Lo mejor de la narrativa en español en 2015

Aficionado o no a las listas, todo buen lector que se precie deberá prestar atención a los nombres que marcaron, en nuestra humilde opinión, la literatura (patria) este año: Juan Manuel de Prada, Marta Sanz, Jordi Nopca, Sara Mesa, Juan Tallón, Gabriela Ybarra, Mauricio Wiesenthal, Carlos Barral...

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«El castillo de diamante», de Juan Manuel de Prada (Espasa)

Teresa de Cepeda y Ana de Mendoza, princesa de Éboli, dos mujeres enfrentadas bajo el reinado de Felipe II. La princesa del parche en el ojo requerirá a la santa andariega para que funde bajo su mecenazgo el convento de Pastrana. La experiencia acabará mal. Dos caracteres enfrentados: Pastrana será el único convento clausurado en la exitosa reforma teresiana. Con un castellano que respira el siglo XVI desde el siglo XXI, Juan Manuel de Prada deshace estereotipos. De la Santa Teresa milagrera a la mujer con dotes de mando, capaz por igual de patearse la geografía española como de describir una depresión gracias a sus dotes de escritora. De la Ana de Mendoza casquivana a la aristócrata que no es capaz de renunciar a sus privilegios. Del Felipe II ultrareligioso al monarca que cuestiona el poder temporal del Papa.

«Rainer Maria Rilke (El vidente y lo oculto)», de Mauricio Wiesenthal (Acantilado)

Advertencia del autor: no esperen encontrar en esta biografía al Rilke romántico y angélico que pasó por España en la época más atormentada de su vida. Ya sin prejuicios, reaparece el Rilke antimoderno: «Se pasea como un cisne egoísta por la literatura, dejando una estela bellísima de ondas sonoras y, a veces, un palmeteo insoportable…», escribe Mauricio Wiesenthal. El protegido de Marina Tsvietáieva y Lou Salomé concitó la animadversión de Bertolt Brecht, Gertrude Stein o Ezra Pound. A partir de sus obras, cartas y documentos inéditos, Wiesenthal despoja del mito al autor de las «Elegías de Duino». Un retrato, también, de la Europa que dejó de ser aristocrática para afrontar la rebelión de masas. Como el «Libro de Réquiems» o «El esnobismo de las golondrinas», una obra de arte mayor.

«Memorias», de Carlos Barral (Lumen)

Carlos Barral (1928-1989) pasó a la crónica editorial española como propulsor del «boom» latinoamericano desde Seix Barral e impulsor del premio Biblioteca Breve que reveló al Vargas Llosa de «La ciudad y los perros». Menos conocida es su faceta de poeta y memorialista. En el cuarenta aniversario de «Años de penitencia» (1975), primera entrega de unas memorias que continuaría con «Los años sin excusa» (1978) y «Cuando las horas veloces» (1988), el editor Andreu Jaume reúne en un solo volumen esa trilogía que abarca desde la juventud del autor en los años de posguerra a su prematura jubilación en los ochenta. Su modelo editorial, subraya Jaume, «haría más fácil el camino de Esther Tusquets al frente de Lumen o Jorge Herralde en Anagrama e inspiró también el trabajo de los editores nacidos con la democracia».

«La conspiración de los mediocres», de Ernesto Mallo (Siruela)

«Hay días en que el borde de la cama es un abismo de quinientos metros.» Así empezaba «Crimen en el barrio del Once», el primer caso del inspector Lascano, personaje de Ernesto Mallo (La Plata, 1948) que siguió investigando en «El policía descalzo de la plaza San Martín» y «Los hombres te han hecho mal». Ahora, en «La conspiración de los mediocres», retrocede en el tiempo; concretamente, hasta los años de plomo de la Triple A, en los que «hay olor a masacre, a gritos sofocados, a niños muertos». Buenos Aires está a merced de los perros rabiosos que patrullan de noche y dejan las calles húmedas de sangre. En medio de ajustes de cuentas, asesinatos y desapariciones políticas, «Perro» Lascano va a vivir una historia de amor. La única. Nos la cuenta Mallo en un libro de altísima calidad literaria donde cada palabra es la palabra justa. Más que una novela, el filo de un cuchillo.

