Lorenzo Silva lleva más de dos décadas con una pareja de inquilinos en su imaginación: Bevilacqua y Chamorro
Lorenzo Silva lleva más de dos décadas con una pareja de inquilinos en su imaginación: Bevilacqua y Chamorro - EFE

Lorenzo Silva: «En la literatura, los guardias civiles eran personajes casi diabólicos»

El autor retoma los casos de Bevilacqua y Chamorro en «Tantos lobos» (Destino), un libro de relatos que explora las diferentes caras del villano

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Hace más de dos décadas, Lorenzo Silva (Madrid, 1966) decidió convertir a una pareja de guardias civiles en héroes literarios. Era el experimento de un escritor en busca de la novedad, que no pretendía crear una serie, sino tan solo publicar algo vanguardista y original. Pero «El lejano país de los estanques» se convirtió en un éxito y, desde entonces, Bevilacqua y Chamorro habitan su imaginación como dos viejos amigos de los que no se quiere separar. «Nunca me han pedido un peaje desagradable y me han dado muchas cosas buenas», explica ahora. Su última aventura se llama «Tantos lobos» (Destino), un tórrido viaje por cuatro crímenes que exploran las distintas caras del villano.

¿Hay tantos lobos en el mundo?

Siempre ha habido muchos, pero ahora tienen herramientas y ventajas que antes no tenían. Antes un lobo tenía que utilizar o bien la fuerza o bien astucias muy complejas para sus crímenes. Ahora con una red social, un perfil falso y un poquito de ingenio pueden causar mucho daño.

¿Quiénes son?

Son personas con carencias. La delincuencia, que a veces en el relato de la novela negra se mitifica y se idealiza, siempre tiene que ver con carencias. Es más difícil vivir en sociedad, cumpliendo las reglas y siendo honrado, que ser deshonesto y tomar atajos. Eso es mucho más fácil.

Todas las vícitmas del libro son jóvenes y especialmente indefensas.

Toda víctima es vulnerable ante su victimario, por eso se produce el crimen. Pero hay víctimas que son especialmente vulnerables. Y siempre me ha llamado la atención cómo alguien es capaz de dañar a una víctima especialmente vulnerable, cómo alguien puede, con la extrema superioridad que se tiene con respecto a estas víctimas, no pensárselo, no tener un momento de vergüenza, de pudor, de no sé muy bien qué. Son crímenes especialmente extremos, que me permiten ir al fondo de lo que es la conducta criminal.

Todas, además, son mujeres.

Es que lamentablemente esa es la constante. Vamos a la hemeroteca en los últimos años y tenemos muchos casos. Decidí construir el libro sobre ese hilo conductor: que todas las víctimas fueran chicas jóvenes o niñas. Y luego también está concebido desde la idea de ir variando los lobos. Hay como una idea estereotipada del depredador, pero aquí hay cuatro depredadores completamente diferentes.

Deja muy claro quién es el débil y quién el poderoso, sin tonos grises.

Es que yo aquí lo tengo muy claro. Abusar de quien es notoriamente mucho más débil que tú me parece la conducta más indigna que puede desarrollar un ser humano. Ya sea un hombre que abusa de una niña, ya sea un político que roba el dinero de los hospitales para pagarse sus caprichos.

Los lobos son distintos, pero los protagonistas son los mismos desde hace dos décadas. ¿Cómo se relaciona un escritor con sus personajes después de tanto tiempo?

Pues mira, ya forman como parte de mí. Es como relacionarme con mis manos o con mis pies. Llevo tantos años escribiendo sobre ellos, pensando historias para ellos… A veces me pasa que voy por la calle veo una cosa y ya no la veo como yo, sino como ellos. Nunca me han pedido un peaje desagradable y me han dado muchas cosas buenas.

¿Hay mucho de su vida en ellos?

Siempre hay algo del autor en todos sus personajes. Eso ya lo dijo Flaubert, que insistía en que Madame Bovary era él. Al final tienes que pasar todos tus personajes por tu piel. Pero una vez que lo has hecho, lo que buscas en un personaje de ficción es algo diferente.

