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Lo mejor de la narrativa extranjera en 2015

Aficionado o no a las listas, todo buen lector que se precie deberá prestar atención a los nombres que marcaron, en nuestra humilde opinión, la literatura más allá de nuestras fronteras: Emmanuel Carrère, Tom Spanbauer, Anne Tyler, Lorrie Moore, Martin Amis, Oliver Sacks o James Rhodes

Lo mejor de la narrativa extranjera en 2015
S. DORIA / D. MOR√ĀN/ I. MART√ćN RODRIGO / A. FONTANA - Actualizado: Guardado en: Cultura Libros

«El reino», de Emmanuel Carrère (Anagrama)

Año 50 después de Cristo. Un predicador abre un pequeño taller de tejedor. «Fulminado por bruscos accesos de una enfermedad misteriosa cuenta la historia de un profeta crucificado veinte años antes en Judea...» Aquel hombre calvo y barbudo propagará el Cristianismo en los bajos fondos de Corinto. El narrador anuncia así a sus amigos la peripecia de Pablo y Lucas, los evangelistas que hicieron de un grano de mostaza el reino de Dios. La historia de una conversión con resonancias de Nietzsche, el mayo del 68, los mutantes de Philip K. Dick y la transgresión por la fe contada desde nuestro presente por un escritor laico, enredado en el alcohol y los laberintos del amor: Emmanuel Carrère, el autor de «El adversario» y «Limónov».

«Una palabra tuya... Amor y muerte en el gulag», de Orlando Figes (Edhasa)

Si existe un historiador que haya descendido hasta el más hondo subsuelo de la sociedad comunista ese es Orlando Figes (Londres, 1959). Después de su disección del alma cultural rusa en «El baile de Natacha» y de hacer inventario de las delaciones como «modus operandi» del totalitarismo en «Los que susurran», llega a España «Una palabra tuya...», la crónica epistolar de Lev y Svetlana, dos jóvenes enamorados que vivieron separados por el gulag entre 1946 y 1954. Engarzando aquellas mil quinientas cartas -escritas con palabras en clave, milagrosamente enviadas y luego preservadas en tres viejos baúles-, el historiador británico reconstruye minuciosamente la vida cotidiana de los veinte millones de personas que compartieron la pesadilla de los campos de trabajo estalinistas.

«La vuelta del torno», de Henry James (Libros del Asteroide)

Nochebuena al calor del hogar en un caserón... Un grupo de amigos intercambian historias de fantasmas... Como la de aquella joven e inexperta institutriz que cuida a los pequeños Miles y Flora en una remota mansión de la campiña inglesa hasta que percibe una angustiosa presencia... Obra maestra de la literatura gótica, «The run of the Screw» de Henry James fue conocida por estos pagos como «Otra vuelta de tuerca». Después de cotejar versiones anteriores a lo largo de una década, Alejandra Devoto, Jackie DeMartino y Carlos Manzano han extraído de la ambigua semántica jamesiana toda su potencia estilística y la violencia que subyace en el relato. Por ejemplo, el cambio de título: de la tuerca, al torno.

«Yo te quise más», de Tom Spanbauer (Literatura Random House)

Apunten estos nombres –Ben Grunewald, Hank Christian, Ruth Dearden– y combínenlos como quieran, pero siempre de dos en dos y en todas las posturas imaginables. Es lo que hace Tom Spanbauer (Pocatello, Idaho, 1946) en «Yo te quise más». Mientras recita los versos de Auden que dan título al libro, el padre (literario) de Chuck Palahniuk enreda y desenreda los hilos de sus destinos, dentro y fuera de la cama. ¿El resultado? Una historia sobre dos pasiones: la de querer, a secas, y la de querer... ser escritor. No es extraño que la novela esté llena de frases para copiarlas. Todas.

«El hilo azul», de Anne Tyler (Lumen)

Los Whitshanks son los protagonistas de «El hilo azul» (Lumen), la última novela de Anne Tyler. La madeja de la ficción, en el caso de la escritora estadounidense, se conforma de retazos de la vida ordinaria, de conversaciones banales, aparentemente intrascendentes, que dan sentido a lo extraordinario de estar vivo. Esos pequeños detalles, resquebrajados por la enfermedad y, en última instancia, rotos por la muerte, se suceden en nuestro día a día sin que seamos conscientes, azuzados por la inercia absurda del futuro inmediato.

