La escritora canadiense Louise Penny, fotografiada a su paso por Barcelona
La escritora canadiense Louise Penny, fotografiada a su paso por Barcelona - INÉS BAUCELLS

Louise Penny: «Lo menos interesante de mis novelas son los crímenes»

La escritora canadiense se cuela en un monasterio de clausura de la mano del inspector Gamache en «Un bello misterio»

BarcelonaActualizado:

Con más de una docena de novelas dedicadas a las cuitas del Inspector Jefe Armand Gamache, uno de los más humanos y luminosos personajes nacidos al calor de la novela negra, y un historial de distinciones en el que destacan media docena de premios Agatha y otros tantos premios Anthony, a Louise Penny (Toronto, 1958) nadie le discute su condición de gran dama del crimen canadiense. Ellas, como suele decirse, matan mejor, aunque en el caso de Penny si es precisamente así es porque el crimen es lo menos relevante de sus novelas.

«Necesito que haya otras resonancias: no puedo pasarme todo un año escribiendo únicamente de un asesinato», explica Penny, de paso por Barcelona para participar en BCNegra y presentar «Un bello misterio» (Salamandra), octava entrega de una serie que suma ya catorce títulos en inglés y cuarto libro de la saga Gamache que se publica en castellano (quinto si sumamos «Naturaleza muerta», publicado en 2005 por Factoría de Ideas) después de «Una revelación brutal», «Enterrad a los muertos» y «El juego de la luz».

Cubierta de «Un bello misterio»
Cubierta de «Un bello misterio»

Un pequeño embrollo editorial al que Penny, todo amabilidad y sonrisas inacabables, intenta quitar hierro echando mano de una buena dosis de pragmatismo. «Os faltan los cuatro primeros, así que es como si hubieseis empezado en el capítulo cinco de una historia. Por un lado, es cierto que cada libro tiene que funcionar de manera independiente para poder enganchar al lector, pero también es verdad que cuando pienso en la serie pienso en una única historia que empieza en el primer libro y acaba con la última palabra del último libro publicado. De todos modos, es una decisión inteligente empezar por el quinto, porque ahí es donde arranca un nuevo arco narrativo», relata.

El caso es que llega Louise Penny con «Un bello misterio» y lo que trae es una nueva excursión más allá de Three Pines, el pueblo ficticio en el que se desarrollan la mayoría de sus novelas, para colarse entre las cuatro paredes del también imaginario monasterio de Saint-Gilbert-Entre-les-Loups, donde uno de los doce monjes de clausura que conviven ha aparecido muerto justo después de laudes. Un nuevo crimen en un paraje virgen de Quebec con el que la escritora canadiense activa todos los resortes de la novela como reflejo de «seres humanos que llegan al extremo». No esconde Penny que la relación con «El nombre de la rosa» puede resultar más que evidente, aunque asegura que no sabe hasta qué punto le ha influido la novela de Umberto Eco.

«En algunas críticas se ha comparado con “El nombre de la rosa”, sí -señala-. Soy muy fan de Umberto Eco, pero la leí hace mucho, así que no sé cómo me ha influido. Puede ser que la tuviese presente». Lo que seguro que sí tenía presente era la necesidad de encontrar un escenario aislado y con una comunidad hermética en la que anida una gran contradicción: la vida en clausura y «la popularidad del canto gregoriano que ha hecho célebres en todo el mundo a los monjes». «Esta novela trata más sobre la vida que sobre la muerte y, sobre todo, tiene que ver con la dualidad, con esa brecha que existe entre lo que decimos y lo que pensamos. Ahí es donde está el cisma», explica Penny. «Lo menos interesante de mis novelas son los crímenes. No es más que el punto de partida», insiste.

Alegría de vivir

Así, a vueltas una vez más con todos los ingredientes que la han convertido en una celebridad del género y que, por paradójico que parezca, retrasaron su llegada al mundo literario -«me costó 3 o 4 años encontrar editor porque nadie sabía cómo etiquetarme», revela-, la autora canadiense refuerza su alianza con Armand Gamache para intentar comprender algo tan incomprensible como todo lo que rodea a un crimen. «Un asesinato es un acto que no se puede deshacer ni reparar, y mis libros son una manera de intentar entender ese acto», subraya.

Es ahí donde el elegante y paciente Inspector Jefe cobra vital importancia. No en vano, Penny ideó a su personaje estrella a imagen y semejanza de su marido, Michael Whitehead, fallecido en 2016. «Era el jefe de Hematología del Hospital Infantil de Montreal, un trabajo desgarrador, y tenía que comunicar las peores noticias a padres muy jóvenes. Pero luego volvía a casa y era la más feliz de las personas, porque había decidido aprender de esos niños el regalo que supone la vida. Yo intenté infundir esa alegría de vivir a Gamache, porque la gente que trabaja cerca de la muerte es la que más valora la vida», explica la escritora. Ni rastro, pues, del socorrido tópico de detective resentido y peleado con el mundo. «Gamache es un buen hombre al que le cuesta ser buena persona, pero que lucha por ello. No es un superhombre. Podría ser el marido o el hermano de cualquiera», subraya.

Sin perder nunca de vista una cita de Helen Prejean, la monja católica autora de «Dead Man Walking», que sostiene que «nadie es tan malvado como el peor de los actos que ha cometido», Penny conjura demonios y ahonda en conceptos como el perdón o la espiritualidad consciente de que las vidas que retrata son, esencialmente, manojos de sentimientos y emociones cambiantes. «Yo recuerdo estar en el funeral de mi marido riendo, llorando, agradeciendo, teniendo miedo… La vida es eso. Puedes pasar de la seriedad a la tontería en un momento. Y eso le pasa a todo el mundo», destaca.

Sus libros, añade Penny, son también el reflejo de una «psique canadiense» que, asegura, es diferente de la americana y la inglesa. Máxime cuando, como ella, se pertenece «a una minoría anglófona en un estado mayoritariamente francófono que a su vez se siente una minoría en el conjunto de Canadá». Un tema espinoso que ya abordó en «Enterrad a los muertos», con parte de la trama salpicada por el conflicto soberanista de Quebec. «Entiendo sus aspiraciones, pero no votaría a favor de la independencia», concluye.