Nacieron como un experimento literario: convertir a un par de guardias civiles en héroes literarios…

Entonces había una imagen siniestra de la Guardia Civil. Ahí está el poema de García Lorca: «tienen, por eso no lloran, / de plomo las calaveras». Eran casi como un personaje diabólico. Siempre eran personajes secundarios y villanos. Yo lo que hice fue revertirlo completamente, convertirlos en el centro de la historia, en la mirada. Era una mirada nueva, que no estaba en la literatura. Y eso era lo que me atraía.

¿Qué busca en el género negro? Porque el suspense no es un valor fundamental de estos relatos.

No me interesa especialmente. Hay uno o dos que tienen un punto de intriga, pero yo creo que el suspense está un poco sobrevalorado. La realidad de la investigación criminal proporciona otros elementos más interesantes que el suspense. Por ejemplo, la comprensión de la conducta criminal, la dificultad de detener a una persona en un estado de derecho… En la vida real el policía no puede coger al malo y decir «es el culpable» y llevárselo por delante. Es un relato más complicado e interesante que el del justiciero clásico. A mí eso me interesa más.

Sé que dedica mucho tiempo a investigar esos vericuetos.

Estoy muy atento a todo lo que pasa, sobre todo a las historias de homicidios que hay en España. En casos concretos tengo la suerte de poder hablar con investigadores que me dan claves muy sutiles y recónditas de estas historias. Intento enterarme de los detalles: las razones por las que la gente mata, las razones por las que la gente es descubierta, el motivo por el que alguien en un momento dado se pone en especial peligro... La literatura está en los detalles, o eso decía Stendhal.

En el libro hay también una mirada escéptica de este presente tecnológico. Habla del «síndrome de déficit de atención colectivo».

Yo creo que pensamos poco. La gente va muy rápido y desenfunda más rápido todavía. Disparan y luego preguntan, o terminan de leer ya con la pistola humeando y el cadáver sangrando en el suelo.

¿Se refiere a los «linchamientos» de Twitter?

En las últimas semanas he tenido que hacer, porque creía que era mi obligación, una serie de pronunciamientos públicos. Ha habido gente que me ha dicho «te voy a dejar de leer» o «soy profesor y ponía tus libros de lectura y ya no lo volveré a hacer». Muy bien. ¿Qué voy a hacer yo? ¿Voy a pensar como a ti te gusta para que no me hagas esto? No.

Me imagino que habló de Cataluña.

Sobre dos cosas. Una, oponerme a un proceso independentista que me parecía, desde el principio, un disparate que no iba a llegar a nada y que no ha llegado a nada como ellos mismos se han dado cuenta. Y el otro, que se presente como masacre una actuación policial bastante contenida en la que solo ha habido dos heridos de consideración, uno de ellos un guardia civil. Las palabras tienen un significado. Masacre, brutalidad, cargas… Una carga son 20 policías embistiendo a porrazos, no son diez guardias civiles entrando cuidadosamente, procurando no pisar a nadie, apartando a la gente. Eso no es una carga. Hay que llamar a las cosas por su nombre.

Esa es una tarea difícil en estos tiempos.

Yo le he declarado la guerra al eufemismo y a las palabras que no significan nada. Hay palabras que vaciamos, además. La palabra relato, un término tan bonito, lo están vaciando. Significa nada prácticamente. Por este camino vamos a acabar todos diciendo nada. Todos quedaremos recluidos en el eufemismo, en la hipocresía. Hay que llamar a las cosas por su nombre, porque cuando una sociedad deja de hacerlo abre una fase muy peligrosa y acaba cayendo en manos de tahúres y de manipuladores.

¿Qué eufemismo repudia más?

No sé... Con el proceso de Cataluña hemos visto muchísimos. Y además por los dos lados. El eufemismo es una manera de no quedar mal con aquello que realmente se busca. En el fondo, ¿qué buscan las élites catalanas impulsoras del proceso independentista? Tener un margen de actuación para ordenar la sociedad catalana a su gusto. ¿Con qué enmascaran todo eso? Con la libertad, con la voluntad del pueblo, con el derecho a decidir… Y después... ¿Qué hay detrás del afán de parte de la derecha española de no tocar la Constitución? Que se quede congelada en lo que a ellos les convienen. Y hablan de la estabilidad, de la solidez…