mío de estudiante debió de transcurrir durante el verano del año referido, pues por dicha época Brines acostumbraba pasar las vacaciones en su pueblo de la costa levantina.

El segundo poeta de la lista sí me recibió. Era Rafael Morales, en cuya casa me presenté por las buenas. Morales, grande, generoso, me sacó aceitunas y queso manchego, y me dijo que Aleixandre (al que él, con confianza de amigo, llamaba Vicente) padecía graves problemas de visión y no podía, por tanto, recibirme. Al parecer, la concesión del premio Nobel meses atrás había supuesto un menoscabo considerable de su privacidad. Llegué, no hay duda, en mal momento. Aleixandre estaba ya muy mayor. No hubo lugar a un nuevo intento de conocerlo en persona.

De haber sido posible, me habría gustado decirle al poeta lo que voy a expresar ahora en este escrito. Yo me crié en un hogar sin libros. Calma, no es mi propósito abandonarme al lloriqueo. Considerado el asunto desde la perspectiva actual, puede que fuera mejor así. Por fortuna, en la casa familiar no faltó nunca afecto ni una predisposición positiva hacia la cultura. De ahí que donde otros ponen el rencor de clase social yo no pueda por menos de sentir agradecimiento.

Algunos veranos trabajaba de temporero a fin de ganar unas pesetas con que ayudar a mis padres (él, operario fabril; ella, ama de casa) en la financiación de mis estudios. En 1977, año del premio Nobel de Aleixandre, estuve trabajando ocho horas diarias en una cervecería del barrio de El Antiguo, en mi ciudad natal. Los sábados por la mañana me entregaban un sobre con 5.800 pesetas. Mi sueldo que no compensaba ni de lejos el esfuerzo. El pico de aquella suma lo apartaba para libros. Con uno de dichos picos adquirí las obras hasta entonces completas de Vicente Aleixandre, en la edición de pastas verdes de Aguilar.

Ningún familiar, ningún vecino, ni tan siquiera mis profesores de la universidad, se expresaban con la belleza y elegancia de los versos de Aleixandre

Y me di a leerlas con la fruición del joven para quien por primera vez en su vida la experiencia poética coincidía con el deslumbramiento por la palabra en su excelencia más alta. De noche, fumando un cigarrillo tras otro, a la luz de una bombilla azulada, pasaba las páginas de papel biblia. Leía cada poema tres veces consecutivas. La primera para tomarle la temperatura a la expresión poética; la segunda, para entender; la tercera, por puro goce. Y así, poema a poema de los libros a mi juicio mayores de Vicente Aleixandre (La destrucción o el amor, Mundo a solas, Sombra del paraíso, Nacimiento último), hasta que fuera, en la calle, comenzaba a clarear y yo oía a mi padre levantarse a las cinco de la mañana para acudir a su trabajo.

Aquella manera que tenía el poeta de decir las cosas envueltas en una rica imaginería, su vocabulario selecto, las voces rítmicas y sonoras, y los versículos intensos no guardaban similitud alguna con los hábitos lingüísticos míos y de cuantos me rodeaban. Ningún familiar, ningún vecino, ni tan siquiera mis profesores de la universidad, se expresaban con la belleza y elegancia de los versos de Aleixandre, cuya modulación del lenguaje me resultaba por completo novedosa, como recién inventada por el escritor, con una complejidad de matices que nunca antes me había sido dado advertir en ningún sitio.

Literatura

Yo experimentaba una aguda sensación de libertad en contacto con la lengua alta. Con ella aprendía al tiempo que me transformaba, viendo por delante un horizonte de conocimiento y de sensaciones nuevas que yo deseaba alcanzar a toda costa. Justo lo contrario de lo que me ofrecía la literatura presuntamente social, cultivada a menudo por hombres de clase acomodada, los cuales remedaban nuestros limitados hábitos lingüísticos, distintos de los suyos diarios, y nos contaban sin apenas relieve literario lo que conocíamos de sobra, conformándose con tutelar nuestras conciencias, incluso sembrando en ellas, para sus fines partidistas, la semilla del resentimiento.

Alguna vez, de paso por Madrid, he estado tentado de visitar la casa que habitó Vicente Aleixandre, en la calle que ahora, por inspiración municipal, lleva su nombre. Buscar una cercanía póstuma con los hombres cuyas obras nos ayudaron a adquirir la condición de seres cultivados es un hábito muy extendido en mi país de residencia. Me viene a la memoria la casa de madera de Arno Schmidt, en el pueblecito de Bargfeld, conservada tal como era en tiempos del escritor. Recuerdo asimismo la célebre casa de los Buddenbrooks y la de Günter Grass, ambas abiertas al público, en Lübeck, convertidas en museo y centro de actividades culturales. No son las únicas.

Tengo entendido que la de Vicente Aleixandre no se puede visitar. Al parecer se halla en estado de ruina y abandono. Me habría gustado respirar durante unos minutos el aire de la habitación donde el poeta escribía, y ver su mesa, su pluma estilográfica, el posible cuadro o fotografía que, en un descanso de la escritura, él acaso miraba al levantar la vista. No estaba previsto en el guion de mi vida que yo conociese en persona a Vicente Aleixandre. Le habría estrechado la mano. Le habría dado las gracias por contribuir con sus poemas a que yo no hubiera tenido que levantarme todos los días a las cinco de la mañana para ir a trabajar de obrero a una fábrica, como mi padre.

FERNANDO ARAMBURU es escritor.

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