«Gracias por la compañía», de Lorrie Moore (Seix Barral)

En el relato que da título a «Gracias por la compañía» (Seix Barral), la narradora dice que hay que «descongelar los pies, dar pasos a ciegas hacia atrás, arriesgarse a perder el equilibrio, arriesgarse a una caída infinita, para dar espacio a la vida». Es justo eso lo que hace Lorrie Moore (Nueva York, 1957) en sus libros. Mejor, eso sí, en los cuentos que en las novelas. Lo suyo es la literatura ácida y corrosiva, aunque aparentemente inocua. Donde parece que no sucede nada se abre paso la vida, con sus contradicciones y excesos. Así la afrontan, de hecho, los personajes de esta última colección de historias, que supone el regreso de la autora neoyorquina al relato después de dieciséis años.

«Instrumental», de James Rhodes (Blackie Books)

James Rhodes (Londres, 1975) conserva en su mirada la inocencia del niño que no le dejaron ser. Lo hace, pese a todo. Pese a los abusos sexuales que sufrió, a los seis años, por parte de uno de sus profesores; pese a su paso por hospitales psiquiátricos; pese a sus adicción al alcohol y las drogas; pese a sus intentos de suicidio; pese a haber perdido la custodia de su único hijo. Y lo hace gracias a la música clásica. Bach le salvó la vida y, más de treinta años después, convertido en un reconocido pianista, Rhodes ha querido contarlo en «Instrumental» (Blackie Books), un testimonio sobrecogedor y de una valentía inaudita. No obstante, su publicación estuvo pendiente de un hilo judicial, ya que su ex-mujer intentó prohibir el libro, argumentando que el realto, demasiado explícito, podría dañar al hijo de ambos. Muchos meses y varios millones de euros después, la obra pudo ver la luz, como si Rhodes hubiera llegado, por fin, al final del túnel.

«La zona de interés», de Martin Amis (Anagrama)

A vueltas con los monstruos y sus múltiples encarnaciones, Martin Amisrecupera la mejor versión de sí mismo y, en una nueva pirueta a la altura de su leyenda, se planta en el campo de concentración de Auschwitz para concluir que entre los cascotes del horror es imposible que florezca el amor. Un punto de partida que el británico transforma en un grotesco romance a tres bandas; una farsa delirante en la que no escatima detalles escabrosos y, siempre de la mano de la risa feroz y el humor negro, da cuenta del día a día de los funcionarios de la barbarie. Una novela salvaje y feroz que, inspirada en las no menos delirantes memorias de Rudolf Hess, pone de relieve la dimensión inhumana de la tragedia.

«Pequeño fracaso», de Gary Shteyngart (Libros del Asteroide)

Quizá no sea este el mejor libro de memorias del año pero, sin duda, «Pequeño fracaso» no tiene rival a la hora de postularse como lectura melancólica, majara y carcajeante de la temporada. Una súper triste (bueno, tampoco tanto) historia de inmigración verdadera en la que el autor de «Una súper triste historia de amor verdadero» pone su vida bajo el microscopio y se descubre, ahí es nada, colérico, manipulador, inseguro y, en fin, como un desastre algo más abultado de lo que da a entender el título. Una excusa como otra cualquiera para que Shteyngart (Leningrado, 1972) haga memoria y, entre tropezones memorables y risotadas salvajes, de cuenta de su infancia en la Unión Soviética y su salida de la madre Rusia para convertirse a marchas forzadas en un inmigrante enclenque y acomplejado arrojado a la jungla de asfalto de Nueva York.

«En movimiento», de Oliver Sacks (Anagrama)

Se intuía que la vida de Oliver Sacks, eminente neurólogo-celebridad con éxitos de altura como «Despertares» o «El hombre que confundió a su mujer con un sombrero», había sido cualquier cosa menos convencional, pero esto sí que es una sorpresa. Con esto nos referimos, claro, a «En movimiento. Una vida», insólita y absorbente biografía en la que Sacks da cuenta de un periplo vital mucho más agitado de lo que cabría pensar. Así, página tras página descubrimos a un hombre de ciencias con vocación de narrador que antes de convertirse en respetado científico tuvo tiempo de ser motero, experimentar con todo tipo de drogas, reivindicarse como amante desastroso y flirtear con el culturismo y la halterofilia. Y descubrimos también a un escritor que se sincera para ajustar cuentas consigo mismo y con su peculiar familia, de la que ya dio cuenta en «El tío Tungsteno», y abordar por primera vez temas como su homosexualidad. Un espléndido viaje al centro de la memoria de un hombre que hizo del cerebro su campo de juego.

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