Tom Wolfe, durante su útima visita a Barcelona - INÉS BAUCELLS

Muere Tom Wolfe, el creador del Nuevo Periodismo

El periodista y escritor estadounidense, autor del best-seller «La hoguera de las vanidades», falleció el lunes en Nueva York a los 87 años por una neumonía

BARCELONAActualizado:

El periodismo, insistía Tom Wolfe, es ante todo una cuestión de mirada. De mirada y, claro, también de almidón tensando los cuellos de esas camisas blancas firmemente apresadas bajo unos trajes aún más blancos. Blanco sobre blanco para alumbrar un camino en el que Wolfe entraría con 33 años, sin blanca y a un paso de pedir el subsidio de desempleo, y del que saldría, deslumbrante en su armadura sureña, con los bolsillos repletos de onomatopeyas, mayúsculas chillonas como faros de llamar a Batman y reportajes que obligaban a buscar nuevas definiciones para conceptos como desenfado, atención al detalle y sátira feroz.

La novela, es cierto, le hizo millonario y le aupó un par de escalones más en el panteón de las letras estadounidenses, pero fue el periodismo, esas crónicas eléctricas y aerodinámicas que llamaban tanto la atención como su descontextualizado mono de faena, lo que le convirtió en ejemplo a seguir y en figura icónica de la cultura pop de los años setenta. Porque con él, como el propio Wolfe escribió en la introducción de «El Nuevo Periodismo», habían llegado también los Bárbaros y nada volvería a ser lo mismo. «Ni por un momento adivinaron que la tarea que llevarían a cabo en los próximos diez años, como periodistas, iba a destronar a la novela como máximo exponente literario», escribió en referencia a los textos de Norman Mailer, Joe McGinnis, Rex Reed, Terry Southern y Barbara L. Goldsmith, entre otros, que recopiló en 1973.

Nacido en Richmond (Virginia) en 1931, Wolfe siempre quiso ser escritor, aunque jamás soñó con alumbrar un nuevo género del que beberían (hasta saciarse) casi todas las generaciones posteriores de periodistas. Fascinado por la mitología oscura del Chicago de finales de los años veinte -«reporteros borrachos huido de los pupitres del News meando en el río al amanecer; noches enteras en el bar escuchando como cantaba “Back Of The Yards” un barítono que no era otra cosa que una tortillera ciega y solitaria…»-, estudió literatura y periodismo, fracasó en su intento por dedicarse al béisbol, y a principios de los sesenta empezó a teclear noticias para el «Springfield Union», un diario de Massachussets.

Ficción y verdad

Su ambición, sin embargo, le hizo poner rumbo a Washington y a Nueva York, donde en el «Washington Post» primero en el «Herald Tribune» después empezó a buscarle las cosquillas al reporterismo para «ir más allá del periodismo objetivo». De la huelga de periódicos neoyorquinos de 1962, a la que Wolfe llegó al borde de la bancarrota, surgió su primera gran hazaña: 3.000 palabras sobre una feria de coches tuneados de Los Ángeles que dejaron al director de «Esquire» boquiabierto. Ahí estaban, brincando y dándose codazos, los primeros ejemplos de una manera de entender el periodismo que, según Wolfe, tenía que ser «absolutamente verídico y al mismo tiempo, tener la cualidad absorbente de la ficción».

Siguiendo esas directrices autoimpuestas, Wolfe creó un molde por el que pasaron surferos, bandas de motoristas, la alta sociedad estadounidense, el swinging london, el arte y la arquitectura moderna o las inclinaciones radicales de la izquierda chic neoyorquina. A su ejemplo «se deben las mejores páginas del periodismo moderno y quizá algunas de las peores», escribe Eduardo Mendoza en el prólogo de «La Izquierda Exquisita», una de las antologías que, junto a «La Banda de la Casa de la Bomba y otras crónicas de la Era Pop», «El coqueto aerodinámico rocanrol color caramelo de ron», «Ponche de ácido lisérgico» y «La palabra pintada», reúnen algunos de sus mejores textos.

Apasionado de autores como Maupassant, Balzac y Dickens, Wolfe dejó pasar unas cuantas décadas y un sinfín de artículos antes de hincarle el diente a la novela y convertirse, con 57 años, en ese escritor anhelante de reconocimientos que años antes había ridiculizado en las páginas de «El Nuevo Periodismo». «En realidad todo fue un accidente -explicaba el autor en 2013 en una entrevista con ABC-. La gente acusa a los escritores de no ficción de no atreverse a cruzar la gran meta, que es la de la novela, así que me dije: “Muy bien, vamos a probarlo”. Y escribí “La hoguera de las vanidades”. Tuvo un éxito tan inesperado y gané tanto dinero que me dije “¡Dios, tengo que volver a hacer esto otra vez!”».

En efecto, «La hoguera de las vanidades» fue un éxito descomunal en 1987 y, aún hoy, pasa por ser una de las grandes novelas de Nueva York y uno de los más ácidos retratos de la luces y sombras de la alta sociedad, por lo que Wolfe volvió a probar fortuna en 1998 con «Todo un hombre», retrato de las corruptelas y desmanes sobre los que se alza la ciudad de Atlanta. Con «Soy Charlotte Simmons», su tercera novela, la crítica despachó con un bufido al Wolfe novelista, aunque la edición en 2012 de «Bloody Miami», una afilada y excesiva sátira sobre el arte contemporáneo y las colisiones culturales, revitalizaron el perfil literario de un autor que, fallecido el lunes los 87 años en Nueva York, regresará a la librerías el próximo mes de septiembre, cuando Anagrama publique el ensayo «El reino del lenguaje».