Josef Mengele se hizo tristemente famoso por llevar a cabo experimentos en gemelos
Josef Mengele se hizo tristemente famoso por llevar a cabo experimentos en gemelos - ABC

Mengele: el infernal exilio del asesino más sádico de Auschwitz

Olivier Guez estudia en su nueva novela («La desaparición de Josef Mengele») los últimos días que el «Ángel de la muerte» pasó en Sudamérica

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Ancianos, incapacitados, mujeres débiles y niños, a la izquierda; jóvenes robustos, a la derecha. El 3 de noviembre de 1944, el pérfido médico de las SS Josef Mengele (famoso por experimentar con seres humanos) perpetró lo que parecía ser una selección más en la rampa del campo de concentración de Auschwitz. Como solía acontecer, el primero de esos grupos (que ese día sumaba 481 personas de un total de 509) fue conducido directamente a las cámaras de gas. El segundo, por su parte, fue dirigido al interior del centro para trabajar hasta la extenuación.

Lo que el «Ángel de la muerte» no sabía es que aquella iba a ser su última «selektionen». Poco después, el 17 de enero de ese mismo año, se vio obligado a recoger todas las pruebas que atestiguaban sus maldades y escapar de allí ante la llegada del ejército soviético.

A partir de entonces comenzó una carrera contra los aliados que le obligó a cruzar el Atlántico y asentarse primero en Argentina y, posteriormente, en Paraguay y en Brasil. Su dilatado exilio tuvo siempre un objetivo: escapar de la áspera soga que la justicia internacional ansiaba colocar alrededor de su cuello. Al final, el «Ángel de la muerte» dejó este mundo en 1979 sin pagar por sus crímenes. Aunque, como explica a ABC el escritor y periodista francés Olivier Guez, sus últimos años bien podrían ser considerados un castigo. Y es que, a pesar de que no estuvo entre rejas, vivió un auténtico infierno pensando que el servicio secreto de Israel le buscaba.

El galo lo sabe bien, pues ha estudiado las últimas décadas de existencia del médico para su nueva novela de investigación: «La desaparición de Josef Mengele» (Tusquets Editores, 2018). Una obra que ha obtenido el Premio Renaudot de 2017.

Buena vida

En su obra, impecable a nivel histórico, Guez rubrica a un Mengele culto y capaz. Y no le falta razón, pues el «Ángel de la muerte» se doctoró en antropología física y en medicina a lo largo de su vida.

Sin embargo, sus inquietudes académicas no le impidieron unirse al partido nazi en 1937 y ofrecerse como galeno a las Waffen-SS en 1940. Tras acudir al frente oriental y ser herido en batalla, el joven Josef regresó a Alemania y fue ascendido a capitán en 1943. Precisamente ese mismo mayo fue trasladado a Auschwitz como oficial médico. Allí no tardó en darse a conocer por sus recurrentes experimentos en humanos y por sentir especial predilección por el estudio de los gemelos.

Con ese cruel currículum a sus espaldas no tuvo más remedio que huir cuando se percató de que los soviéticos se encontraban a las puertas de Auschwitz. En ese momento comenzó un periplo por Europa que terminó varios años después, cuando su familia logró enviarle a Argentina. Allí fue recibido con los brazos abiertos en 1949 por un gobierno que necesitaba a los estudiosos nazis para modernizarse.

Josef Mengele
Josef Mengele

A pesar de sus crímenes, en Argentina nadie le buscó. De hecho, fue un total desconocido debido a su rango de capitán. Y es que, por entonces, la justicia internacional únicamente ansiaba castigar a los artífices del Holocausto. «Los años siguientes estuvo muy tranquilo. Enderezó sus negocios, se volvió a casar, hizo amigos, se compró una casa bonita...Tuvo una ‘dolce vita’», explica Guez

Sin embargo, la captura por sorpresa en Sudamérica del popular Adolf Eichmann, arquitecto de la tétrica solución final, le acongojó. Sabedor de las tropelías que había cometido a lo largo de su vida como médico de las SS, y temeroso de que pudieran además encarcelarle por hacer abortos clandestinos en su nuevo hogar, decidió marcharse a Paraguay primero, y a Brasil después.

«Hasta entonces nadie había tenido interés en capturarle», completa el autor. Con todo, en los siguientes años el Mossad sí estudió su captura, aunque terminó abandonando la búsqueda.

Infierno final

En Brasil fue donde definitivamente perdió la cabeza y vivió atormentado por sus demonios pasados. «La vida le castigó. Terminó sus días en total soledad y consumido por la paranoia y la incertidumbre. Algo letal para alguien que había soñado con ser profesor universitario», desvela Guez.

Restos de Josef mengele
Restos de Josef mengele - ABC

En el año 1979 su infierno particular se terminó cuando, mientras nadaba en una playa, sufrió un accidente cerebrovascular y se ahogó. «Murió de forma tan mediocre como vivió: como un perro. Fue una muerte banal motivada por su soledad, su rabia y su amargura», destaca el escritor. ¿Fue ese castigo suficiente para una de las bestias nazis más reconocidas? El francés es claro: «Cada uno debe juzgarlo».

Su cadáver tampoco obtuvo un final digno. Tras ser hallado muerto fue enterrado bajo un nombre falso en un suburbio de San Pablo. Sus restos fueron descubiertos en 1985.