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El movimiento plagiarista: reivindicar la literatura desde la copia

Asumir que no hay nada nuevo por hacer, restar importancia al autor y sumársela a las letras, las bases sobre las que se asienta el proyecto que toma forma en «Los escritores plagiaristas»

De izquierda a derecha, Minke Wang, Daniel Remón, Daniel Jiménez y Félix Blanco
De izquierda a derecha, Minke Wang, Daniel Remón, Daniel Jiménez y Félix Blanco - ABC

Decía Pablo Picasso que los buenos artistas copian, pero que los auténticos genios roban. Él, que fue uno de los mejores, sabe bien de lo que habla. Félix Blanco y Daniel Jiménez hicieron suyo el aforismo del artista cuando decidieron fundar el movimiento plagiarista, la fuente de la que beben los dos libros que han publicado juntos, y en 2014 sacaron «Doce cuentos al sur de Asia» (EdítaloContigo). La rueda siguió girando y ahora publican «Los escritores plagiaristas» (Bandaàparte), en colaboración con Daniel Remón y Minke Wang.

Cuando hablamos de plagiarismo, un neologismo que proviene del arte, nos estamos refiriendo a un movimiento que desfila, a la manera en que lo haría un funambulista, por el fino cable que divide el homenaje y la parodia, o incluso la crítica. Pero todo tiene un origen común: no creerse al alcance de nada, pero creerse al alcance de todo. Los plagiaristas proclaman la imposibilidad de acercarse a la literatura con el don de la novedad bajo el brazo, pues creen que todo lo que se podía hacer ya está hecho, y al mismo tiempo se lanzan a crear un movimiento literario. Pura contradicción, o un juego que define su objetivo.

«Queríamos seguir escribiendo con la idea de la herencia y de la deuda, y al mismo tiempo de la ruptura, buscando la originalidad a través de los textos de otros. Quisimos empezar con un manifiesto para trazar una línea de continuidad entre las vanguardias del siglo XIX. Es un movimiento contradictorio porque juega a ser rupturista y sin embargo es continuista. Lo que hace es reivindicar a una serie de autores y, luego, envolverlo en una carcasa de ruptura», describe Daniel Jiménez en conversación telefónica con ABC.

El manifiesto que menciona es un pequeño texto que acompaña a «Los escritores plagiaristas» en el que, mediante un decálogo, sientan las bases de su movimiento y, por supuesto, se dejan ver las intenciones del mismo. Basta con echar un vistazo a sus dos primeros puntos: «El plagiarismo y el humor son cosas muy serias» y «Una obra plagiarista es como un juego de niños. Antes de empezar el juego, un primer niño pregunta cómo se juega. Durante el juego, un segundo niño invierte las normas. El juego termina cuando un tercer niño empieza a llorar».

Para revolver la mente del lector, los propulsores de esta iniciativa tratan de apoyarse en sus autores de cabecera. Jorge Luis Borges, Roberto Bolaño, Enrique Vilas-Matas o Ray Loriga ocupan un lugar preferencial en sus escritos. El primero de ellos ya planteó algo que podría identificarse como el germen del proyecto: la intertextualidad, que consistía en mezclar influencias de textos no necesariamente contemporáneos. «Nuestra novedad es la transparencia a la hora de admitir todas esas deudas con lo anterior. Borges habla de ello en un relato, en el que describe como hay autores en los que se puede leer a Kafka sin que este haya comenzado a escribir», explica el cofundador del movimiento.

Origen

Félix Blanco se gana la vida realizando investigaciones filológicas, Daniel Remón con el cine, Mike Wang con el teatro y Daniel Jiménez escribe novelas –con «Cocaína» (Galaxia Gutemberg) ganó el premio Dos Passos–. El hilo que une a los cuatro autores (que, como Jiménez anuncia, realizarán incorporaciones próximamente) lo forman las conversaciones trasnochadas que Blanco y Jiménez mantuvieron cuando el plagiarismo aún no había florecido, siempre con la literatura como eje. Conectando patrones que seguían algunos autores vieron los mimbres de un proyecto que revitalizaba el sentido de su carrera como escritores, que entonces daba sus primeros pasos.

«Cuando eres joven y luchas por hacerte un hueco, crear un estilo y una identidad propia, te das cuenta de que lo que estás haciendo ya está hecho. De que estás usando recursos que ya están utilizados, y estás haciendo una recopilación de todas las lecturas que has hecho a lo largo de los años. En el fondo, de que eres un plagiarista», desarrolla Jiménez. «Nuestra novedad está en entender la literatura como un juego. Pensamos que todo está escrito, que es muy difícil inventar algo».

«La literatura no sirve para nada»

Una de las frases de su último libro que quema al leerla es la que reza que «la literatura no sirve para nada, y además es mentira». Jiménez la explica: «Esa es la mayor ironía que hay en el libro. Nos hemos pasado años y años discutiendo entre nosotros de literatura, de sus capacidades, de su destino… Y a veces llegamos a la conclusión de que todo podían ser esfuerzos que no conducían a nada. De ahí esa idea. Pero al final estamos dedicándonos a ella, y por eso jugamos con esa contradicción. Es una hipérbole terrible».

Su obra termina siendo un ejercicio de descreimiento. Los egos quedan aparcados para situar a las letras en el trono principal. Por el camino, la provocación afilada a quien intenta sentarse donde no le corresponde. Es, en suma, la asunción de que la literatura está por encima de todo. «Hay muchos escritores que se toman demasiado en serio a sí mismos y menos a la literatura. A veces el personaje acaba comiéndose al escritor. Por eso reivindicamos la literatura como fin en sí mismo», remata.

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