«Cicatriz», de Sara Mesa (Anagrama)

Pocos libros, en los últimos años, han logrado describir la intensidad de una relación de amor fou como «Cicatriz» (Anagrama), la última novela de Sara Mesa. Dispuesta a dejarse llevar y perder la cabeza (como en el amor más loco) por el lector, Mesa se adentra en las obsesiones de Knut y Sara, la pareja protagonista, desgranando, en realidad, las debilidades de todos cuando el amor se confunde con la locura (o viceversa).

«Fin de poema», de Juan Tallón (Alrevés)

Juan Tallón (Villardevós, 1975) llegó a Anne Sexton (1928-1974), Alejandra Pizarnik (1936-1972), Cesare Pavese (1908-1950) y Gabriel Ferrater (1922-1972) por la trascendencia de su obra, pero también por la fatalidad de su vida, terminada por su propia voluntad. Eso hizo que el escritor gallego decidiera convertirlos en protagonistas de «Fin de poema» (Alrevés), su última novela. Con un tono que nada tiene que envidiar al de la poesía que tanto admira, Tallón describe, sin caer en la tragedia fácil ni el verso bobo, las últimas horas de los cuatro autores suicidas. Desde escenas corrientes, centrado en detalles aparentemente banales, porque la muerte, por anunciada, ya formaba parte de su vida (y la de todos).

«El comensal», de Gabriela Ybarra (Caballo de Troya)

No es fácil hablar de la muerte y mucho menos escribir sobre ella. Si a la ecuación editorial le añadimos la palabra ETA se vuelve una tarea de la que es difícil salir airoso. Sin embargo, Gabriela Ybarra lo consigue, con creces, en «El comensal» (Caballo de Troya), su primera novela, con la que irrumpió en el panorama narrativo allá por el mes de septiembre y que no ha dejado de recibir elogios desde entonces. El asesinato de su abuelo a manos de la banda terrorista y el fallecimiento de su madre víctima de un cáncer son abordados por Ybarra con tanta entereza literaria que asusta. Volverán a oír hablar de ella, no lo duden.

«Farándula», de Marta Sanz (Anagrama)

Se llevó el Premio Herralde de Novela pero, a estas alturas, la valía de Marta Sanz como narradora no necesita de premios ni mucho menos de palmaditas en la espalda: basta con sumergirse en las páginas de «Farándula» para encontrarse con una voz crítica, incómoda e insobornable, un espejo orientado hacia esos rincones oscuros que la sociedad prefiere mantener en penumbra y que ella coloca bajo los focos de una esperpéntica farsa. Con los actores y sus circunstancias como campo de juego y un manejo asombroso del lenguaje, Sanz reflexiona sobre lo que se enseña (y, sobre todo, lo que se esconde) y pasa revista a los tropiezos y cuitas de un grupo de actores que lo mismo sirven para abordar la razón de ser de la creación artística que para desmenuzar la condición humana.

«Puja a casa», de Jordi Nopca (L'Altra Editorial)

La madre de todas las crisis, esa en la que confluyen lo social, lo generacional y, claro, lo económico, es el desolado paisaje en el que Jordi Nopca cocina la docena de cuentos de «Puja a casa» (“Venta a casa” en su traducción al castellano), sardónico retablo de austeridades emocionales y absurdos cotidianos. Así, en su segunda venida literaria después de debutar con la novela «El talent», el periodista barcelonés pasa revista al desencanto de una generación con tantas carencias afectivas como económicas y recoge el testigo de grandes cuentistas catalanes como Sergi Pàmies y Quim Monzó. Con esta colección de relatos, Nopca se alzó vencedor de la última edición del Premio Documenta.

«Pronto será de noche», de Jesús Cañadas (Valdemar)

Si de lo que hablamos es de literatura de género y de manejarse con los códigos del terror literario con pasmosa facilidad, no hay duda de que Jesús Cañadas es uno de los autores que más y mejor mal rollo han sabido trasladar al papel impreso en los últimos años. Ya avisó con la lovecraftiana «Los nombres muertos», pero «Pronto será de noche», algo así como un espeluznante y atroz atasco de coches que huyen de no se sabe muy bien qué, afina aún más jugando la baza del thriller apocalíptico. Así, a base de frases afiladas y cortantes y una atmósfera en la que se cruzan los paisajes desérticos y polvorientos, los churretones de sangre y los ambientes densos y claustrofóbicos, el gaditano ha entregado un libro para morirse de miedo. De miedo y, claro, también de gusto.